El DF


Lo llamábamos el "for ever", por que se quedó allí colgado,
se había aplastado los sesos de tanta pinche marihuana que
se había metido en el cuerpo.
Todo apestaba en aquel barrio;
las ratas se paseaban con gran descaro por las calles con sus brillantez ojos y largas colas ulceradas.
En la torre habitaba el "genio", colérico estafador de nubes y sueños verdes.
Una que otra vomitera antes de llegar a la cúpula, borracheras que tropezaban con su inconsciencia y se sumergían en la profundidad de la espesa niebla.
Las nubes se quebraban de tanta pinche locura inhalada.
En el anafre tronaban los "cocos" y las varas meticulosamente extraídos del huato de mota, el humo era denso, el perro aullaba de placer o de locura, estaba tan loco como todos los del barrio.
La risa fácil de cada tarde en deposiciones angelicales en busca de la gloria o el perdón eterno.
Consciencias reventadas en su metodismo ancestral de tragar todo con tal de ver o hablar con Dios.
Extasiados artificialmente por su impulso inconsciente de fracaso y la idea eterna de un imperio perdido entre sudores chamánicos y labios deshojados en charlas mediúmicas con la nada en busca de la maquinaria celeste.
Del sonido seco que inhala deseos de sueño eterno y de revancha con el pasado.
Que inspiraban con fe ancestral en un rincón en cuclillas hasta el último segundo de su soledad mesiánica en busca de una salida.
Que caminaron días y noches por el desierto, muy lejos de los volcanes
en busca del ansiado peyote, con una botella de mescal atada a la mochila con más indiferencia y olvido que razón.
Que encontraron una piedra como reposo del sueño en aleatoria repetición mimética del sacrificio humano, con los pies reventados y el deseo de encontrar un "gurú" que hable con el mundo de los naguales y enseñe a ver el cielo para comprender la Vía Láctea y el misterio del águila y la serpiente y el venado.
Que se embriagaron con su aguardiente al amparo de su fuego y sortearon su ingenuidad con música de los "rolling" leyendo a Castañeda.
Que se perdieron en el calor de la selva del Pacífico o que pasaron a la ansiada gloria con la espalda mojada en busca de un Dios más curioso y depredador.
Que irrumpieron de golpe entre millones pensando en encontrar verdades comunes o identidades paralelas, "al fin humanos", pero la cocaína y el whisky, hablan otra lengua, de distintos dioses.





Que buscaron en neuróticas autopistas y carritos de "hot-dog" el neón divino,
que vomitaron alucinaciones eclécticas en nauseabundas habitaciones de hoteles de paso, envueltos hasta el cogote entre millones de envoltorios plásticos para asimilar otra realidad.
Que entre pastilla y pastilla el arquetipo se hizo añicos hasta no saber ni quién chingaos eran.
Que se perdieron en "freedom boulevard" y sintieron instalarse en la verdad total, reventándose sus pinches venas en psicóticos picotazos, arrastrándose por las noches intentando identificar su sombra.
Buscando la razón divina mataron el sueño; la sonrisa se quebró entre bombazo y bombazo, la conexión directa con el más allá se consumó. Se instalaron por fin en la derrota ancestral, el reino del Sol estaba perdido y el cielo se hizo de un verde aún más intenso.


¤ ¤ ¤



II



  
Sueña la noche, imagen del inconsciente tumultuoso.
Recetas comprimidas en neuróticas pastillas,
se rompe la armonía y el silencio se hace artificial.
Cráneos macerados en cemento armado y aluminio,
cerebros devorándose a sí mismos hasta reventar en millones de partículas y ocultar el cielo. Inmundicia, basura, pequeños ojos brillantez observando en cada uno de los huecos. Olores nauseabundos de cada agujero del interminable asfalto. Prisioneros de cada una de sus frustraciones. Paredes repletas de sudores ajenos y gargajos propios, hastío y mierda en todo el cuerpo, sin líneas en sus manos, y un cielo sin aspectos. Ventanas que miran al miedo y a la miseria. Mentiras interminables que otean futuros convencionales, oración mezquina para un dios cada vez más amorfo. Pistolas inyectadas de cólera y miseria, cuerpos reventados como ampollas para alimentarse gota a gota y expiar sudores ajenos, como quien cohabita en un coño alquilado creyendo comprar amor eterno. Vergüenzas carbonizadas hace miles de años que aún humean su memoria masacrada. Tumbas errantes, cuerpos olvidados, Lacerantes recuerdos de un pasado Enterado como su memoria, Como su historia masacrada. Labios secos como la mirada del águila, como el gesto agotado del venado, o la sonrisa ponzoñosa de la serpiente. Las deidades del peyote saben danzar, Dios los tocó con su vara en el alma en su viaje eterno por la Vía Láctea, hasta romper la conciencia y dejar de ser un mal nacido y comprender el Sol. Pero su idiotez los volvió a deslumbrar, el cardillo los cegó una vez más, cambiaron su identidad y se durmieron en la danza de toda la noche sin comprender el viaje que sobre pasa la aurora, y la luz quedó sucia en un cielo que cada vez es más espeso.


¤ ¤ ¤



III



Ese pinche olor a llanta quemada ponía negro el cielo y los pelos de punta.
Corros en torno a la llama, frío grito ahogado tras un chorro de tequila
y la voz angustiosa de los coches cruzando en silencio la ciudad.
Todo era un presagio, desconocíamos aún el miedo, sólo lo intuíamos,
la violencia estaba allí; agazapada, arrinconada, espiándonos en cada hueco,
nunca visto, siempre latente, como la mirada diminuta de los millones que nos acompañan desde el suelo.


                            Los granos de maíz
hacen ruido de agua
           Tras el golpeteo del bambú.

Las mañanas en el valle son frías y se respira a miedo,
miedo antiguo que desconocemos, que intuimos hace cientos de años.

Sembramos el valle de concreto; y el lago, y el águila, y la serpiente desaparecieron, el cuerpo se impuso y el espíritu, el verdadero, el que esta harto de Dios se fue a la montaña, detrás de los volcanes y se refugió en el origen, allí en donde la tierra danza y hace que la ciudad tiemble,
entonces los edificios se sacuden, trazando en el aire movimientos que rompen a la sombra, movimientos salidos de todos los tugurios de la noche, de todos los huecos y piedras que hacen el espacio, queriendo encontrar su orden natural y devolverle a la danza su rito original, allí en donde el espíritu es en sí mismo y nada más, en donde no pueden arrebatarnos aquello que un día fue nuestro, allí en donde perdimos el reflejo de Dios y quisimos contemplar el infinito, donde el alma nos expulso al interior de otra alma y esa, a la de otra alma, y terminamos por ya no reconocernos, ese cuerpo no era el nuestro, quisimos devolverle todo el pasado de un solo chingadazo, pero la creación es un rito y perdimos la esencia, olvidamos la danza y sus movimientos, tambaleándonos ebrios de mezcal y de peyote y fumados hasta el culo de marihuana se nos fue el motivo de nuestra existencia, y en el vacío, en el infinito se aposentó el mal espíritu, ese que perdió la sonrisa y no supo andar por la noche danzando, por que olvido los movimientos, y el sonrojar despierto del alba.
Entonces surgió el gran aullido, abriendo sus grandes fauces, devorando el polvo de las piedras caídas en neurótica plegaria a la nada, al olvido que un día fuimos, queriendo recordar el aleteo del águila, el cascabel moribundo de la serpiente, pero las piedras hacían tumultos de hedor, y las ratas paseaban devorando los cadáveres, el polvo fue subiendo por las paredes rotas, quebradas, ocultando la luz de Sol hasta cerrar el cielo y perder para siempre las estrellas.


© Francisco Rodríguez
Barcelona, 27 de abril de 1997