Poemas


  Lirios

Llega la hora de los lirios empapados de sucia brea
que caracolean bajo una marea histérica
y claman justicia de un dios obsceno
que sólo se ríe mientras logra que los hombres
y mujeres de todo un mundo se masturben
sin pensar en amar un lirio empapado de sucia
brea que calafatea la marea histérica
y amenaza con tragárselo todo 
y deglutir hasta a todos los dioses, los
obscenos y los demás también
que caracolean y penan hasta el infinito
que los rodea sin piedad y entonces 
un lirio se desnuda y muestra un pecho
hermoso mientras los demás se retuercen
en una noche sin fin que está empañada
en el vaho peligroso de un bajío que agoniza
por la llegada de una hueste de monstruos
obscenos y sin dios que lo único que quieren
imponer es una amor sin infinito y buscan
el regalo eterno de un minuto de amor
y llegan y arrasan los lirios que ni siquiera
sufren porque la brea empapa sus fibras
y sus estúpidas redes neuronales que se 
aquietan para recibir a la muerte mientras
huelen su pelo perfumado de agua de mar
y de rosas y de brea.

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La Mujer

(Este poema debiera leerse con rapidez extrema)

La mujer bebe cerveza mientras contempla el abismo
que se abre bajo su barbilla, una jarra inmensa
y un enorme cigarro de marihuana o de otra cosa
quizá más peligrosa, quizá más abismo
pero le igual
un día junto al mar la mujer fue casi feliz
y es lo mejor que podría pedir
pero su casi felicidad se murió degollada
en una noche, a oscuras, sin alevosía
y buscó un abismo muy grande
capaz de tragársela entera y ninguna
jarra de cerveza es lo bastante grande
y quizá incluso ningún abismo encerrado
en papel de liar o en artefactos más sofisticados
sea lo bastante grande para comer toda la 
inmensa cantidad de porquería que la mujer porta
como un poco todos nosotros, los espectadores
condescendientes de un drama anónimo
en una noche anónima, perdida entre miles
y miles de noches anónimas
y la mujer regala a los vientos, a las basuras
a todo el que quiera aceptarlo sin darle importancia, 
a las ratas, a una balada agridulce que suena 
en un destartalado aparato de música de esos que tienen
muchas lucecitas y que parecen buenos y caros
le regala al mundo en general, al mundo que no mira
y que no siente nada y que no comprende al igual
que todos nosotros los espectadores anónimos que 
no comprendemos nada porque el dolor es algo
profundamente desagradable y la ignorancia no 
es cómoda pero es agradecida y no aceptamos nada
que la mujer nos dé pero ella regala sin codicia
regala abierta y no le importa a quién y ella
regala la vida que le resta por vivir, pero nosotros
no la cogemos y queda desparramada como un
vómito asqueroso sobre el pavimento gris que
al final es el que menos entiende de todos.

© Francisco
de la Torre