La Llave

          Fue hecha por un cerrajero de una solvente firma italiana. Es una llave legítima. Cuando la vi, entré obstinado en la ferretería más prestigiosa de la ciudad. Me explicaron que no estaba hecha para ser usada. El tendero mayor me dijo, con mal disimulada inquietud, algo que decidí ignorar:

      -Es la llave del tiempo. No se ha logrado reconstruir la cerradura para la que fue hecha.

      Pregunté su precio; y después de incómodas consultas, vino un señor que no ocultaba su rango y me dijo que no estaba a la venta. Junto a él, y del trasfondo de la tienda, apareció un joven, algo distraído, al que los otros empleados llamaban Ingeniero Presto. Les mencioné, con soltura, ciertos artículos del Código. Se miraron. Nuestro Código no es perfecto; pero, en suma, es suficientemente preciso. Reglamenta con claridad que no se puede poner objetos a la venta y después negar ésta. Algo de Perogrullo, pero el legislador previó esta situación. Evidentemente, ese alarde de mi memoria los alertó, y me preguntaron si era abogado. Saqué, por segunda vez, creo, una de mis tarjetas de visita, y nuevamente me molestó percibir el exagerado relieve del sello de la Corte. La miraron y comenzaron de inmediato a llamarme: Señor Juez, nominación que me incomodaba; si bien es cierto ya había sido nombrado, pero hasta el momento no había fallado en ningún caso.

      Mis anfitriones tomaron una decisión rápida. Me hicieron pasar a la oficina del ingeniero: analizaron el compuesto mineralógico del metal, y me la vendieron de acuerdo al precio de cada uno de sus compuestos. El ingeniero y sus ayudantes actuaron con eficiencia. De otra oficina vino una longeva y etérea dama, y habló, en cinco idiomas, con la Bolsa de Metales de Londres: obtuvo los precios que en ese momento se barajaban. Cuando habló en japonés, reconozco, no entendí nada.

      El fin de semana me llevé la llave a mi casa de campo: un peñusco de tierra donde, aledaño a lo que los lugareños llaman la casa patronal, construí un galpón, imitación museo, para las cerraduras que he ido alquilando con mis esfuerzos y con eso que los puristas llaman coimas.

      He vuelto sano y salvo de numerosos viajes al extranjero, donde he puesto a prueba la habilidad de innumerables artesanos de Oriente y Occidente, incluidos nuestros vecinos suizos, más famosos por su fama que por su eficiencia, como así también, de una gran cantidad de expertos en computación, derrotados ante el desafío de crear una cerradura para mi llave.

      En Fresno, California, mi amiga Amy Philpott, organizó un programa de televisión con una Universidad Estatal para las Altas Matemáticas. Trescientas mil claves computerizadas, de cerradura, fueron puestas a prueba. Apoyada en mi pecho, flotando en el lago de su esposo, Amy, orgullosa, norteamericana y ofendida, calificó la llave de diabólica. Entonces el pseudo champaña de los extensos campos californianos me pareció dulce como su boca.

      Una de mis nietas, creo que ya son cuarenta y cinco, después que saqué mis cosas de la oficina del presidente de la Superior Corte Federal, me hizo una entrevista, donde me preguntó por qué había comprado esa llave. Le dije lo que intuí en el momento de la compra; pero la niña no pudo comprender mis intuiciones elevadas al enigmático rango de razonamientos; las desatendió. Y reprodujo una pobre frase familiar: La llave que el abuelo siempre lleva encima. Mis familiares saben que la llevo siempre junto a mí, para no olvidare del accidente donde hace veinte años pereció mi mujer. El conductor, que ya no odio, era un talento de la velocidad que había obtenido el apoyo económico de mi mujer. Lo pensé, pero jamás se lo dije: me parecía grotesca esa conquista que no apreciaba su encanto ni la belleza de su cuerpo después de haber parido siete magníficos hijos. Cuando me dijo que iban a Monte Carlo, le pasé la llave, con la intención de estar presente hasta en los momentos más ingratos. El triste argumento era que daba suerte.

      Pienso en ese pedacito de metal que fácilmente adquiere mi temperatura, que hasta olor a mí tiene. He llegado a sentir dolor cuando la he golpeado. Pienso en el origen de sus metales, en el primigenio hálito del Universo, y repito, para mi solaz, los trucos que con ella practico. La siento y la imagino recorriendo mis vísceras. Nada pierdo, pensé, cuando tomé la decisión. Originalmente, orgánicamente, todos somos un compuesto de todo, un compuesto de los elementos básicos; entonces pensé que la llave, también podría pensar. Y si podía pensar, también podía sentir.


© C. Briones
Torino, 1973