El Oficio Sagrado

          Un hombre tiene un oficio muy especial: vende ideas muy detalladas a otros para que escriban las historias. La capacidad para semejante trabajo se la propició un viejito que encontró en el mayor basurero de la Gran Ciudad un día que la necesidad más paupérrima los reunió a ambos.

      Aquel miserable tan añoso y apestado le dijo que había encontrado ese oficio pero no se sentía con fuerzas para desempeñarlo. Además, otra era su tarea. Y fue parco, pero fue suficiente. Como al toque -explicó- quien asumía el oficio pasaba a ser un Elegido: por la capacidad de generar historias, de forma imparable, las historias que todos querían leer, historias vividas, soñadas, fabuladas. Una caravana abismal de personajes. No había límites, pero su firma quedaría en el anonimato, no podía escribirlas él mismo. Como contrapartida, dejaría de padecer escasez, ganaría mucho, todo estaría a su alcance. O casi todo. Había una cláusula, una sola, única, estricta, insoslayable cláusula, con alma de patíbulo: no podía contarle lo que hacía a nadie. A nadie. Nunca.

      Cuando aceptó el oficio, el hombre no calculó la pesadez que puede ser un compromiso, una cláusula, así, tan así, al punto que le quitaba placer a su trabajo. De nada valía que pretendiera autoconvencerse de que casi siempre el trabajo no le da placer al que lo ejecuta. Él, que podía ser feliz al poseer la llave para todas las historias, era desdichado y sufría. ¡Era el autor ignorado! Se sentía despojado de la gloria y había comenzado a odiar su amor. Un amor que empezó compartiendo con una lista casi infinita de autores del Gran País, y después convocaba a escritores de todo el Gran Mundo. Todos se movían sigilosos para ir a pedirle ideas, personajes, al hombre del maravilloso oficio. Compartían un vasto secreto, suculento, insaciable. Pero nuestro Hombre, sencillamente sufría.

      Hastiado, un día decide contarle a un reconocido autor, poseedor de todos los Grandes Premios y para el cual trabajaba con dedicada laboriosidad, su propia historia, la del tipo que vende historias en secreto. Se citaron en su bar preferido. El escritor, primero con recelo, luego con estupor y más tarde con franca fascinación, siguió el cuento, pero debió interrumpirlo porque fue llamado por teléfono a la barra del bar, ¿quién es?, repite la pregunta, silencio, nadie contesta.

      Después se dará cuenta que un momento -aquél- puede ser la eternidad. Como siempre ocurre, los hombres reaccionan tarde; en sucesivas camadas que se alternan, los hombres son hijos de la inteligencia y padres de la torpeza, y viceversa. Al regresar a la mesa, el contador de historias ha desaparecido. En el bar, repleto, nadie se había percatado de la salida del hombre y el escritor lamentó haber interrumpido el cuento.

      Mientras iba camino a su casa, el autor meditaba en lo que había escuchado: bien podría ser material para la nueva novela. Pero su propósito nunca será realidad. Tercamente inasible se le volverá el oficio. Como si las palabras se negaran a conversar unas con las otras para hacerse entender y ser amenas; más allá del bien y del mal. Aturdido por tal estado de cosas, humillado por la escritura, el famoso autor miraba conmovido sus muchos premios; y con los meses, se volvió ferviente lector. La lectura fue su religión, dio sentido a su vida; con devoción buscaba así calmar la culpa de no procrear más libros.

      Había leído las grandes obras de todos los tiempos y se había actualizado con la literatura contemporánea. Lo que empezó siendo una rara sensación, terminó siendo una certidumbre cruel: había menos libros cada día. Adoptó la costumbre de buscar ejemplares viejos y los domingos se hundía en la espesura de una feria de segunda mano, en el parque cercano a su casa. Una tarde, un viejito desarrapado le acercó un ejemplar precioso, de tapas duras de cuero y hojas del más delicado papel, que parecían sutiles velos de aire. La impresión parecía no ser de este mundo. Impecable, una joya. Se veía nuevo pero dejaba oler antigüedad. “El libro de los libros”, título en un rojo sangre, muy rimbombante, ambicioso, quizá sacrílego. Las manos le temblaron cuando agarró el volumen, comprado por escasas monedas -sólo monedas pedía el viejo-, y se prometió a sí mismo devorarlo en la noche. Muy ufano por la adquisición, se fue a casa.

      Justo decir -aunque creo que es injusto al final de cuentas-, que desde aquel día en el bar, los numerosos clientes del contador de historias se preguntaban qué había sucedido. Y todos llegaron al bloqueo: más rápido o más tarde, ninguno pudo copular con la palabra.

      Muy pronto, las editoriales del Gran País sufrieron una caída notoria, que con el tiempo se acentuaba; la prensa reflejó el fenómeno, que comenzó a ser debatido en una sucesión de paneles, simposios y los más enrevesados debates, hasta instalarse en los espacios académicos, dando pie a una avalancha de tesis e investigaciones para explorar lo acaecido.

      En fin: es grave la depauperación creativa en la literatura. Se ha extendido, como un mal silencioso, fatal, inexorable, por todo el Gran Mundo. Acaso, una epidemia sin cura.

      Se especula que durará mucho tiempo, que las nuevas generaciones están debilitadas por la invasión de la televisión. Algunos culpan a la proliferación de las computadores y acusan con encono a la internet Los más pesimistas hablan de que la oscuridad cayó sobre el libro, como una maldición a perpetuidad. De esta noción han nacido innumerables sectas. Como siempre, el desconocimiento pone en órbita a la fe. Todos hablan, nadie sabe.

      No saben que el ex contador de historias siente que vive la oscuridad más oscura. No tiene noción de tiempo ni espacio, carece de necesidades fisiológicas. Sabe que no sabe nada. Importante atributo al que no todos pueden acceder, pero que para él, ofrece inutilidad, en la exasperante situación de total ignorancia en que se encuentra, si es que se encuentra en algo o todavía es algo. Sólo es capaz de paladear la oscuridad.

      Así las cosas, hasta el momento en que siente vibraciones, ondulaciones de origen impreciso. Evoca la luz. Eso es la luz, ¿no?. Atisba que la oscuridad cede. A medida que las vibraciones avanzan, la oscuridad es menor. Llega el instante en que frente a él unos ojos enormes, oscuros, lo escudriñan. Sí, recuerda, esos son ojos. Al fin se reencuentra con una mirada. Después se percata de un leve bamboleo de la mirada. Y comienza a detallar el enorme rostro frente suyo, ¡claro que eso es un rostro!, ya lo había olvidado, y no es amenazante, es más, le recuerda a alguien, alguien, ¿pero quién?...

      Un sonido insistente le trae reminiscencias de algo que no puede precisar. ¿Qué suena de ese modo, con brevísimas pausas? Siente que se marea, ¡esos movimientos que no consigue calibrar!; siente que cae. Un estremecimiento lo recorre.

      No logra identificar el sonido del teléfono, como tampoco alcanza a detallar el rostro, cuando de pronto lo tapan. Tiene la sensación horrorosa de que lo tapan. Deja de ver, pero aún distingue algo. Se queda a la espera, escucha, siente una vibración que ya reconoce, y siente otra, y otra. Quiere gritar, no puede. Cada vez distingue menos. Esos velos se le enciman, lo lastiman. La luz se va agotando de a poco. Dolorosamente cesa.

      Antes de volverse a su absoluta oscuridad, el hombre que tenía el oficio de contar historias tiene un destello de razón, que es lo último que lo va a iluminar: aquel rostro es el del escritor al que le contaba la historia de su oficio especial, y él es uno más entre los personajes de un libro. Está hecho de palabras. Qué trágico le resulta todo. Para colmo, no sabe ni el título.

      Por favor, no pregunten cómo sé la historia. No se pregunta lo que se sabe. Por lo demás, tengan paciencia; en definitiva la muerte y el nacimiento son las fichas del juego eterno.


© Rosa Elvira Peláez
Buenos Aires / noviembre 1997

ROSA ELVIRA PELÁEZ .- La Habana (Cuba), 1956. Licenciada de Periodismo de la Universidad de La Habana. Trayectoria profesional en revistas y diarios de la Isla, especialmente en temas relacionados con la cultura. Enviada especial a varios países de América y Europa acompañando a delegaciones culturales de Cuba. Actualmente desempeña labores como corresponsal de Radio Habana Cuba en Buenos Aires, y colabora con otros medios cubanos.