SIFU-One
I

         El reloj de la Sala de Detenidos marca solamente las horas; le falta el minutero. Las manchas resecas de orina y de sangre que hay en las baldosas despiden un olor nauseabundo. Viernes 21 de septiembre de 1973. Santiago de Chile. Comuna de Recoleta; calle Dávila Baeza.
      -Te voy a matar, terrorista hijo-e-puta -le dice el capitán Moraga a Molineros-. Te voy a matar como a un perro -le repite y le pone el cañón de su pistola detrás de la oreja. Se pone tenso y le pregunta-: ¿Dónde están las armas?
      -¿Qué armas? ¿De qué armas me habla? -le replica Molineros con indiferencia.
      -¡Lah que teníh para matar uniformaoh, terrorista culiao! ¡Esah que fuisteh a buscar a Cuba! -le grita fuera de sí. Molineros gira la cabeza y lo mira. El cañón de la pistola le queda debajo del ojo izquierdo. La cara de Moraga da lástima, pero a Molineros le da asco. Moraga tiene unas manchas rojizas en la cara, con pústulas amarillo verdosas; sufré de acné, el "Cara de Ciénaga" le dicen sus compañeros.
      -Yo no quiero ni pienso matar a nadie -responde Molineros más preocupado de registrar los detalles técnicos que de controlar la situación. Moraga lleva una pistola, y no un revólver como todo el personal de Carabineros de Chile.
      -Entonces ¿por qué te detuvieron? -pregunta Moraga.
      -No lo sé -dice Molineros verdaderamente sorprendido. Se da cuenta y corrige de inmediato-. Yo soy funcionario de la Compañía de Teléfonos de Chile. Le sugiero que llame inmediatamente al coronel Jorge Aráoz que está a cargo de la empresa. No alcanza a terminar. Moraga lo golpea en el estómago. Molineros se dobla, siente que las manos atadas atrás le hacen falta, necesita con desesperación apretarse el estómago. Logra un mínimo de control, traga un poco de aire y lanza un berrido que lo hace descansar; sabe que el dolor es secundario. Un bototazo en la cara lo hace rodar.
      La cara le arde y todo le da vueltas. Siente un dolor, en alguna parte del brazo derecho, que comienza a ser insoportable. El golpe en la cabeza contra las baldosas lo aturde, pero no lo deja inconciente. Otro golpe entre las piernas le causa más miedo que dolor: lo vuelve a la lucidez total. Su orina sale decontrolada. Intenta ponerse en pie, pero no puede.
      -¿Dónde están lah armah? -pregunta Moraga, tenso, impresionado por lo que hace y por lo que ve. Se siente bien, no sabe por qué, pero se siente bien; el odio acumulado y los deseos de obtener reconocimiento, que lo angustian, cuando ataca físicamente, más que cuando dispara, lo obnubilan y le producen el mismo agradable mareo y agotamiento que la droga que consume.
      Con la frente apoyada en las baldosas, el ojo derecho de Molineros capta una parte de la pared verde, su ojo izquierdo una cantidad de botas negras, relucientes. Las botas se mueven, las ve venir, pero ya no siente exactamente dónde lo golpean. Sabe que no está inconciente. En un ínfimo instante de silencio escucha el llanto de su mujer, y siente miedo. Son sólo cinco carabineros, pero los golpes simultáneos se le multiplican infinitamente. La imposibilidad de asimilarlos, la imposibilidad de control durante el castigo lo asusta; sin refugio mental, donde medir y soportar el castigo le causa terror, instintivamente cierra con fuerza las partes de su cuerpo que lo pueden traicionar: los ojos y la boca.
      -¡A este hijo-e-puta lo voy a fusilar yo personalmente! -sentencia Moraga y se va; tiene sed y necesidad de estar solo.
      Dos carabineros rasos levantan a Molineros; lo afirman en la pared, pero Molineros se desmorona.
      -¡Quéate parao, conchitumaire! -le recrimina uno de ellos, mientras el otro lo levanta nuevamente, y le dice:
      -¡Aguántese un poquito, gancho!

II
      Sábado, 21.00 horas.
      -Quiero ir al baño -dice la mujer de Molineros. Molineros se sorprende.
      -¡Qué modales son esos! -replica el sargento que está en la Oficina de Guardia. Sale de la oficina, cruza el pasillo y se enfrenta con la mujer-. Se dice: ¿Puedo ir al baño señor?
      La mujer repite:
      -¿Puedo ir al baño señor?
      Los otros carabineros se ríen.
      -Sí señora, por supuesto -responde con cortesía el sargento; y agrega-: ¡Contra usté no hay nah! La cosa es contra este gallo, que ya lo tenemos fichao -dice apuntando a Molineros. Se da vuelta hacia un carabinero y le dice:- ¡Juanito, acompañe a la señora, y suéltele las manos!

      La mujer de Molineros vuelve con un pañuelo húmedo y le limpia la cara.

      -A las doce me van a dejar hablar por teléfono -le dice.
      -¡Silencio! A loh detenioh no se leh deja aularrr -dice otro carabinero, que les ordena además que se separen.
      -¿Qué hora es? -pregunta Molineros-. Teresa, ¿qué hora es?
      -Las nueve -alcanza a contestar la mujer.
      -¡Silencio! ¡Terrorihtah culiaoh! -grita el carabinero que los custodia.

      A Molineros le cuesta estar de pie. Siente dolores en todo el cuerpo; el dolor del brazo derecho lo siente en el hueso; el mal olor de su orina le produce sensaciones de vómito; una de las puntas del alambre con el que tiene atadas las manos, se le clava en alguna parte de las muñecas y le produce una sensación dolorosa y desesperante. Trata de acomodárselo; pero no le resulta. Se vuelve a hacia su mujer y trata de darle a entender lo que le pasa.
      -¡Sin moverse! -le ordena el carabinero de punto fijo y se ríe; después se pone serio y le advierte-: ¡Si te movís pah-arrancal, te mato! ¡Te mato culiao! -le repite en otro tono.
      Lo apunta con un FAL (Fusil-Ametralladora-Ligero), juega con el seguro, comprueba si hay una bala pasada, pero no hace nada. Molineros se da cuenta que tiene problemas para distinguir más allá de cuatro o cinco metros, que tiene problemas con el ojo derecho. Cierra el izquierdo, y con el derecho ve sólo imágenes deformadas. Siente toda la cara hinchada y le arde. Una sensación rara lo hace decir sin pensar:
      -¿Puedo ir al baño señor?
      No sabe si lo han escuchado o si no le ha salido la voz.
      -¿Puedo ir al baño señor? -repite en voz alta.
      No hay reacción. El sargento de la Oficina de Guardia está hablando por teléfono; pero lo ha escuchado, le hace una seña a otro carabinero y le da instrucciones. El carabinero sale al pasillo, mira para un lado, mira para otro, y llama:
      -¡Calabaza!
      El Calabaza se acerca con pasos lentos.
      -Mi sargento dice que acompañís a un detenio -le transmite el carabinero.
      El Calabaza mira a Molineros, se da vuelta, entra en la Oficina de Guardia y recibe personalmente las instrucciones; el Calabaza mueve afirmativamente la cabeza; saca un FAL, se lo cuelga al hombro, vuelve, mira nuevamente a Molineros y le ordena:
      -¡Manos arriba! ¡Cruzadas, detrás de la cabeza!
      -No puedo -responde Molineros y medio se da vuelta para mostrarle que tiene las manos atadas atrás.
      -Güeno, así nomah. ¡Vamoh! -le ordena, y lo guía por un pasillo obscuro; llegan a un patio que está lleno de ataúdes sin pintar, un patio que en tiempos normales era un parrón, lo cruzan y entran a una sala donde hay sólo carabineros rasos, comiendo y mirando televisión: "La vida de Leonardo da Vinci". No les prestan atención; Molineros los mira, pero evita toparse con sus miradas; sabe que la situación para ellos es incómoda; sabe que más por cobardía que por disciplina y convencimiento, los carabineros rasos, la tropa común y corriente, puede ser más agresiva y doblemente peligrosa. Llegan a la cocina: el Calabaza deja el FAL sobre unos sacos de carbón y habla con el cocinero jefe, después se da vuelta hacia Molineros y le dice:
      -Siéntese ahí.
      Molineros se sienta en unas cajas y atónito observa lo que hace el cocinero jefe. El cocinero jefe saca un plato, destapa uno de los fondos que hay en una gran cocina industrial, toma un cucharón y llena un plato con algo que puede ser un guiso, lo pone encima de la mesa, saca un servicio, lo repasa con un paño que lleva como delantal y le dice:
      -Acérquese.
      Sentados a la mesa hay dos jóvenes, vestidos igual que el cocinero jefe: pantalón verde, camisa blanca sin cuello, con las mangas arremangadas. Están comiendo. Lo miran solamente, no dicen nada, no conversan.
      -¿Me deja echar la corta antes? -le pide Molineros al Calabaza poniéndose de pie-. Estoy que me hago.
      -¿La corta o la larga? -pregunta el Calabaza. Los muchachos se sonríen.
      -¡La corta nomás! -responde Molineros minimizado.
      -Güeno, entonces, venga por aquí.
      El Calabaza toma el FAL nuevamente, saca a Molineros por otra puerta a otro patio, al patio de la caballerizas, y le indica un rincón:
      -¡Echela ahí!
      -¡Disculpe maestro! ¿Me puede echar una ayudadita? Quiero decir si me puede dejar las manos... Así no puedo.
      -¡Chishh! -exclama el Calabaza; pero le saca el alambre. El Calabaza queda con las manos llenas de sangre.
      Molineros se da vuelta hacia la pared y orina; le duele y le cuesta; se toca los testículos, los tiene hinchados, trata de mirarse pero la obscuridad se lo impide. De reojo observa al Calabaza: está ahí simplemente, con el FAL colgado al hombro. Molineros no piensa, su mirada al entorno y hacia la distancia y la altura de las paredes es instintiva. Su decepción es categórica, fría, mecánica, indolora, técnica, pues no ha pensado en nada. Suspira y termina. Se da vuelta hacia el Calabaza y le ofrece las manos para que se las ate de nuevo.
      -Quédese así nomás para que pueda comer.
      -¡Muchas gracias! ¡Usted no sabe cuánto se lo agradezco!
      -Está bien -refunfuña el Calabaza-. Entre.

      Molineros intenta comer, pero no puede. No puede tragar. Se toma el caldo. Las papas y la carne no le pasan por la garganta. Tiene ganas de llorar. Está sorprendido, atónito, perplejo. No sabe por qué.
      El Calabaza es rubio, casi calvo, tiene la cabeza muy grande, más o menos deformada, el cuello muy delgado y la barriga de todos los desnutridos. Molineros intenta comer, mientras el Calabaza fuma; a Molineros le dan ganas de fumar.
      -¿Me convida uno?
      El Calabaza se mete la mano al bolsillo, saca un paquete de cigarrillos, grasiento y arrugado, lo pone encima de la mesa, al alcance de Molineros, y le dice:
      -Cómase la carnecita, ¡por lo menos!
      -¡Muchas gracias! -le responde mientras saca un cigarrillo-. No puedo tragar. Pero me gustaría -agrega después de aspirar una buena bocanada de humo.
      A cada tanto, Molineros limpia las manchas de sangre que deja en la mesa y se disculpa. El cocinero jefe sale, vuelve con dos parche-curitas, y se los pasa sin decirle nada. Molineros le da las gracias y trata de ponérselos.
      -Hágalo después -le recomienda el Calabaza. Le mira las heridas y agrega-: Ahora no le van a servir de nada. -Se da vuelta hacia un estante, saca un paño, corta dos tiras y se las pasa. Molineros se las pone en las heridas y le pregunta si puede sacar otro cigarrillo.
      -Guárdeselo -le dice y le acerca el paquete, con el mismo desgano que refunfuña-: y ahora, vamos.
      Molineros siente la necesidad de expresar su agradecimiento, pero las palabras no le salen. Agacha la cabeza.
      El Calabaza tiene la cara deformada: sus maxilares no son simétricos. El maxilar superior lo tiene corrido hacia la derecha; el inferior lo tiene en una posición más o menos normal. Sus ojos son de un verde claro, simples, tranquilos. Antes de salir de la cocina rezonga de nuevo.
      -Así que usted es el hijo del ministro, ¿no?
      Molineros no le contesta, cambia de expresión, lo mira y empieza a caminar hacia la puerta. No lo saca del error.
      Cuando pasan por el comedor, se da cuenta que va con las manos atrás, pero sin el alambre. Duda, no sabe si hacérselo notar o no. Se siente levemente traidor; pero esa sensación de tener las manos libres es superior a su código ético.
      El Calabaza lo deja en la Sala de Detenidos y se va. Se despide con un gesto mínimo, de desagrado, apenas perceptible. En la Sala de Detenidos hay otros dos jóvenes, extranjeros, son uruguayos, y otro carabinero de punto fijo; en la Oficina de Guardia hay un oficial, un subteniente, muy joven y de aspecto agradable. A Molineros y su mujer los deja hablar. La mujer está fumando. Molineros sigue con las manos atrás. La mujer le pone el cigarrillo en la boca. En el rincón derecho, mirado desde la Oficina de Guardia, están los uruguayos, un muchacho y una muchacha, con las manos atadas atrás, con la boca y los ojos amordazados, y de rodillas.
      -Son tupas -le comenta su mujer. Molineros se horroriza; los mira de nuevo, y sospecha que la situación se va a complicar. Se siente cansado. No quiere hablar. Su mujer quiere saber qué le hicieron. Molineros mueve la cabeza; se encuclilla; su mujer lo imita. Así se quedan un rato. Un movimiento exterior los hace ponerse de pie. Vehículos que llegan, frenazos, gritos, carreras, órdenes.
      -¡Pacoh culiaoh! ¡Pacoh chuchasdesumaire! ¡Yo soy campeón de Chile, pacoh culiaoh! ¡Yo soy vicecampeón latinoamericano! ¡Yo fui sparrinnn de Arturo Godoy, pacoh culiaoh!
      El que grita es un mulato de casi dos metros, que lo traen, entre cinco carabineros, con las manos atadas adelante y hecho un paquete con una cuerda que le da muchas vueltas alrededor de los brazos pegados al cuerpo. Sangra por boca y nariz, tiene la cabeza rota y arrastra una pierna.
      -¡Es una vergüenza para el país que le amarren las manos a un campeón! ¡Estas manos le han dado gloria a Chile, pacoh rastreroh!
      Los carabineros logran amarrarle las piernas, lo arrinconan y se retiran. En la Oficina de Guardia se matan de la risa. El carabinero de punto fijo y la mujer de Molineros también se ríen. A Molineros también lo divierte la situación, pero no se ríe. Trata de no pensar, pero le resulta imposible. Recuerda la decepcionada voz de Salvador Allende calificando al general César Mendoza, cuarto en antigüedad, como "general rastrero". César Mendoza se autonombró comandante en jefe de Carabineros de Chile. César Mendoza, el día anterior al golpe de Estado, había jurado lealtad a la Constitución, y personalmente le había prometido lealtad al Presidente de la República.
      El hombre sigue hablando y gritando. Se cansa; descansa; llora un poco y después sigue.
      -¡Yo soy Roberto Gacitua, el Cholo, pacoh cagoneh, pacoh rahcah, suéltenme las manos! ¡Yo le he dado gloria y honor a mi país, pacoh rahhhtreroh! ¡Yo soy socialista igual que Salvador Allende, pacoh rahhhtreroh!
      De la Oficina de Guardia sale el joven subteniente, entra en la Sala de Detenidos; a Molineros y a su mujer, con un gesto, les ordena volverse hacia la pared, se acerca al hombre y le dice:
      -Los Carabineros de Chile no somos rastreros, aunque lo haya dicho tu Presidente.
      -Son traidorehhh y restrerohhh para todoh, todoh loh diah de su vía -le responde el hombre tranquilamente. Suena un disparo. Más que en los oídos, Molineros siente el estampido en la boca del estómago. Automáticamente se da vuelta.
      -Sáquenlo de aquí! ¡Inmediatamente! -le ordena el subteniente al carabinero de punto fijo y se va.
      Un instante de silencio y luego carreras, gritos y órdenes. El cuerpo del ex campeón de Chile todavía se mueve. Sus ahogados estertores se escuchan como un resumidero al ser destapado.
      En el otro rincón, la muchacha uruguaya está en el suelo, inconciente. El muchacho no hace ni dice nada. La mujer de Molineros se da cuenta y le dice al carabinero de punto fijo:
      -La señorita se desmayó.
      -¡Cállese! -le grita el carabinero-. ¡No-e meta en camisa-e-once-varah!
      Sin expresión Molineros mira a su mujer que se aprieta un oído. Molineros se da cuenta que tiene las manos en el estómago. Le duele el bajo vientre y abre las piernas para soportar el dolor de los testículos. Dos carabineros traen un ataúd sin pintar y tratan de meter el cuerpo del ex campeón de Chile, que ya no se mueve.
      Prueban de varias formas, pero no les resulta.
      -Ehh muy grande ete crehtón -dice uno-, le amoh a tenel que hacel uno a la medía.
      -Por lo menoh unoh veinte máh de largo, y otroh veinte de ancho.
      Lo dejan, toman el cajón que han traído y ya se van, pero el carabinero de punto fijo les sugiere:
      -Acarrehen al finao, primero. Mi teniente dijo que lo sacaran ¡altiro, altiro!
      Los hombres dejan el cajón en el suelo, tratan de levantar el cadáver, pero no pueden. Se miran, se encogen de hombros y lo toman de los pies. Así se lo llevan, a la rastra. El impacto ha sido en alguna parte de la cabeza. El occipital lo tiene totalmente destrozado. La mitad de sus sesos quedan sobre el piso. Un carabinero de la Oficina de Guardia trae un saco y ahí le meten la cabeza. Cuando desaparecen Molineros le dice: "¡Adiós campeón!", pero nadie lo escucha. Otro carabinero viene con un escobillón y una pala para recoger basura. Limpia un poco y desaparece sin decir nada.
      La mujer de Molineros trata de acercarse a la muchacha uruguaya. El carabinero de punto fijo le llama la atención.
      -Y a usteh ¿qué le pasa?
      -Está desmayada -le dice la mujer de Molineros al carabinero.
      -¡Aguántense un poquito, no se pongan nerviosoh, que ya leh va a tocal! -replica el carabinero alzando la voz.
      -Está desmayada -repite la mujer de Molineros-, y nadie hace nada.
      Molineros mira a los uruguayos. Se siente mal, tiene deseos de vomitar, la cabeza le da vueltas, se quiere sentar en el suelo, pero el carabinero que está de punto fijo no lo deja.
      De nuevo: ruido de vehículos, carreras, gritos, órdenes, frenazos y más detenidos. Cinco nuevos detenidos.
      -¿Por qué vienen? -pregunta el oficial de Guardia.
      -Por Toque de queda -responde el subteniente Balladares que viene a cargo de la patrulla, la misma que detuvo a Molineros y su mujer-. Los lolos estaban agarrando en el Parque Forestal y los otros son comerciantes.
      Los lolos son dos muchachitos que por su aspecto y su manera de hablar se nota que son de familias acomodadas. La muchacha es rubia y de ojos azules, vivos e impertinentes. El muchacho es de pelo negro ondulado y sus rasgos son finos, más finos que los de la muchacha. Piden permiso para llamar a sus padres. No les dan permiso. Protestan y amenazan de inmediato con la importancia de ciertas amistades militares de sus padres. Se declaran partidarios del Golpe. Los hacen callar. Su lenguaje es distinto al de los comerciantes ambulantes. Dos de los comerciantes han llegado con sus canastos. La mujer vende pan amasado, que ya no le queda, y el hombre vende dulces: chilenitos y empolvados. El otro es un viejo. El carabinero de punto fijo le pregunta:
      -Y usté, ¿qué vende, gancho?
      -¡¿Yo?! -pregunta el viejo como si no estuviesen hablando con él.
      -Sí poh-culiao, con vohs-toy-aulando -replica el carabinero y le da un culatazo en el estómago. El viejo se dobla violentamente y cae de rodillas como un muñeco de madera.
      -Yo vendo la suerte. Los premiaoh pal fin de meh -contesta con la voz compungida y saca del bolsillo interior de su chaqueta un rollo de números de la Lotería de Concepción-. Aquí tengo los ganadores -dice y estira el rollo en el suelo- ¿Quiere uno, mi cabo?
      El carabinero de punto fijo no le contesta, se dirige a los lolos y les dice que vean qué le pasa a la muchacha uruguaya, pero de inmediato da una contraorden.
      Uno de los carabineros que está de guardia en la calle ha corrido a avisarle al oficial de Guardia que viene la patrulla de un alto oficial:
      -¡Mi mayor Santamaría! ¡El Mercedes de mi mayor Santamaría!
      El carabinero de punto fijo se acerca a la mujer de Molineros y le dice a media voz y rápidamente:
      -¡Hable con él, señora! Es un general -le susurra.
      La mujer de Molineros se pone nerviosa y comete el ridículo de tratar de componerse. Se arregla el pelo, se pasa la mano por la cara. Molineros piensa: "Siempre dama, mi amor", y por primera vez siente angustia.
      El mayor Santamaría, con uniforme de gala, con guantes de color marrón y con capa sobre los hombros, acompañado de otros oficiales de menor graduación y con un gran equipo de guardaespaldas que denota que su grado no es el de un simple mayor, pregunta:
      -¿Y éstos, por qué están?
      -¡Por Toque de queda, mi mayor! -responde el odicial de Guardia. Los otros oficiales se fijan en la mujer de Molineros.
      -¿Y éstos?
      -Son los tupamaros, mi mayor.
      -¿Qué le pasa a la señorita? -pregunta con ironía y no espera respuesta-. ¡Sáquemela de aquí, y al hombre llévemelo al patio Dos. ¿Dónde está Moraga?
      -¡Firme, mi mayor! -contesta Moraga abrochándose el casco. Viene con la camisa abierta, las botas sueltas y una halitosis que da miedo.
      -Prepáreme, en el acto, un Sifu-uan1. ¡Sigamos! ¿Estos son los ...?
      -¡Sí mi mayor! -contesta Moraga antes de retirarse-. Viven detrás de la Escuela Dental y ofrecieron resistencia al ser detenidos.
      -Lléveme a este hijo de perra, pero ¡al tiro!, al patio Dos -ordena el mayor Santamaría mirando a Molineros con expresión de profundo odio.
      Carabineros rasos sacan a Molineros casi en el aire. El resto de los oficiales de Santamaría lo insultan, lo escupen y lo golpean al pasar. Cinco carabineros lo llevan al trote y a culatazos por el pasillo, que no es precisamente estrecho, pero se estorban entre ellos mismos. Uno se resbala y otros le caen encima, se gritan entre ellos. A lo lejos, Molineros escucha los gritos de su mujer que llora y que les grita "Mentirosos", "Cobardes" al capitán Moraga y al subteniente Balladares, que comandaban el pelotón que los fue a detener. La mujer de Molineros antes de ser abofeteada por el mayor Santamaría les gritó que les devolvieran los anillos, los relojes, las joyas, y el dinero que les habían robado. Balladares lo negó. El mayor Santamaría abofeteó a la mujer de Molineros porque desde su tranquilidad percibió la intranquilidad de algunos carabineros rasos que agacharon la cabeza. La mujer de Molineros no tuvo la tranquilidad necesaria para acusarlos de la destrucción innecesaria de un refrigerador, una lavadora, un ropero, un televisor, mesas y sillas. El mayor Santamaría no escuchó, pero sus oficiales sí, cuando la mujer de Molineros les dijo desde el suelo, semi aturdida, que le devolvieran sus calzones y sus sostenes. Uno de los oficiales del mayor Santamaría le puso una de sus botas en la cara, y le dijo, tranquilamente, que si no se callaba, la mataba.

      En el patio Dos, de la caballerizas, tienen al muchacho uruguayo amarrado a un poste, sin la mordaza de la boca. Frente a él, cinco carabineros, formados, esperan. Moraga comanda el pelotón. A su lado hay un cura, con sotanas y devocionario en mano: es uno de los curas de la Parroquia de la Iglesia de la Recoleta. En otro poste amarran a Molineros. Antes de vendarle la vista le pregutan si quiere confesarse.
      -¿Para qué? -pregunta Molineros.
      -Este sí que es marcista hasta los huesos -comenta uno de los carabineros rasos que le están poniendo la venda en los ojos y comprobando que no vea nada.
      Molineros se sorprende; no sólo no ve nada, sino que además no piensa nada. Sólo que el nudo de la venda en la vista, en la nuca le hace daño cuando le echan la cabeza hacia atrás para asegurársela al poste. De repente escucha:
      -¡Misión cumplida, mi capitán!
      -¡Peralta, avísele a mi mayor que estamos listos!
      -Hay olor a mierda -comenta Molineros. Pero nadie le responde.

      Ruidos de pasos y de cuchicheos. El mayor Santamaría pregunta en voz alta:
      -¿Se confesaron los condenados?
      -Se les ofreció, pero se negaron, mi mayor -responde otra voz, nueva. Nueva para Molineros. Nueva y ajena, rara.
      -Está bien -responde el mayor Santamaría y ordena-: ¡Procedan!
      El urguayo se desgañita gritando su nombre y su condición de exiliado político. Molineros lo escucha y no sabe por qué intenta mover la cabeza tratando de girarla en dirección de donde le llegan los gritos y la angustia del uruguayo. Tiene ganas de decirle alguna cosa, pero no se le ocurre nada.
      -¡Paren! ¡Paren! -grita Molineros de pronto. Silencio.
      -¿Qué quieren saber? -pregunta, y se da cuenta que ha cometido un error.
      Silencio.
      -¿Dónde están las armas? -pregunta el mayor Santamaría en voz alta, y también se da cuenta que ha cometido un error. Sus oficiales guardan silencio. Técnicamente debió haber preguntado, en la jerga del medio, por "los fierros".
      -¿Qué armas, señor?
      Silencio.
      -Las armas del Plan Z2 -le dice Santamaría acercándose y bajando el tono.
      Silencio.
      Molineros aceleradamente piensa. Racionalmente no, pero intuitivamente percibe algo parecido a la sensación de desequilibrio, percibe que algo se disloca e intuitivamente dice sin pensar y aceleradamente:
      -Yo no pertenezco a ningún partido político y tenga la amabilidad de llamar al coronel Jorge Aráoz de la Compañía de Teléfonos de Chile... él le dirá quién soy yo.
      -Eso ya lo sabemos -le dice Santamaría sin entonación y golpeándole el pecho sin violencia, haciéndole notar su cercanía.
      -¿Entonces? -pregunta Molineros realmente sorprendido. La respiración se le ha agitado, le ha aumentado la incomodidad de las amarras y la pesada sensación de que ha cometido una imprudencia. Trata de pensar, pero no puede.
      Silencio.
      Molineros siente que se le revuelve el estómago. Siente un leve mareo. El ruido de sus vísceras convulsionadas le golpea los tímpanos, abre la boca y siente que está a punto de que sus quijadas se desencajen. El miedo de que sus quijadas se le desencajen lo percibe en la garganta, ya siente la dureza en su cuello y lo que los médicos han definido como su tendencia a la dislocación parietal.
      -¡Moraga! ¡No puedo estar aquí toda la noche!
      ¡Proceda!
       -¡A su orden, mi mayor!
      Silencio.
      Ruido de preparación de armas. Luego la voz de Moraga.
      -¡Atención! ¡Apunten! ¡Fuego!
      Una descarga de fusilería y silencio.
      -¡Misión cumplida, mi mayor! El tupa está listo.
      -Que un oficial médico compruebe la ejecución -ordena el mayor Santamaría.
      Silencio. Ruido de pasos de alguien que se acerca.
      Silencio.
      -Aún vive -dice una voz.
      -Tiro de gracia -ordena Santamaría.
      Silencio. Se oye un pistoletazo.
      -Este es el fin que se merecen todos los terroristas extranjeros -dice la misma voz.
      -¡Prosiga! -ordena el mayor Santamaría.
      Rápidos movimientos preparatorios y silencio.
      -¡Atención! ¡Apunten!...
      -¡Con su permiso, mi mayor! -surge otra voz-. Este joven es chileno. ¿No le va a conceder el último deseo?
      -¿Cómo te gustaría morir, Molineros3? -pregunta alguien de la comitiva del mayor Santamaría. Es una voz fina, no afeminada, sino fina, educada. Cada palabra ha sido bien dicha, con cierta afectación, pero bien articulada. A Molineros le cuesta responder. Está completamente mareado; el vomito lo siente en su garganta; pero el dolor de su mandíbula izquierda desencajada, de lo que no se han dado cuenta los carabineros, lo obliga a una lucidez cada vez más penosa e insoportable.
      -No me gustaría morir.
      -¿Te da miedo morir?
      Silencio.
      -¿Te da miedo la muerte? -le pregunta otra voz.
      -¿Cómo me podría dar miedo algo que no sé cómo es ni qué es?
      Silencio.
      -Bueno, ahora lo vas a saber -dice Santamaría sin el más mínimo asomo de ironía-. ¡Moraga, proceda!
      -¡A su orden mi mayor!
      Silencio.
      -¡Atención! ¡Apunten! ¡Fueeegooo!
      Descarga de fusilería.
      Molineros siente que algo lo golpea dura, secamente en el pecho.

      Molineros comienza a despertar. Sabe que no está en el cielo ni en el infierno. Está en brazos de su mujer. Le duele todo el cuerpo. Su mujer lo acaricia. El hedor a excrementos es insoportable. Molineros no lo dice, pero le pregunta:
      -¿Dónde estamos?
      -En una de las pesebreras. Ahí, al lado, están los tupas.
      -Dejé de pensar -dice Molineros-. Sólo se deja de pensar. Los tupas, ¿están vivos?
      -Sí. Vivos, y cagados de miedo. Me interrogaron con la uruguaya -le dice su mujer como al pasar, como algo sin importancia.
      -Yo también parece que estoy cagado, pero de verdad -le confiesa Molineros con vergüenza.
      -¡¿Parece?! -repite la mujer y lo abraza con fuerza. Le hace daño. A Molineros le duele todo: desde el pelo hasta los testículos. Está maniatado con la manos atrás y encadenado a un pilar. Por el roce de las caricias se da cuenta del estado de la cara de su mujer: Teresa tiene la boca rota, el labio superior negro e hinchado, una ceja y un párpado rotos, por un ojo casi no ve y le sangra una oreja. Molineros no sabe que Teresa lo abraza para compartir el dolor, el dolor de sus pechos quemados y de su pezón izquierdo roto, reventado, por los oficiales del mayor Santamaría-.
      ¿Te puedes parar? -le pregunta Teresa.
      -¿Para qué?
      -Ahí me pasaron unos pantalones.

III
      Domingo, 04.30 horas. Los uruguayos, Molineros y su mujer son trasladados al Estadio Nacional de Chile.
      -¿Por qué trae esos pantalones? -le pregunta un suboficial de Ejército a Molineros después de haberle tomado los datos personales y de haberle hecho la irrespondible pregunta de "¿Por qué lo detuvieron?".
      -Me los prestaron.
      -¿Quién se los prestó?
      -Un carabinero... Se me soltó el esfínter -explica Molineros.
      -¡¿Qué?!
      -Me cagué en los pantalones -aclara Molineros con vergüenza.
      -¿Se hizo? -quiere saber el suboficial.
      -Sí, me hice -confirma Molineros bajando la cabeza.
      -Muñocito -ordena el suboficial sonriente-. ¡Pásele a este caballero un par de pantalones de los que ya se han ido!... ¡El siguiente!... ¿Nombre?... ¿Fecha de nacimiento?... ¿Lugar de nacimiento?... ¿Estado civil?... ¿Lugar de detención?... ¿Motivo de la detención?...

© C.Briones
Santiago, 1973-1993


Notas:
Sifu-uan1: SIFU-One. Simulacro de Fusilamiento-Uno. En el ADAPT-III, con números romanos, se detallan una serie de procedimientos, 14 en total, para amedrentamiento, ablandamiento, etc., en distintos grados. Los primeros cinco en su versión en español y con una sigla adaptada, están numerados en inglés. ADAPT es una nominación que proviene del término en inglés Adaptation, y no es más que lo que este término indica: una adaptación de una serie de indicaciones y observaciones de tipo psicológico, que algunos autores sospechan de origen israelita, otros creen que es sudafricano, y algunos, los menos, culpan a la CIA de su autoría. Por cierto que los resultados de perversiones ideadas por intelectuales y llevadas a cabo por ellos mismos, son distintos a los que pudiese alcanzar un personal formado para otras labores. Un general dedicado toda su vida a la equitación, un músico de orfeón enamorado de sus partituras o un policía acostumbrado a detener delincuentes menores u otro que ha pasado horas tratando de memorizar las Leyes del Tránsito: de la noche a la mañana no se les puede convertir en especialistas de la maldad. Aunque se sostiene que, con el tiempo y con la práctica, pueden llegar a serlo; hay algo en el ser humano, no corrompido, que lo hace rechazar e incumplir estas creaciones de la infamia.


Plan Z2: La asesoría civil de los autores intelectuales del Golpe de Estado de 1973 denominó así a un supuesto Plan para matar militares, que habría sido ideado por las fuerzas militares leales a la Constitución. Este supuesto Plan resultó un monumental ridículo; pero en el afiebrado juego de Información-Desinformación de los golpistas, comprensiblemente, cumplió sus objetivos. En la actualidad ya nadie lo invoca. Los golpistas, sus autores intelectuales, no los que realmente después se hicieron con el poder, pensaban que la resistencia iba a ser mayor. Se debe decir que el gran tema para los autores intelectuales del Golpe no era la derrota militar sino la justificación, al interior de las Fuerzas Armadas, y el convencimiento, no ideológico, de sus oficiales, de la necesidad operativa del Pronunciamiento Militar. El Plan para matar militares no se podía llamar así, de manera que debió ser bautizado, en un apuro, y temiendo que no fuera lo suficientemente convincente y realista, izquierdizaron su nominación hasta la saciedad, le pusieron Z, así como la simbólica película de Costa Gavras.

¿Cómo te gustaría morir, Molineros3? La asesoría civil, en actos como el descrito, así como la participación directa en la tortura ya ha quedado ampliamente demostrada, incluso por la forzada Justicia en Chile.