Sabiduría


         Corto y lleno de tedio es el tiempo de nuestra vida; no hay consuelo en el fin del hombre, ni se ha conocido nadie que haya vuelto del Hades.

         Por mero azar hemos venido a la existencia, y pasado lo presente, seremos como si nunca hubiésemos sido: porque humo es nuestro aliento, y el pensamiento una centella del latido de nuestro corazón. Apagada que sea, quedará nuestro cuerpo reducido a ceniza; y el espíritu se disipirá cual sutil aire: desvanecerse ha, como una nube que pasa nuestra vida; y desaparecerá como niebla herida de los rayos del sol, y disuelta con su calor.

         Caerá en olvido con el tiempo nuestro nombre, sin que quede memoria de nuestras obras. Porque el tiempo de nuestra vida es una sombra que pasa: sin retorno es nuestro fin, pues se pone el sello y ya no hay uien salga.

         Venid pues y gocemos de los bienes presentes. Apresurémonos a gozar de todo en nuestra juventud. Llenémonos de exquisitos vinos y de olorosos perfumes, y no dejemos pasar la flor de la edad.Coronémonos de rosas antes de que se marchiten: no haya prado que no huelle nuestra voluptuosidad.

         Ninguno de nosotros deje de tomar parte en nuestras orgías, y quede por doquier rastro de nuestro regocijo, ya que nuestra herencia es ésta y tal nuestra suerte.

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Autor: Anónimo, aunque previsiblemente estuvo en el Jardín de Epicuro

   Nota: este texto se encuentra citado en la Biblia con el título de Sabiduría, original escrito en Griego, probablemente en Alejandría siglo I a.c. gracias a lo cual se ha conservado.


Lucrecio dixit:

         Cuando la vida del hombre yacía demasiado baja para que nos atreviéramos a mirarla, arrastrándose sobre la tierra, aplastada por el peso de la religión, que mostraba su rostro desde las regiones celestes y se abatía sobre los mortales con rostro sombrío, un hombre de Grecia [Epicuro] fue el primero en atreverse a levantar sus ojos hacia ella; en permanecer firme al encontrarse frente a frente: no lo acobardaron las historias de los dioses ni los truenos airados, ni el cielo con su bramido vengador, sino, muy al contrario, cuanto más alborotaban ellos más profundamente se arraigaba el valor en su espíritu. Ambicionaba ser el primero en descorrer los cerrojos echados ante la puerta de la naturaleza. Y, efectivamente, con la gallarda fuerza de su espíritu, alcanzó su propósito. Traspasó con ventaja los erizados muros del mundo y, con entendimiento y espíritu, saltó el abismo infranqueable. Con su victoria, nos aportó noticias de lo que puede llegar a acontecer o no; nos mostró que cada cosa tiene un poder limitado y marcó claramente los límites. A la vez, dio alcance a la religión, la puso bajo los pies del hombre y la pisoteó. Su victoria nos elevó a los cielos.