Herr Karol

      -Herr Karol -le dice la madre de Ilonka a Carlos Juan Molineros-. Herr Karol, usted cuenta bonitas historias. ¿Las inventa usted mismo?

      -No estimada señora -le responde Molineros y la mira. Molineros no se atreve a pronunciar el apellido de la familia de Ilonka-. Yo sólo las recopilo, las traduzco y, en algunos casos, las comprimo. No sé si las habré mejorado. Estoy obligado a hacerlo -le explica, y desvía la mirada hacia el jardín cubierto de nieve-. Aquí no puedo hablar de mi vida. Todos los días leo un diario: tomo los hechos, las figuras, las situaciones, y con eso, armo una historia... A veces me resulta -dice, con una mezcla de ironía y arrogancia disfrazada de humildad, y vuelve a mirarla.

      La madre de Ilonka, de espaldas a la chimenea, lo contempla, se ha acostumbrado a mirarlo con ternura; y Molineros se ha acostumbrado a que lo acaricie con la mirada, con esos ojos intensamente azules y tristes. A la madre de Ilonka le bastan esos momentos, cuando se encuentran, solos, en la Biblioteca del Castillo, y hablan de cosas comunes, pero que dichas por Molineros, para ella, adquieren una connotación significativa y misteriosa. Son sólo instantes que ella trata de lograr. Para esos momentos, la madre de Ilonka se prepara, busca y ordena con delicadeza las insinuaciones, para que Molineros hable, y ella poder escuchar y mirar. Después pensará en las palabras de Molineros, pero en la Biblioteca del Castillo ella siente que la tocan; y ella nunca se ha resistido.

      -Tú eres Karol para mí -le dijo Ilonka una vez.

      -¿Sí? ¿Por qué? -le preguntó Molineros.

      -Porque a mí se me antoja -le contestó la muchacha y movió su frondosa cabellera amarilla. A la muchacha le gustaba mover la cabeza. Tenía un repertorio no muy amplio de movimientos.

      Su madre le dijo algo en su idioma materno. Luego le explicó a Molineros que Karol, en polaco, significaba Carlos. Los otros alumnos quisieron llamarlo así: Don Carlos, por la ópera, pero no les resultó. El antojo de Ilonka había sido más poderoso; y Molineros, para todos, pasó a ser Herr Karol.

      El padre de Ilonka miró y no dijo nada; él fumaba solamente; para él, fumar era lo más importante que se podía hacer en los diez minutos de pausa que tenían entre clase y clase.

      Ilonka se puso enfrente de Molineros y le preguntó:

      -¿Amas, verdaderamente, a tu mujer?

      -¡Naturalmente que Herr Molineros ama a su esposa y a su hermoso hijo también! -afirmó la madre de Ilonka.

      Molineros respondió con lentitud:

      -Digamos que la cosa es así: hemos tenido suerte; estamos unidos; dependemos el uno del otro; y estamos acostumbrados.

      -¡¿Qué?! ¿Acostumbrados? -se preguntó Ilonka-. El amor jamás podrá ser una costumbre. ¿Cómo puedes decir eso? ¡Escuchen lo que nos dice el autor de «Una larga y simple historia de amor»!

      -¡No seas insolente, Ilonka! -le dijo su padre en alemán.

      -Eso es lo único que tú sabes decir en alemán -le contestó la muchacha.

      El padre la miró de manera severa, pero nada más. No podía ser severo con ella. Las grandes discusiones que tenía con su mujer, eran debido a Ilonka. Cuando uno la reprimía, el otro la consentía. La madre tiene algo más de treinta años. El padre algo más de cincuenta, alcohólico; repatriado y cesante. Siempre se había sentido orgulloso de su origen alemán; pero ahora, en Alemania, añoraba Polonia, odiaba las clases de alemán y detestaba, secretamente, estar donde estaba, y ser lo que era; sentía que se le estaba acabando la vida; el mundo se le había reducido a su propia miseria; y no sabía si odiaba o admiraba a Molineros, a ese latino distinto, distinto a los otros latinos, pero le fascinaba observarlo; lo atraía su complejidad, pero lo irritaba su desplante; tenía una certeza: alguna vez le diría algo radicalmente alemán.

      Para reunirse con Ilonka, Molineros debe cruzar la ciudad de lado a lado. Se encuentran en el cementerio. A veces se topa con los padres de Ilonka en el mercado. Se saludan, como siempre, cordiales y correctos. Y siempre le preguntan si en el trayecto no habrá visto a su hija Ilonka, en la Haupstrasse, por ejemplo. Molineros mueve la cabeza. De nuevo se dan la mano, y con la madre casi siempre están a punto de despedirse con un beso. Una vez, en clases, los hombres compitieron con las mujeres en las declinaciones de los adjetivos. Perdieron las mujeres, y debieron besar a todos los hombres. En otra oportunidad, en Kassel, durante una visita de estudios, Molineros le prestó dinero, y cuando ella se lo devolvió, él le preguntó por los intereses; ella lo miró de manera inteligente y amable y con toda espontaneidad lo besó, y le dijo una palabra en polaco. Lo besó, lentamente, cerca de la boca. Él también la besó; pero no le preguntó qué significaba esa palabra. Molineros no sabe por qué, pero esa mujer le gusta.

      Es una mujer joven pero destruida. No es precisamente bonita, pero muy atractiva. Sus muslos se ven fuertes todavía; es maciza, como polaca del campo, y Molineros sospecha que debe ser deliciosamente cariñosa. Pero hay algo que no puede entender: cómo puede vivir con ese viejo tonto y celoso. Molineros siente un secreto agrado cuando logra inquietar a la madre de Ilonka; le agrada observarla desde lejos y percibir la incomodidad, la inquietud de la mujer al sentirse observada. Ella sonríe cuando lo descubre. Molineros siente que ella lo autoriza con la intensidad de su mirada.

      Molineros llega un poco antes al cementerio. Se siente idiota esperando a esa muchacha mal enseñada. Pero cuando la ve venir, el mundo entero cambia para él.

      Cuando están juntos, ella casi no habla, solamente lo mira y lo huele de manera apasionada.

      -No te pongas tanto perfume, príncipe mío -le dice.

      -Es solamente agua de Colonia -le dice Molineros-. Me he afeitado recién. Es absolutamente normal que huela así.

      Ilonka es sumamente caprichosa: le abre la chaqueta, la camisa, y se le mete por debajo de la camiseta en dirección a las axilas. «Oh, esto me gusta» dice la muchacha. «Entre más natural, tanto mejor». Molineros se deja hacer.

      -Alguna vez, en alguna parte, voy a ser enteramente tuya, amado mío, príncipe mío.

      Le dice «mi príncipe» o «príncipe mío» o alguna de esas expresiones vulgares. «¿Por qué te quiero tanto? ¿Por qué eres tan bello?» Las vulgaridades típicas de las canciones de moda. Su lenguaje es superfluo y auténtico. Molineros se acostumbró a oírle esas vulgaridades, porque siente que se las dice con verdadera pasión. Ilonka tiembla verdaderamente en sus brazos, llora verdaderamente y se recrimina.

      -Me da vergüenza hacerlo así -le dice-. Quiero, lo deseo, que tú seas el primero. Pero no quiero tocar tu joya.

      Nunca lo ha hecho. Así es Ilonka, caprichosa y testaruda.

      Le gusta ponerse unos pantalones de cuero, verdes, que por delante no le cubren el ombligo y por detrás apenas un par de vértebras. Con esos pantalones sus glúteos forman una perfecta manzana. Molineros se lo dice; a ella le gusta preguntarle qué le gusta de ella, y le disgusta que a él no le guste lo mismo que a ella. Acostumbraron a llamar así sus perfectos glúteos: «das Grüneapfel», la manzana verde. Antes, ella lo llamaba: «Ilonka Kulus»; lo había aprendido en las monjas.

      En Kassel, le preguntó a la directora del Instituto:

      -Wie nennt man das auf Deutsch? (¿Cómo se llama eso en alemán?)

      -Juwel (joya) -le contesto la dama.

      Ilonka se dio vuelta hacia Molineros y dijo en voz alta:

      -¡A eso se le llama «Juwel», Herr Karol!

      Como un rayo la directora se dirigió a Molineros y le dejó caer todo el peso de su autoridad:

      -Estimado Herr Molineros, cuando usted desee preguntar algo, por favor, diríjase a un docente.

      Molineros no dijo nada, se limitó a mirar a la directora.

      -¡Por favor! ¡A un docente! ¿Me ha entendido? ¡A un docente! ¡Por favor!

      La directora se dio vuelta y lo dejó mirando la joya. En efecto: estaban recorriendo el Pabellón de Actualidades del Museo de Kassel, donde se exponía una selección de joyas africanas, y la joya en cuestión era un prendedor, un sujetafaldas, de unos quince centímetros, con un pene sobredimensionado, dedicado a una deidad de la procreación.

      Ese día Ilonka había observado que Molineros había sido, en varias oportunidades, demasiado atento con su madre. Y él sabía, ella se lo había dicho, que eso a ella no le gustaba.

      La directora del Goethe-Institut de Iserlohn se había opuesto a que al Goethe mandasen a refugiados chilenos. Ella misma era una repatriada, checa, de origen alemán, militante del Partido Socialdemócrata Alemán, pero para ella, lo mismo que para el segundo hombre de la Democracia Cristiana Alemana, todos los chilenos eran terroristas. Todo esto no lo sabía Ilonka; cuando lo supo ya era tarde, y ya no tenía ningún valor, no le sirvió ni siquiera para recriminarse, y sufrir, como a ella le gustaba sufrir, como a ella le gustaba martirizarse, elevarse, como le habían enseñado las monjas.

      -Me gusta mucho, mucho, cuando te veo trabajar en clases. Pero me duele, y me gusta, que me ignores. No, no me gusta. Me excita. Eso es, me excita. Me excitas cuando me ignoras. Me excita que me ignores, ¡comunista de mierda! -le dice, restregando su cara en el pecho del hombre.

      Molineros le ha aclarado muchas veces que no es comunista ni socialista, pero a Ilonka le gusta decirle así: «Comunista de mierda». Le enseñó como se dice en polaco: «Plasta de mierda», «Extranjero mal parido» o «Foráneo hediondo». Le gusta decirle eso cuando se despiden. Besos, caricias desesperadas, y largos «mi amor, mi príncipe, en todo momento voy a pensar en ti, soñaré contigo, en el sueño voy a repetir este momento», y así, parlamentos interminables. Pero cuando ya está lejos, le grita: «Plasta de mierda», «Cerdo con ropa», y se ríe.

      Molineros siente que algo les pasa, muy pocas veces logran comunicarse, intimidar, decirse lo que quieren.

      -Me gusta, y me irrita, y me pongo triste... -alcanza a decir Ilonka; suspira y agacha la cabeza.

      -¿Qué? -le pregunta Molineros con naturalidad.

      Silencio. Ilonka calla, como de costumbre, abrazada a Molineros y con la nariz perdida en una de sus axilas.

      -¿Con qué te pones triste? -insiste Molineros, siempre paciente y paternal.

      -¡Dime! -le dice Ilonka irritada, soltándolo y agarrándolo, colgándose del cuello de la chaqueta de Molineros-. ¿Lo único que sabes es hacer preguntas? ¿Ah?

      -No; pero cortaste la idea... Me estabas diciendo algo...

      Silencio. Ilonka lo mira, arrobada, con los ojos húmedos.

      -Sí, mi cielo, mi Karol, mi maldición, me gusta, me irrita tu arrogancia, envidio tu arrogancia frente a los alemanes. La disfruto. ¿Me entiendes?... Me enferma y me gusta.

      -No es arrogancia -le explica Molineros con firmeza-; es un mínimo de dignidad.

      -No te entiendo.

      -Ellos se lo merecen. Nos han ayudado; y cuando están equivocados, nuestro deber es corregirlos. Su dogmatismo, su crueldad, tiene algo de la crueldad infantil. Su disciplina, su apego a la disciplina, la disciplina misma la instituyen, para violarla. Y les gustaría que todo fuese como ellos se lo imaginan. Tienen miedo; tienen un miedo atroz a equivocarse.

      -¿Cómo? -quiere saber Ilonka tratando de entender.

      -Para ellos, por ejemplo, los latinos son alegres y superficiales, cada vez hacen bromas, son divertidos, y quieren que siempre sean así: divertidos, superficiales.

      -¡Karol! ¡No te entiendo, señor mío! Me parece que lo que dices es... No sé. ¡Dímelo de nuevo, mi señor! ¿Te pido algo?

      -Sí. ¿Qué?

      -Háblame. Háblame siempre; quiero escucharte; pero tócame. ¡Tócame el tronco de la manzana! ¡Así! ¡Así! Y háblame como hablas en clases, como cuando discutes con la profesora, pero tócame. ¿Te gusta discutir con ella? ¿Te gustaría que ella te comiera como yo te como? ¡Cerda despreciable! Yo lo sé... Yo lo siento... A ella le gustaría... Yo soy mujer, y lo sé, y lo siento. ¡Tócame! ¡Así! ¡Huélete los dedos! ¿Te gusta? ¿Te gusta mi manzana? Un beso. ¡Quiero un beso!

      Molineros la besa, le succiona los labios, le absorbe el aliento y piensa: «Hay una sola cosa, niña, un único problema, es que cuando te toco, no puedo pensar». Lo piensa pero no se lo dice.

      Después Ilonka le pide que nunca más cuente «Una larga y simple historia de amor».

      -¡No quiero oírla nunca más! -le dice conmocionada.

      -¿Por qué? -quiere saber Molineros.

      -Porque ella miente. Sé que te ha mentido. No puede amarte tanto. No es posible. Ella no puede amarte tanto... tanto como yo.

      Pero algunos días más tarde, en clases, ella misma le pide que cuente nuevamente «Una larga y simple historia de amor». Cada día, alguien debe contar una historia y el resto de los alumnos hacer preguntas. Molineros se sorprendió. La miró fijamente, pero ella era otra, no era la muchacha que en el cementerio había llorado en sus brazos.

      En la historia Molineros contaba cómo había conocido a una muchacha del Partido Conservador de Chile, y luego, al año después del casamiento, y poco días después del Golpe de Estado de 1973, cómo los habían detenido y torturado, y cómo y en qué momento se habían prometido amarse hasta la muerte. Molineros no había usado ni un solo adjetivo despectivo para referirse al odio reflejado en las caras de los policías o de los militares deteniendo, torturando y matando a niños, hombres y mujeres, y en una sola frase había señalado que mientras lo humillaban y lo torturaban delante de su mujer, otros chilenos celebraban y justificaban el horror y el crimen. Algunos alumnos lloraron, entre ellos los padres de Ilonka. (El padre de Ilonka había sido policía en Polonia. La madre había sido activista de la Juventud Católica. Habían esperado 12 años para poder huir).

      -La historia es impactante -le comentó después Constantino Melanos, un alumno griego, amigo de Molineros.

      -Claro -confirmó Jalil Roberto, un alumno árabe español-. Yo también he oído algunas cosas parecidas. Pero los polacos son profesionales en eso del llorar, igual que los gitanos.

      Molineros estaba de acuerdo; odiaba la sentimentalidad.

      -Yo también lloro -les dijo a sus amigos-, también he llorado, pero no hago un show del llanto.

      -En España son famosas «las lloronas», son casi una institución -comentó el árabe español.

      -Yo también soy un romántico -dijo el griego-, y los románticos somos duros.

      -Y fuertes -agregó el árabe español-. Pero a mí hay otra cosa que me irrita, es el espantoso miedo de los polacos. Siempre hacen comentarios odiosos a espaldas de los alemanes, pero delante de ellos son serviles como niños hipócritas.

      -Eso proviene de «su» historia -comenta Constantino-. Los últimos cincuenta años de su historia son un compendio de humillaciones y traiciones. De ahí proviene su fragilidad, por eso lloran fácilmente. Yo prefiero eso al cinismo alemán; los alemanes son incapaces de llorar de arrepentimiento por los crímenes que han cometido.

      -Excepto el viejo Willy -intercede Jalil Roberto.

      -Excepto él -confirma Constantino.

      Molineros aprueba con un movimiento de cabeza, y escucha con agrado; piensa en Ilonka, pero disfruta de la pasión analítica de sus amigos.

      -Nosotros somos distintos -comenta el árabe español-. Los polacos están rotos. Nosotros también estamos hechos mierda, pero estamos íntegros.

      -Tenemos esperanzas -sentencia Carlos Juan Molineros.

      -Sí. Eso -confirma el griego-. Tenemos esperanzas.

      El árabe español es católico; el griego también, pero ortodoxo. El árabe español pertenece a uno de los movimientos por la Liberación del Sahara Español. El griego estuvo preso, cuando niño, durante la dictadura de los coroneles. Son más jóvenes que Molineros. El árabe español es médico, el griego es arquitecto, y Molineros es un escritor sin libros publicados. Se reúnen en la casa donde aloja Molineros, a estudiar o simplemente conversar. Ahí Constantino habló de su enorme familia, repartida por casi todo el mundo; más los siete muertos durante la dictadura de los coroneles, y su detención «porque había visto como remataban a una de las abuelas». Las historias del desierto, contadas por Jalil Roberto, impactan a Molineros, y le desmitifican su visión de lugar encantado. La miseria, la mugre, el atraso, las tradiciones infames, le dejan un sabor amargo. Jalil Roberto y Molineros se han obligado a comunicarse en alemán. Así logran una mayor integración con Constantino Melanos. Se han dado cuenta que el gran error de los polacos, que constituyen la mayoría del curso, es que constantemente se comunican en su lengua materna. A muchos de ellos de nada les sirve tener sangre y nombre alemanes, si piensan y se comunican en polaco. Pero cuando Jalil Roberto y Molineros se encuentran solos, su santo y seña, en castellano, es: «¡Hay que aprender alemán!» «¡Para derrotar el fascismo!»

      La dueña de casa le avisa a Molineros que lo llaman por teléfono. Molineros atiende; le da las gracias, y mientras sube a su pieza en el segundo piso, la dueña de casa le comenta:

      -Señor Molineros, señor Molineros, ésa, esa persona, no era su esposa, ¿verdad?

      -No, no era mi esposa -contesta Molineros-, era una vecina de mi casa en Colonia, a la que se le murió el perro.

      Media hora más tarde.

      -¡Señor Molineros! ¡Se le solicita al teléfono nuevamente!

      Naturalmente es la misma persona. El griego también baja, se dirige al cuarto de baño, e imita la voz de la dueña de casa: «¡Señor Molineros! ¡Señor Molineros! Esa no era su esposa, ¿verdad?»

      -No -contesta en seco Molineros.

      -Nuevamente la simpática vecina -dice el griego ya desde dentro del baño para visitas, imitando la manera de hablar de Molineros.

      -¡Síii! -grita la dueña de casa desde la cocina-. El perro se murió de nuevo. -Risas en toda la casa.

      Las dos veces ha sido Ilonka. Su padre ha golpeado a su madre. Motivo: su padre ha decidido regresar a Polonia.

      Molineros sale; dice que vuelve en diez minutos. Está nevando; Molineros odia pisar la nieve.

      La dueña de casa les cuenta a Constantino y Jalil Roberto la vieja y graciosa historia del perro, que no era perro sino que otro animal, que había muerto dos veces, no se acuerda bien del nombre de la opereta donde aparecía este episodio; pero sí de una fantástica representación, en Viena, donde ella naturalmente había actuado y cantado maravillosamente. Luego deja caer lo que le apesadumbra el espíritu.

      -¡Pobre señor Molineros! Tiene problemas, ¿verdad?

      Constantino y Jalil Roberto se miran y sonríen

      -Sí -responde Constantino-; y muy serios -agrega.

      -¡Cuéntenme! -pide la vieja dama-. Yo he amado mucho en mi vida y también he sufrido mucho. ¿Quién es? ¿A quién va a ver?

      -Es una gitana -dice Jalil Roberto con el ceño fruncido.

      -¿Gitanos en Iserlohn? -pregunta extrañada la vieja dama-. ¡No! ¡Ustedes mienten, caballeros!

      -Yo no he dicho nada -alega Constantino.

      -Usted no -confirma la vieja dama-, pero este caballero miente. ¿Dónde está la caravana? ¿Dónde han acampado? ¿Dónde están los Mercedes Benz blancos?

      Jalil Roberto y Constantino se miran. Los ojos de la vieja dama van de uno a otro. Constantino hace un gesto de abatimiento y dice:

      -Se trata de una princesa húngara, que está de paso por la ciudad. Es una vieja historia. Es una vieja historia -remarca.

      Los ojos de la vieja dama los auscultan, lo atraviesan.

      -¡Cuente, cuente! -le dice mientras busca una silla y se acomoda.

      -Es una vieja historia -repite Constantino-, llena de maldiciones y de sangre.

      -¿Sí? ¿Y qué más? -quiere saber la vieja dama.

      -Ya ha costado muchas vidas -agrega Jalil Roberto-. Es una vieja historia, llena de puñales y de odio. No sabemos cuando comienza. El señor Molineros tampoco lo sabe. Alguien tomó un elixir. Alguien preparó un elixir de amor, y alguien lo tomó.

      -¿Y? ¿De qué se trata? -interroga la vieja dama acomodándose la prótesis dental superior.

      -De una mujer que rejuvenece -interviene Constantino-. De una mujer que cuando ve a ciertos hombres, rejuvenece, y los enamora, y los somete... perdidamente.

      -¡Oh! -exclama la vieja dama-. ¿Y...?

      -Los hombres tienen que amarla -sigue Constantino-. Tienen que amarla con locura.

      -¿Y...? -interroga nuevamente la vieja dama.

      -Los hombres la aman y sufren -dice Jalil Roberto haciéndole una mueca a Constantino.

      -La aman y sufren. Desaparecen -termina Constantino.

      Silencio.

      -¿Nada más? -insiste la vieja dama.

      -¡Nada más! -contestan a dúo Constantino y Jalil Roberto.

      Silencio.

      -¡Mienten! -dice la vieja dama poniéndose en pie y saliendo de la habitación-. ¡Mienten!

      Jalil Roberto y Constantino contienen la risa.

      -¡Mienten! -les dice la vieja dama desde la escalera-. Ustedes no saben nada de húngaros... ni del amor.

      Jalil Roberto y Constantino se miran, se hacen un par de muecas, y vuelven a sus libros de gramática.

      Ilonka y Molineros se encuentran en el baño para mujeres de la Estación Central de la ciudad de Iserlohn. Iserlohn es lo que se conoce como una ciudad dormitorio; la actividad de su Estación Central es intensa una o dos horas antes o después de que comiencen o terminen las actividades de las grandes ciudades industriales cercanas. A ciertas horas está casi siempre vacía y el baño para mujeres también.

      Ilonka le repite la pelea de sus padres; pero sin perder tiempo. Lo acaricia; le pide que le muestre su joya; la encuentra bonita, pero no se la toca. Lo lame, le come las axilas, y le cuenta que su padre es un traidor.

      -Mi madre le partió un florero en la cabeza. Mi padre se fue hacia atrás y cayó. «Te voy a matar», le dijo, «te voy a matar perra católica». Mi madre tenía la boca llena de sangre. ¡Estás delicioso, príncipe mío! ¡Tus olores son intensos ahora!

      Como cada vez, Ilonka maneja la situación: lo recorre frenética, y le advierte: «Pero mi yoni para después del altar» y se ríe. Pero después, por primera y única vez, le dice acongojada: «Yo también soy una maldita perra católica». Molineros puede tocarla y hacerla alcanzar el orgasmo, pero nada más. «Una maldita perra católica que te ama». Finalmente Ilonka le ofrece sus glúteos. Molineros, como de costumbre, la toca; pero Ilonka le reclama:

      -¡Ahora, sólo ahora! ¿Me entiendes? ¡Ahora, sólo por esta vez, quiero algo distinto! A mi padre se le llenó la cara de sangre y se arrastró hasta el cofre de la abuela, sacó una cuerda, y mi madre le dijo: «¡Te voy a denunciar que eres un asesino!» Mi madre tomó unas tijeras, unas tijeras inmensas, y mi padre le dijo: «No te van a servir de nada, perra católica, no vas a alcanzar a decir nada. Antes, te voy a matar. ¡Te voy a matar, traidora! ¡Beata estúpida!» le dijo. ¿Me entiendes, mi amor? Quiero algo distinto. Sólo por esta vez, ¡en tus brazos!

      Molineros no sabe qué, no se le ocurre nada distinto a lo que normalmente hace para satisfacerla; trata de ser diligente con uno de sus dedos en el interior de la muchacha. De pronto Ilonka lo mira por sobre el hombro y le dice en tono enérgico:

       -¡Es tuya! ¡Cómetela! ¡Cómete mi verde manzana! Yo los vi cuando se abrazaron, y mi padre comenzó a atar a mi madre, le pasó la cuerda por los brazos y por el cuello.

      Molineros la besa, la lame y la succiona. Mientras Ilonka se mueve y le reclama; mueve las caderas y le reclama:

      -¡Algo distinto! ¡Ahora quiero algo distinto! Yo los vi, se estaban matando. Mi madre le clavaba las tijeras y gritaba.

      Molineros la tantea; y mientras piensa en la madre de Ilonka, en sus muslos poderosos, en su ternura, se desquicia.

      -¡Sigue, pequeña! ¡Estás loca de remate! ¡Loca, lo que se llama realmente loca!... Y yo también... ¡Estás enferma pequeña! ¡Y yo también!

      Entonces Ilonka le dice, entre irritada y excitada:

      -¡Por fin! ¡Por fin te has dado cuenta! ¿Cuánto tiempo más voy a tener que esperar? ¿Ah? ¿Ah? ¿Ah?

      -No mucho más, cariño -la tranquiliza Molineros y comienza con el primer intento; pero Ilonka grita. Molineros se detiene.

      -¿Qué pasa? -le pregunta Ilonka, sorprendida e irritada.

      -Aquí no podemos -le responde Molineros, cabizbajo-. Tenemos que ir a algún lugar donde puedas berrear todo lo que quieras.

      -Bueno, ¡vamos! -dice Ilonka con soltura.

      -¿Adónde? -le pregunta Molineros sorprendido.

      -Hay un solo lugar, Karol mío -le contesta Ilonka con ternura, de manera convincente; Molineros no reacciona; se deja llevar. Ilonka lo disminuye; Molineros entristece.

      Se abrigan y salen. Una tormenta de nieve los detiene en la entrada. Molineros le propone arriesgarse e ir a un hotel, Ilonka no acepta; Molineros elabora un plan para entrar a la pieza de la casa donde él aloja, a Ilonka le parece estúpido. Salen. La nieve cae y cae y el viento la lanza contra los muros. Están a sólo cuatro cuadras del cementerio, pero se demoran dos horas en llegar. Molineros le propone ir a otros lugares, probar en el mercado, entrar de manera subrepticia al castillo del Goethe-Institut; Ilonka se opone. Llegan al cementerio: Ilonka afiebrada de deseos y Molineros confuso. Se le repite la imagen de los ojos tristes de la madre de Ilonka, y la ternura que tienen para él; pero duda de sus propios sentimientos, le gustaría estar seguro, y poder calificar de tergiversaciones, sólo tergiversaciones, el origen de los celos de Ilonka.

      El Cementerio de Iserlohn es un lugar abierto, un parque público, limitado sólo por jardines. Tiene tres árboles. Se instalan debajo del primero que alcanzan y comienzan de inmediato. Ella lo besa. Tienen las manos heladas. Ella comienza a toser, él estornuda. Ella lo motiva:

      -¡Ya mi amor! ¡Ahora mi señor! ¡Mi príncipe! ¡Ahora, ya!

      Pero los esperados resultados no se producen. Molineros no reacciona. De él no sale ninguna señal positiva. Ella lo ayuda, comienza, por primera vez, a tocarle la joya por sobre el pantalón. Pero los esperados resultados no se producen.

      -¿Quieres que lo haga? -le pregunta ella, solícita.

      Molineros accede. Ilonka le baja los pantalones, y sin tocarle la joya con las manos, lo succiona, de manera encantadora, aunque un poco brutal, pero necesaria. Ilonka actúa de manera diligente. Molineros da una buena señal.

      Ella se da vuelta hacia el tronco del viejo «Bismark»; se acomoda; se afirma en el tronco del viejo ciprés, y Molineros comienza su tarea. Ilonka tararea una canción de moda, ordinaria como telenovela latinoamericana.

      -¿Los viste? -quiere saber Molineros-. ¿O sólo los oíste? Tu madre se quejaba, ¿verdad?, y tu padre le decía: «Perra beata, esto es lo que querías. ¡Aquí tienes! Todavía puedo». ¿Verdad, pequeña?

      Ilonka con los dientes apretados se aferra a su propósito.

      -Eso es absolutamente normal, pequeña, después me lo vas a contar todo. ¿Cómo se quejaba tu madre? ¿Qué le decía? ¿«Voy a hacer que te arrepientas, maldito asesino, asqueroso perro policía»? ¿Eso?... Eso es absolutamente normal, pequeña.

      Ilonka no contesta, se contiene, y bufa.

      Sólo cuando Molineros se introduce completamente en ella, lanza un grito profundo. Sufre. Molineros también sufre. Ella grita y se queja. Grita al cielo, al viento, a la eternidad, y no dice ni una sola de esas vulgaridades como «mi amado» o «mi príncipe». Grita en su idioma materno. Molineros se da cuenta, por su propio dolor, que está siendo brutal, pero no puede hacer otra cosa. Ilonka es estrecha. Después de varias embestidas, Molineros siente su propio desgarro. Ilonka grita. Molineros también grita; no de placer sino de dolor. Siente que algo se rompe en su interior. Su semen no ha podido salir. Ilonka es demasiado estrecha. Se retira de ella y cae semi desmayado; cae sobre la nieve blanca y suave. Se habría quedado ahí si no la hubiese escuchado decir:

      -¡Ayúdame, mi amor! ¡Ay! ¡Príncipe, hombre mío, no me puedo mover!

      Molineros se pone en pie, se acerca y le hace cariño. La muchacha tiembla. La abraza con fuerza, la besa y le da calor. Entonces ella le dice algo que él no olvidará jamás:

      -¡Gracias! ¡Gracias, mi Herr Karol! ¡Mi señor! Lo sé; sé que lo he alcanzado. Estuviste en mí, te sentí; te sentí en lo más profundo de mi ser. Y eso me hace inmensamente feliz. Mi yoni está intacta, y me podré desposar virgen, como cualquier otra perra católica, aunque esté completamente loca.

      Ilonka se desmaya. Molineros la arrastra a través del cementerio de Iserlohn. Es de noche y la nieve cae y cae.

      Molineros aterrado se recrimina en voz alta, pero él mismo no se escucha, la tormenta aplasta, borra todo.

      -¡Maldita sea! ¿Qué hago ahora? ¡¿Qué reputas hago ahora?

      Ilonka recupera el conocimiento. Apenas pueden caminar; pero juntos y diciéndose grandes palabras, apoyándose, llegan hasta la parada de taxis de la Estación Central de Iserlohn.

      Molineros le da dinero para el viaje; y la ve partir, sentada, al lado del chofer, cansada, pero con un desparpajo envidiable.

      Al día siguiente, cuando llegó al Instituto, Molineros fue interrogado como todos; pero fue el único que entró por una puerta y salió, acompañado de dos policías, por otra. Su disposición para colaborar con la investigación le significó un trato más deferente que al resto. De partida: no negó haberse encontrado la noche anterior con Ilonka (la Policía, de todas maneras, ya lo sabía); confirmó que había sido a petición de ella misma; no negó haber tenido relaciones con ella (se reservó sí, la forma y la intensidad; dijo simplemente: «fornicamos en el cementerio», y no abundó en detalles). No negó que la personalidad de la muchacha le resultaba «inquietante»; y cuando, al pasar, le dijo a la Kripo (Policía Criminal) lo que Ilonka le había dicho en ciertos momentos de pasión: le pidieron que los acompañara.

      Molineros vio un cuarto pequeño, más pobre que el cuarto donde él alojaba, más obscuro y lleno de marcas en la alfombra (el Instituto Goethe no se caracteriza, en ningún país, por hacer alojar a sus alumnos en lugares medianamente decentes). Mientras reconocía el viejo cofre y los pedazos del jarrón roto (que Ilonka no le había dicho era verde y ordinario), preguntó qué pasó; lo hizo abiertamente. Los tipos de la Kripo tuvieron un breve concilio y luego le mostraron una serie de fotografías con escenas que a Molineros no le resultó difícil identificar: un cráneo roto; unas tijeras, clavadas, en una espalda esquelética; un cuerpo de mujer, no se le podía distinguir el rostro, desnudo y descalzo, con las manos y los pies atados atrás, una de las plantas de los pies se notaba martirizada; la última fotografía, antes de que uno de los policías se las retirase de las manos, mostraba un cuerpo de hombre, arrodillado, inclinado, al borde de una silla. Molineros dejó que un policía lo condujera al cuarto de baño y le ofreciera un vaso de agua. Volvió repuesto y colaboró ampliamente; a ratos con furia, a ratos con indignación, pero siempre con la misma fascinación que le producían los caprichos de la muchacha. Que lo considerasen un estúpido, era, para él, la mayor ofensa; pero esa muchacha, utilizándolo para sus caprichos, era incomparable. Su recuerdo le dio fuerzas para engañar a la Policía, a sus compañeros de curso, a sus amigos íntimos, a su mujer que lo abandonó años más tarde; y a él mismo, a esa parte suya, receptiva de la ética que declaraba compartir y practicar; a esa parte real, cotidiana, verdadera, al yo más frágil de todo ser humano; a esa víctima de la bestia social, cuya tensión hace interesante al ser humano, y que cierto imaginador austríaco la ignoró, porque la desconocía, cuando le escribió a su amante Ana, equivocadamente: «Nosotros, la gente culta, sabemos reprimirnos». Tiempo después, Molineros se adhirió a los postulados de la sabiduría universal, imitó conscientemente a sus maestros Hamsun y Borges, pero nunca pudo armar una historia con esa situación, esos hechos y esos personajes. Sus recuerdos, como artificio verbal, eran un desastre.



© C. Briones