El ojo de la tormenta


Amanece...

El cuerpo amado, al borde de la cama,
con la curva del cuello inclinado
secciona la luz cenicienta.

Amanece, obsesivamente...

Turbulando un aire pesado,
huyen a los rincones
retazos de la noche.

Del cuerpo amado,
de las manos,
del peine,
de la cabellera y las paredes,
se cae otro día más.

Contra la ventana,
aplastado en la tormenta que sacude el paisaje,
rezo:
Señor, no permitas que la luz compare,
nuestros torpes gestos,
con la tensión extrema
de los pinos arqueados,
peinándose en la sudestada.

Amanece,
...implacablemente
...reiteradamente.

¤ ¤ ¤


© Carlos Arigós
Pagos del Tero,
mediados de diciembre del 97.