LA MUJER QUE SE VE EN UN PAPEL
I

         Se dice que en Rosaio, en las tierras del lobo Férir, la gente se come a la gente, pero no es verdad; unos matan a otros como en todas, pero no se comen los muertos. El cura mete los cadáveres en un hoyo, y luego los tapa con arena. En Rosaio no hay tierra sino rocas y arena. Una arena negra, viscosa. En Rosaio no hay playa. El océano choca día y noche contra unos murallones de roca negra. En algunas partes las rocas se han abierto y se han formado unos acantilados oscuros por donde entra y sale el agua sin cesar.
      La tradición indica que cada vez que un hombre común pronuncie el nombre del lobo Férir, debe transfigurarlo. A modo de sometimiento y respeto debe suprimirle un fonema. En este caso, yo he suprimido aquél que representa un número indeterminado de voces, personas u objetos. Cuando el lobo Férir abre el hocico para tragarse la Luna, la quijada de abajo toca la Tierra y la de arriba toca el Cielo, y lo abriría aún más si tuviese lugar.
      En Rosaio tiembla todos los días. A veces las rocas se parten o se separan y se tragan a la gente. Se dice que hay que ser muy desgraciado para vivir en Rosaio, pero hay que gente vive ahí. En el día, en los días de Rosaio, las temperaturas alcanzan hasta los 40 grados, y de noche bajan hasta menos cero. Desde el mediodía hasta el anochecer un penetrante olor salino se le mete a uno por la nariz hasta hacerla sangrar. Este aire salino raspa las gargantas y enronquece las voces de la gente.
      La gente de Rosaio escucha con mucha atención y raramente hace preguntas. Se sabe que la ciencia de responder comporta determinados riesgos. Provocar es una deshonra. Gritar es una muestra de debilidad. Nadie presume y el silencio se respeta severamente. Son extremadamente delicados; no se descontrolan jamás. En Rosaio no se conoce la vergüenza ni la desesperación. Se dice que todo se puede imaginar ("todo" aquí significa el mundo y la imaginación misma). En Rosaio no se firman papeles. Basta la palabra. No hay policías, jueces, hospitales, ni libros; tampoco se conoce la prisa. Todo se hace muy serenamente; todo lo que se hace en Rosaio.
      La serenidad es un hábito de los Antiguos. Los Antiguos hablaban con los Espíritus. De ellos se sabe que Rosaio es el seno de una mujer recostada en Las Aguas de los Castigados, y que su cuerpo es inmenso y bello. En Rosaio, antes, había burros; ahora, con excepción del lobo Férir, no hay animales; tampoco plantas. Los caminos son estrechos y algo incómodos.
      Una vez llegó un forastero que dijo: "No he encontrado lo que busco; nadie puede darme lo que quiero", y se sacó los ojos. Es el único forastero que sigue vivo. Es el que cuenta las historias y el dependiente de la Roca de los Puñales. A él le dijo el cura un día:
      -No les hablo de Dios para que no lo ofendan.
      En la Roca del Cura, sin santos y sin cruces, y sin mesa para recordar el sacrificio, se le pone nombre a la gente.
      -Póngale un nombre.
      -¿Qué nombre?
      -Es igual.
      Entonces el cura saca de sus faltriqueras unos papeles amarillentos y elige un nombre de los que todavía no tiene marcados. Si es que su memoria no le sugiere repetir el nombre de algún muerto de esos días.
      No se conocen los apellidos, y en Rosaio no hay tantas personas como nombres. Tampoco se conocen los doble nombres. Cierta vez llegó un forastero que dijo llamarse Juan Carlos. Entonces se le preguntó: ¿Juan o Carlos? Dijo que de donde venía le habían hablado de Rosaio; dijo que venía "por unas cuentas pendientes con la Justicia", por unas muertes. Le gustaba repetir: "En mi país las cosas son distintas, y con dinero se pasa bien". Era un tipo que hablaba demasiado.
      En Rosaio se mira profundamente a los ojos; se dice mucho con la mirada. He visto escenas de comunicación que sobrepasan la imaginación de los cuentahistorias que he escuchado fuera de Rosaio.
      Un hombre llega a una roca (a la Roca del Agua, por ejemplo), y hace una venia, normal, no exagerada como los orientales. Se les llama orientales a todos los que no son de Rosaio. Se acerca, y mientras bebe, mira a una mujer que hace lo mismo. Nadie se ha dado cuenta, nadie que sea forastero, que la mujer le ha contestado el saludo con cierta intensidad en la mirada. El hombre se acerca, y con seguridad hablan de algo muy preciso. No se piense en atenciones, que en Rosaio son innecesarias.
      O alguien puede llegar y decirle a otro:
      -Con usted quiero hablar en privado.
      Entonces el cura tendrá uno o dos quehaceres más, porque esos son los quehaceres del cura, y nadie se opone; la familia tampoco se interpone. Después que se matan, ya es asunto del cura. Nadie pregunta quién es el muerto. Nadie comete la descortesía de preguntar un nombre, de vivo o de muerto, porque es muy posible que el mismo cura le devuelva la pregunta. Lo que se hace muy a menudo en Rosaio:
      -¿Qué, que usted quiere acompañarlo?
      No son agresivos ni taciturnos, sino muy precisos. No tienen oídos sino para sus propios asuntos. Toda comunicación es directísima y personal.
      Las gentes de Rosaio son esencialmente individuos. No me acuerdo haber tenido jamás la presión del cariño de nadie, como se acostumbra fuera de Rosaio. Se habla el idioma en que escribo, pero la significación de sus palabras, su contenido, es otro, más profundo y antiguo.

II
      Cierta vez, un hombre joven, muy triste, expresó su deseo de no hablar con nadie, y así lo hizo. Sólo una vez cambió de parecer, modificó su deseo. Dijo que venía de "el lugar donde acaba la tierra"; que había "visto" en un papel la cara de una mujer; que se había "enamorado" de esa mujer (una necesidad que no se conoce en Rosaio); que había llegado hasta ella; que la había besado como un saludo (inmensa curiosidad me causó saber que hubiese otro saludo que no fuese con la mirada). Dijo haber tocado esa piel amada con sus labios; dijo que tenía la voz de esa mujer y el recuerdo.
      Para mí, entonces, para mi curiosidad, el relato era tortuoso y lleno de misterio. Tortuoso por la cantidad de palabras y de conceptos que no conocía y por los cuales me hubiese gustado haber preguntado. Se me hinchaba la imaginación y me preguntaba cómo sería esa mujer. Mucho tiempo quise ser ese forastero y volver a "el lugar donde acaba la tierra" para mirar a esa mujer.
      Era terrible y bello pensar en esa mujer. Miraba los puñales y pensaba en ella, escuchaba el choque del océano contra las rocas, y pensaba en ella. Caminaba de noche por los pasos más peligrosos y pensaba en ella; la voz, la risa, el andar de otras mujeres, los ojos, las miradas, el olor de otras mujeres, me parecían que eran de la mujer que se ve en un papel.
      Las tormentas, la neblina y finalmente la muerte de ese forastero que un día ya no pudo seguir con ese fuego interior, le dieron a mi vida un sentido.
      Yo vi salir a los hombres y matarse con una estacas. Las muertes fueron lentas, de una noche a otra noche. El forastero no dijo ni una sola palabra, pero en sus ojos se leía su deseo, su mirada lo delataba, su pensamiento hablaba por sus ojos, su mirada hablaba. Después el cura hizo su trabajo y nadie supo por qué se mataron.
      A menudo, yo bajaba a los acantilados a ver cómo el agua entraba y se perdía en la obscuridad de las cavernas. Cuando bajaba el nivel me gustaba verla volver al océano, miraba el agua y pensaba en la mujer que se ve en un papel. Mi lugar preferido era la Garganta de los Lamentos.
      La casualidad quiso que una noche encontrara a otros tratando de zarpar. Los miré hacer los preparativos suicidas; parecían decididos, ni más ni menos que otros que habían intentado la misma inútil empresa. Eran cinco en una balsa que parecía sólida; hablaban agitados entre ellos. Deliberaron. Era evidente que mi presencia los incomodaba, y los retrasaba. Me ofrecieron un tajo el vientre o zarpar con ellos.
      Partimos. Uno en cada extremo para equilibrar el peso. Otro al centro, de pie, dirigía. A mí me tendieron en el piso. Me miraban con odio, con ese odio que no se ve, pero que se siente y se percibe hasta en la obscuridad; eran todos jóvenes, tres hombres y dos mujeres.
      Yo conocía a dos de los hombres y a una mujer, sólo uno, después me di cuenta, por las indicaciones que daba en que dirección debían dirigir la embarcación, era forastero.
      Al amanecer comenzamos a salir. La balsa adquirió velocidad, y ya fuera del techo de rocas se elevó por los aires. A uno de los que iban adelante lo vi salir disparado de la balsa; luego se agarró de una de las argollas que estaban a los costados, y saltó dentro. El océano estaba al frente, y debíamos salir hacia la izquierda, pero lo habíamos hecho hacia la derecha. El forastero rugía las instrucciones apuntando hacia una dirección donde, muy a lo lejos, de vez en cuando, se divisaba una pequeña luz, una pequeña estrella al borde del agua. La neblina no dejaba ver más.
      A pesar de los rugidos del forastero y de las maniobras realizadas, seguíamos avanzando y retrocediendo siempre hacia la derecha. Finalmente, remando cuando era posible, cuando las montañas de agua no se nos venían encima, lograron cambiar de rumbo. Las acciones eran intensas y frenéticas.
      De repente me di cuenta, por los gritos de los otros, que quedaban cuatro solamente. Entonces conocí el pánico, no el mío sino el de los otros, el que se puede ver en los rostros de los individuos más duros y más crueles: el forastero se había caído al agua. Todos miraban y todos gritaban en todas las direcciones: adelante, atrás, a izquierda, a derecha, pero sólo se veían montañas de agua, montañas de agua en movimiento.
      Como mis manos son inútiles y me deslizaba constantemente, una de las mujeres me amarró a una de las argollas que estaban en los costados de la balsa, y me dijo:
      -Si te caes, te ahogas.
      -¿Y si nos damos vuelta?
      -También.
      No pregunté nada más. Los de adelante remaban furiosamente. Yo no prestaba gran servicio. Servía sólo para el peso.
      La balsa se volcó innumerable veces. Entre esas montañas de agua no se podía saber si íbamos hacia la derecha o hacia la izquierda, hacia atrás o hacia delante. Sólo arriba y abajo. Perdí el conocimiento muchas veces, no sé por cuánto tiempo, y lo prefería así. Creo haber recuperado la conciencia en varias oportunidades, cuando sabía que iba fuera de la balsa, dando tumbos. Las ataduras me laceraban las manos. Muchas veces vi que la mole negra de la balsa (en Rosaio la madera también es negra), se me venía encima y me golpeaba por todas partes. Creo haber visto el sol. Me parece haber sentido el olor a madera caliente y fétida. Creo haber visto que el mar era negro; creo haber visto un mar rojo, un mar azul, un mar blanco; la cabeza se me iba a reventar. Vi cómo el océano se me venía encima. Vi cómo el cielo se me venía encima. En mis momentos de mayor conciencia sentí un terrible dolor en el estómago y un adormecimiento en las piernas, pues sentía que de las rodillas hacia arriba me ardían.

III
      Me recogieron unos pescadores de otras costas más nobles y de un océano menos infame que el que golpea día y noche los murallones de Rosaio. Me curaron y me alimentaron; me mostraron el mundo; me pusieron grasa de ballena en las quemaduras y magulladuras que tenía en la cara y en las manos, y me secaron otras heridas que tenía en otras partes del cuerpo. Me dieron de beber leche de animal, y muchos alimentos que primero me hicieron daño pero después me acostumbré a tragar y degustar. Me han preguntado muchas cosas y varias veces lo mismo. Les gusta que les cuenta cómo es Rosaio; pero me doy cuenta que dudan y a veces también se asustan, se impresionan mal. Hacen gestos raros; por ejemplo, cuando les digo que lo más delicioso que hay en Rosaio son las culebras. Me preguntan cómo hay madera si no hay árboles. No me entienden cuando les digo que en Rosaio la madera se saca del mar. Entonces me dicen que eso no es madera.
      Me trajeron un libro. Entonces yo les pregunté si eran curas, porque para mí sólo los curas tienen libros; después me trajeron un cura.
      Me enseñaron a ver en los libros; entonces me acordé del Ciego que me contaba las historias que él había visto en los libros; después me enseñaron otras cosas. El cura me trajo una mujer que se ve en un papel, una mujer que es la madre de Dios. Dios, el que hizo todo.
      He contado muchas historias de Rosaio y he preguntado muchas veces dónde está el lugar donde acaba la tierra. Pero nadie lo sabe.
      Me preguntan dónde está Rosaio, y yo les digo dónde está, pero no me entienden. Entonces me preguntan cómo es Rosaio, y yo les digo cómo es, pero no me entienden.

      Misnia, una mujer que me cuida, se puso en un papel para que yo la vea, me ha enseñado muchas cosas, y a veces me pregunta si yo quiero que ella sea la mujer que se ve en un papel; y si yo le digo que sí, entonces ella duerme a mi lado, y me hace reír. Me dice que hay cosas que, si la mujer que se ve en un papel me conociera, no me las haría.
      -No importa, me las haces tú -le digo yo.
      Entonces me babosea y me muerde, me toma las manos y se las pone en sus pechos calientes, grandes y duros. De esta manera, Misnia descubrió que mis manos no son incapaces sino las uniones de mis brazos con mi cuerpo.
      Cuando la veo triste o cansada, siento una opresión en mi imaginación; no me gusta verla triste o cansada; me gusta cuando es buena. Como es gorda y fea, sólo me gusta cuando sonríe; no me gusta cuando grita, tampoco me gusta cuando me trae el cura. El cura quiere que yo tenga fe, y que crea en lo que él cree, y me habla de cosas que yo no entiendo. Me amenaza. Me dice que el que hizo todo me va a castigar. Me asegura con palabra de verdad que me van a castigar después de muerto.
      -Está bien -le dije una vez-. Dile al que hizo todo que cumpla su palabra.
      El cura se horrorizó y dijo que lo había ofendido. Le dije entonces que podíamos hablar en privado si quería, pero no me entendió.
      A Misnia no le gusta que yo le diga cura al cura, y también que cuente historias de Rosaio, porque el cura dice que yo vengo de un lugar maldito. Misnia y el cura me hablan del que hizo todo. Ellos hablan con el que hizo todo, pero el que hizo todo no les contesta. Yo le digo:
      -Cura: eso está en tu imaginación, pero no en la mía.
      Cuando el cura se va, Misnia me dice enojada:
      -Cuentahistorias, tú tienes solamente a la mujer que se ve en un papel en tu imaginación, nada más, nada más...
      -No sólo eso -le contesto yo-. Tengo todo lo que he visto y todo lo que he oído.

      Un hombre de otro lugar me hizo salir en un papel y puso: Sobreviviente de un naufragio cuenta cómo era el pueblo fantasma que abandonó. Después de vagar a la deriva amarrado a una balsa fue recogido por unos pescadores.
      Después puso lo que yo le conté: "Yo soy el Cuentahistoria de Rosaio que una vez supo de una mujer que se ve en un papel. Mis manos son inútiles; fueron siempre inútiles. Yo le decía al Ciego de la Roca de los Puñales: A la derecha. Arriba, y le describía las formas de las cosas y cómo se veían, y cuando no sabía alguna cosa, el Ciego me la enseñaba tocándola y diciéndome su nombre: Filo... Cacha... También me enseñaba los nombres de sus individualidades: Puñal sarraceno... Corvo... El Ciego, a veces, me relataba las batallas, el año, el lugar, la vestimenta de los guerreros, el color de la sangre. Todo. El Ciego sabía todo. El Ciego había visto todo".
      Ese mismo hombre, en otra oportunidad, trajo a dos mujeres que venían del otro lado del océano, también para hacerme salir en un papel. Después que hablamos, una de ellas, me dijo:
      -Cuentahistorias, ahora vamos a salir los dos en este papel.
      Eso me gustó. El papel se llamaba "revista". Pero no sé que de malo vería Misnia en eso, porque cuando se fueron las mujeres, me dijo:
      -Cuentahistorias. ¡No las tengas en tu imaginación! Esas mujeres son como la mujer que se ve en un papel.
      -¿Cómo sabes eso tú? -le pregunté, pero Misnia no me contestó.
      -¡Son para los ricos!
      -¡Habla! -le dije-. ¿Quiénes son los ricos? -Pero Misnia no me contestó.

      Cuando el hombre me trajo el papel que se llama Revista, me di cuenta que la mujer había puesto poco de lo que yo le había contado, pero había puesto cosas que me gustó ver. Esa mujer sabía contar historias, y yo estaba a su lado. En el papel que se llama Revista la mujer también había puesto las flores del jardín de Misnia con sus colores. En Rosaio no hay colores. El hombre que trajo el papel que se llama Revista me dijo varias veces lo que la mujer había puesto en ese papel, y a mí me gustaba cada vez más y más.
      "El Cuentahistorias -dice la Revista- habla perfecto castellano, mejor que los mismos pescadores que lo recogieron; la misma gramática, la misma dicción, la misma entonación. A pesar de sentirse un cuentahistorias su discurso es preciso, de frases ordenadas y sin retórica libresca. En Rosaio no hay libros. Pero le falta vocabulario comercial y técnico, así como algunos conceptos sociológicos comunes en la sociedad moderna. Recogido por unos pescadores de una aldea costina, cerca de Boquinyo, el Cuentahistorias no tiene nociones de brujería".

      La mujer del papel que se llama Revista tiene mi voz. Me gusta que esa mujer tenga mi voz, pero a Misnia no le gusta, y ahora está siempre triste; no me pregunta si yo quiero que ella sea la mujer que se ve en un papel; tampoco me lleva a pasear por la playa, y cuando le digo: "Misnia, tengo hambre, tengo sed", ella me dice: "Que te dé la mujer de la Revista".
      Paso mucho tiempo solo. A veces vienen a verme unos niños y me traen cosas, pero tiene que ser cuando Misnia no está, porque ella tira las cosas que me traen los niños o los echa; yo la he escuchado cuando les dice:
      -¡Ya! ¡Váyanse a molestar a otra parte! Aquí no está el Cuentahistorias... ¡Se fue por el mar de nuevo!
      -¡Cuentahistoooooriaaaaas! ¿Estás ahíiiiii? -me gritan los niños.
      Misnia ya me lo dijo una vez:
      -Cuentahistorias, tú ya no soy bueno, es mejor que te murai.
      El hombre que trajo las mujeres de la Revista, en un momento en que no estaba Misnia, me dijo:
      -Cuentahistorias, esta india te está matando... ¿Te gustaría que te llevara a Boquinyo?
      Le dije que bueno, y a los pocos días vino a buscarme en un vehículo. No estaba Misnia cuando me fui; no podía pedir que escribieran lo que quería decirle, porque Misnia no sabe leer. Por eso le dije al hombre que me pusiera un lápiz en las manos, y en un papel dibuje dos círculos entrelazados. Después llamé a una niña y le dije lo que tenía que decirle. La niña repitió varias veces el mensaje, y después partimos. Partir ahora no era como partir de Rosaio. Ya sabía lo que era partir, ya había partido una vez, pero una sensación rara me presionaba la imaginación.

IV
      Llegamos de noche a Boquinyo. Boquinyo desde lejos parece una imaginación que se ve. Llena de luces, Boquinyo es una ciudad suave, los vehículos se deslizan por las calles. Yo mismo iba en un vehículo, como si estuviera soñando. En un vehículo me iba deslizando por tierra como en una balsa sobre las aguas, y sin remar. El Ciego me había dicho que todo lo que nos ocurre, alguien lo está soñando.
      El paisaje azul del mar, por un lado, y verde, de las montañas por el otro, me causaron nuevas sensaciones. Pensé: Por este camino encontraré a la mujer que se ve en un papel. La superficie del mar estaba pareja y quieta, pero las montañas parecían en movimiento. A veces las sorprendía en movimiento, y siempre en sentido contrario.
      El viaje fue lento. Llegamos a unos acantilados por donde circulaba gente vestida de blanco.
      -Esta es la Roca de los Enfermos, y se llama "hospital" -me dijo el hombre que me hizo salir en un papel por primera vez.
      Me sentaron en una silla con grandes ruedas. Ya libre de Misnia, yo quería caminar, pero uno de los hombres que se vestían de blanco me dijo que no.
      Me metieron en unas máquinas que ponen en un papel lo que está debajo de la carne. El hombre de blanco dijo que mis piernas estaban bien, que tenía que hacer algunos ejercicios y que después ya no necesitaría "la silla de ruedas", pero que con las uniones de los brazos con el tronco, no había nada que hacer: eran así de nacimiento.
      Después el hombre que me hizo salir en un papel me dijo:
      -Cuentahistorias: el tratamiento y la estadía en este hospital hay que pagarlo. ¿Me entiendes? Aquí no es como en Rosaio. ¿Me comprendes? Bueno, afuera hay unos hombres que quieren hablar contigo. Son del otro lado del océano y tienen mucho dinero. Yo les he dicho que tú podrías contarles algunas historias, pero ellos tendrían que pagar. Ellos podrían pagar un poco para después pagarle al hospital. ¿Me entiendes?
      -No. Habla otra vez.
      El hombre se demoró bastante en explicarme "el sistema de retribución de servicios" que hay en Boquinyo. Las maneras que hay para regular lo que uno hace por otro. Acepté, dije que bueno, que vinieran otro día. Pero cuando los vi por la ventana cruzar el jardín y salir a la calle, con sus ropas y sus maneras, entonces dije que no.
      Luego el hombre que me hizo salir en un papel me convenció para que hablara con ellos.
      Hablé tres días con los hombres. Eran dos, pero ninguno pagó. Sus ojos eran infames y sólo querían escuchar respuestas para sus preguntas. Buscaban algo, pero no me dijeron qué. Después que se fueron pensé en algo que una vez me había dicho el Ciego: "Creen en la doble falacia de pertenecer a una raza pura y superior".
      Me quedé pensando en sus preguntas y en las respuestas que buscaban. Ya podía caminar solo, sin ayuda. No como en Rosaio, pero podía moverme y trasladarme de un lado a otro casi sin problemas; sólo me quedaba un poco de miedo e inseguridad.
      El hombre de blanco que habla por los otros hombres de blanco me dijo que me faltaba desarrollar un poco más el sentido del equilibrio, y que en un par de semanas ya podría salir de la Roca de los Enfermos.
      Me gusta la Roca de los Enfermos. Hay muchas mujeres que se parecen a la mujer que se ve en un papel; también hay mujeres gordas y feas como Misnia, pero todas me tratan muy bien. Son distintas a las mujeres de Rosaio. En Rosaio no hay mujeres gordas, bonitas o feas, hay mujeres simplemente que no se pueden comparar con las mujeres del otro lado del océano o con las orientales.
      En la Roca de los Enfermos hay una mujer muy alta y morena que tiene mucha fuerza, y habla muy lento y muy bajo. Es la mujer que más me gusta. Me hace masajes y canta para mí:
      Una vez un ruiseñor,
      Por las claras de la aurora,
      Quedó preso de una flor,
      Lejos de su ruiseñora...

      Pero también me obliga a hacer unos ejercicios muy difíciles y dolorosos.
      -Cuentahistorias. A mí me gusta cuidarte, y yo ya sé que puedes caminar bien, pero no se lo cuentes a nadie. ¿Me comprendes?
      -A mí también me gusta verte -le dije-. Ponte en un papel.
      -¿Para qué?
      -Para verte... Para verte, porque me gusta verte.
      -¿Qué más te gusta?
      -Que pongas mis manos en tu pelo y en tu cara. Me gusta sentir tu presencia invisible. Me gusta cuando te vas y tu presencia se queda.
      -¡¿...?!
      -¡...!
      -Cuentahistorias: ¿te gustaría ir a mi casa?
      -Sí, mucho.
      -Voy a hablar con el médico y el sábado te llevaré a mi casa.

      Me llevó a su casa y después a un bosque donde caminé sin ayuda. Caminamos juntos. Ella, de todas maneras, me tomó de un brazo. Hacía calor y con el sol me dolió la cabeza como cuando estaba en la balsa. Nos sentamos a la sombra y ella me hizo masajes muy suaves en la cabeza. Cerré los ojos y me sentí muy bien. Ella me abrazó y apoyó mi cabeza en su pecho. Sentí golpes en su pecho. De sus senos grandes y duros salía una presencia invisible muy agradable. Ella se abrió la blusa, se sacó un pecho y me lo mostró. Abrí los ojos para verlo. El pezón era marrón, grande y poroso como una frambuesa. Al tocarlo sentí que se ponía duro. La piel del pecho era clara y más suave que la piel del resto del cuerpo. Me gustó ver ese pecho grande y agradable. Misnia tenía unos pezones chiquitos y no me dejaba que se los mirara. Sólo me dejaba tocárselos en la obscuridad cuando me hacía reír. En Rosaio yo no había tenido mujer, pero había visto como otros tenían.
      Volvimos a su casa. Esa noche no dormí en la Roca de los enfermos.
      Después el médico me preguntó:
      -¿Qué hay, Cuentahistorias? ¿Cómo te sientes? ¿Te gustó el paseo del fin de semana? Cuéntame la historia del fin de semana.
      Ella me había dicho que esas cosas no se cuentan ni siquiera en historias. Le conté al médico la comida que me habían dado, y de la noche en una terraza mirando el mar:
      -El mar hasta donde alcanza la mirada, hasta donde se junta con el cielo. La noche era azul, el mar era azul. El mar es más azul de noche, brillante, más azul que el cielo, más extenso, más parejo y más quieto. El cielo era profundo y alto. La mirada llega hasta donde el cielo y el mar se juntan. En Rosaio el cielo baja hasta las rocas y las cubre. En Boquinyo el cielo está lejos y es azul.

      Esperé un día, esperé dos días, esperé muchos días a la mujer de los pezones como frambuesa. Mi imaginación estaba a punto de estallar, cuando después de muchos días apareció Misnia. Me gustó verla de nuevo. Misnia me traía el "pan" que ella hace con sus manos. Le costó hablar. Nos miramos mucho tiempo sin hablarnos. Se sentó en la cama y se sacó los zapatos. Nunca la había visto con zapatos. Y como a todas las personas que les cuesta hablar, cuando lo hizo, lo hizo directa y violentamente. Habló como habla la gente en Rosaio:
      -Cuentahistorias, te buscan unos hombres malos. ¡Mira lo que me han hecho! -me dijo y me mostró las partes de su cuerpo que habían sido golpeadas y quemadas.
      Le pregunté cómo eran los hombres; y cuando me dijo cómo eran, le dije que ya habían hablado conmigo. Después me contó que el cura los había llevado y que delante de él la habían hecho hablar y contar todo lo que yo le había contado.
      Con sus palabras, Misnia me dijo que había tenido que llevarlos a los lugares donde yo había estado con ella. Le preguntaron si ella siempre había estado a mi lado, si había hablado con otras personas, si en algún momento yo había estado solo, si había escondido algo. Me contó que levantaban las piedras y las rocas y que registraban los huecos de las rocas donde habíamos estado. Le preguntaron si por las noches yo salía solo o si le pedía que me llevara a algún lugar, o si por las noches mirando el mar yo le pedía que apagara y prendiera la luz; o si yo apagaba y prendía la luz varias veces. Entonces le preguntaron si yo le había dicho dónde está la mujer que se ve en un papel.
      Le dije a Misnia que se fuera y que no le contara a nadie que me había venido a ver. Y se fue; gorda, buena, triste y fea como era; llevaba los zapatos en la mano.

V
      Me quedé solo y con la imaginación llena de cosas. Tenía muchas ganas de hablar con la mujer de los pezones marrones; pero con la leche de después de la comida me quedé dormido.
      Cuando desperté, estaba con las piernas y los brazos amarrados, en un lugar cerrado, donde hacía mucho frío. Las piedras de la pared eran rectangulares, y en la parte de la entrada había una pared de madera, muy gruesa. Me pusieron una luz en la cara y antes de que hablaran ya sabía quiénes eran. Su mirada infame y el odio que les salía por los ojos, ya los había visto en otra parte. Ahora eran cinco. Apenas abrí los ojos, uno de ellos me golpeó con fuerza en el estómago. Caí hacia atrás; estaba en una silla. Me costó recuperarme; me faltaba el aire. Después sentí un golpe en la nariz, y nada más. Desperté cubierto de sangre.
      Comenzaron a hacerme preguntas. No me dejaban terminar de responder y me pegaban otra vez. Esos hombres querían saber cosas que yo no sabía. Nunca me llamaron Cuentahistorias. Solamente me hacían preguntas. Querían fechas, horas, nombres, cómo, cuándo, dónde. Por sus preguntas me di cuenta que no conocían Rosaio, que ninguno había estado allí. Me sacaron la ropa, me quemaron el cuerpo, me registraron la boca y las partes genitales. Deliberaban con palabras suyas que yo no entendía. El Ciego me había dicho que su lengua era hermosa, musical; pero para mí su sonido era más tosco que el de los perros de Misnia cuando tragaban espinas.
      No me quisieron creer que en Rosaio los hombres y las mujeres no hacían las mismas cosas que los hombres y las mujeres de Boquinyo. Me preguntaron qué hacíamos con la arena, qué hacíamos con las rocas.
      Después de cada respuesta mía deliberaban en su lengua.
      Me clavaron una aguja como en el hospital y comencé a sentir un adormecimiento, una presión en el estómago, un dolor en el pecho y en las partes genitales. Era como un sueño pero escuchaba que los hombres hablaban. Así me interrogaron nuevamente. El adormecimiento era total, pero cada cierto tiempo sentía dolores centralizados y punzantes. Así hasta que terminaron. Me dormí. Dormía y sentía dolores en distintas partes del cuerpo. Me despertaron dos hombres que no había visto nunca. Uno era viejo y calvo; el otro era joven y con el cabello largo, lacio y amarillo. Me arrastraron hasta el pasillo. El hombre más joven me ató con una cuerda, y por el pasillo me arrastraron hasta un jardín. Sentí el aire de la costa, era de noche. Respiré profundamente. Sentí un choque en mi sangre, en mi cerebro. Me dieron ganas de correr; cerré los ojos con toda mi fuerza y tragué todo el aire que pude. El hombre viejo me miró, y me dijo:
      -Uno momento -y me apuntó con una linterna.
      Quise decir algo pero no me salió sonido. Me amordazaron y me vendaron los ojos con una tela que me recordó los olores del hospital. Luego me tomaron, me elevaron y me dejaron caer en una superficie metálica. Me taparon, me faltó el aire y me desesperé hasta que la superficie comenzó a moverse.
      Luego me di cuenta que iba en un vehículo. Comencé a deslizarme de un lado a otro y a golpearme, hasta que logré una posición que me permitía llevar la cabeza en el aire. Me costaba un gran esfuerzo. Otro golpe me dejó medio apoyado en un costado también metálico. Temí nuevos golpes. Me quedé un largo rato quieto en esa posición, hasta que percibí algo nuevo, ya no me cubría nada y podía tragar aire. Con un movimiento brusco del vehículo me deslicé nuevamente y sentí que algo se me clavaba en la cabeza sobre la oreja. Comencé a sangrar.
      El dolor me mareaba. Otro movimiento, y de nuevo sentí el objeto punzante, esta vez en un hombro. Pensé que alguien me golpeaba. Traté de permanecer quieto, pero era imposible. Otro movimiento brusco del vehículo y el objeto punzante se me clavó en el brazo. Así me quedé un rato, con el objeto punzante clavado en la carne. Me retiré y traté de imaginarme el lugar donde estaba.
      Después de varios intentos dolorosos y fallidos logré rozar el objeto con mi cabeza. Me rompí nuevamente, pero la tela que me cubría los ojos quedó enganchada. Comencé a tironear hasta que se cortó y me dejó parte del ojo derecho libre. Al comienzo no vi nada; pero descubrí que iba solo, casi me vuelvo loco de felicidad. Luego se me presentó otro problema. Dependía de la posición en que quedase, la sangre que me salía de la cabeza, me caía encima del ojo y me enceguecía.
      Logré doblarme y con las rodillas comencé a tironear de la punta de la venda que me cubría los ojos. Este esfuerzo me hizo doler terriblemente el estómago. Esperé.
      Me despegué la parte de la venda que me cubría los ojos. Intenté gritar de dolor y de felicidad por la nueva impresión de ver; pero no pude gritar. De la garganta me salió algo más parecido al gruñido de un animal que al sonido de una voz humana. Me di cuenta que iba solo. Me sentí inmensamente feliz y también sentí el gusto de la muerte en la boca. Vomité, y el vomito casi me ahoga. Con las rodillas no podía sacarme la venda que me cubría la boca. Comencé a friccionar mis piernas. Me estaba rompiendo los tobillos, pero tenía que hacerlo. Me cansé.
      El vehículo mantenía la velocidad. Un rayo de luz me permitió ver el objeto punzante con el que me había roto la cabeza y el hombro derecho. Me acerqué e intenté varias veces enganchar en él la venda que me cubría la boca.
      Ocasionalmente lo logré. La sangre que me salía de la cabeza terminó por enceguecerme el ojo derecho. Pero logré romper la venda que me cubría la boca. Vomité y me sentí muy bien. Me di cuenta exactamente de mi situación. Intenté ponerme en pie y lo logré. Vi los dos hombres que iban adelante en la cabina del conductor. Conducía el que tenía los cabellos largos. Me agaché inmediatamente.
      Las barandas del vehículo no eran muy altas. Pensé en saltar. Pero no sabía cómo hacerlo. Con las manos atadas atrás y con los pies fuertemente atados era imposible. Sentí terror cuando pensé que debajo de la lona podría haberme quedado sin aire. El vehículo entró en un camino brusco y estrecho como los caminos de Rosaio. Los saltos que daba me causaban terribles dolores, y la velocidad del vehículo no decrecía. De pronto chocó, y yo salí disparado por los aires.

VI
      Oigo voces. Rayos de luces me torturan los ojos; tengo la cabeza aprisionada y el cuerpo entero inmovilizado; rayos violetas, rayos blancos, me torturan los ojos. Los ojos me arden. Tengo la boca seca. Me duele el pecho. No siento las piernas. Me duele la garganta. Algo me clava la nariz. Me cuesta respirar. Cierro los ojos y trato de escuchar, de recordar. Trato de hablar, pero no siento mi propio sonido. Solamente sé que muevo los labios, que los labios los puedo mover. De pronto un líquido fresco me entra por la garganta, lo siento en la garganta. Respiro, regulo mi respiración, pero los dolores son cada vez más precisos, locales, definidos. Ahora sé exactamente dónde me duele. Lentamente comienzo a tener conciencia de cada parte de mi cuerpo. Me duele todo. Si pienso en la cabeza, me duele la cabeza. Si pienso en mis piernas, también me duelen. Me duele todo. Pero en particular me duele la cabeza: ahí se concentran todos mis dolores. Escucho una voz que me dice cómo debo respirar. Por la nariz y lentamente. De repente pienso y siento que estoy vivo: es una sensación superior a cualquier dolor; eso alimenta mi imaginación; entonces digo: "Rosaio, Rosaio..." Cierro los ojos y entro en una obscuridad total. Una obscuridad total me gana, me lleva. Siento un vacío en la boca del estómago. No me puedo oponer. No me opongo.
      Despierto. Sin abrir los ojos sé que estoy despierto. Abro los ojos.
      El lugar es pequeño. Las paredes son verdes. Por un lado entra la luz del día, que cruza, que traspasa las telas también verdes que están colgadas a mi alrededor. Me duele todo el cuerpo. Siento mi cuerpo, siento fuerza, siento mi fuerza. Muevo los labios, la nariz, los músculos de la cara. Intento mover las piernas. La derecha la puedo mover perfectamente, pero la izquierda la tengo totalmente inmovilizada. El radio de visibilidad que tengo es reducido: arriba, el techo descascarado; a los lados, unos fierros cromados, alcanzo a ver una parte de la pared de enfrente, hasta los hierros de la cama. A la derecha hay una puerta blanca, por ella entra una mujer, de azul, enmarcada en una tela de color blanco que le cubre toda la cabeza, a la que lleva pegadas unas alas también blancas. Es grande y gorda. Su cara es blanca y sonrosada, sus ojos son verdes e inexpresivos, sus manos gordas son y blancas como su cara. Tiene una voz suave pero desagradable:
      -¡Buen día!... le dé Dios, hijo mío -me dice. No contesto. La miro, y me vuelve a clavar sus ojos inexpresivos.
      -Grande es la voluntad del Señor -dice como si estuviese hablando sola.
      -¡Agua! ¡Agua! -le pido; y la mujer de azul dice para sí misma:
      -¡Dad de beber al sediento! -y me pone una manguera en la boca. El agua tiene un gusto raro y me hiere la garganta.
      Con el agua siento que me ahogo. La devuelvo por boca y nariz. La mujer de azul dice:
      -¡Qué cerdo!
      He manchado la ropa blanca de la cama y los vestidos de la mujer. La mujer con sus manos ásperas me limpia.
      -De todas maneras -dice-, eres una criatura de Dios.
      -Cuentahistorias, Cuentahistorias -le digo y la mujer abre sus ojos de animal y me tapa suavemente la boca:
      -¡Calla! ¡Calla, por Dios, hijo mío, y no se lo digas nadie! -me dice y apunta hacia fuera-. Golpe de Estado... Golpe de Estado -repite.
      Entonces me doy cuenta de los ruidos exteriores.
      -Calla, calla -me dice-. Calla que te pueden matar. Cierra los ojos y duerme, duerme -repite cuando siente ruidos de pasos por el pasillo. Alguien entra, y la mujer le dice:
      -Ha abierto la boca y le he dado agua, pero la ha devuelto con sangre. Se nota que todavía está inconsciente...
      -¡Monja estúpida! Si le das agua a una persona en estado de inconsciencia, la puedes ahogar... ¿Qué hizo? ¿Qué dijo? ¿Dijo algo? -pregunta rápidamente el hombre.
      -No, nada; sólo movió los labios.
      -Lo que necesita es aire -sentencia el hombre. Abre una ventana y después se va. No pude ver su cara, pero su voz era dura. Los ruidos de afuera me llaman la atención; para mí son familiares; algunos son como los choques del océano contra los murallones de Rosaio, por la tarde, en los acantilados.
      Me recupero lentamente. Como no sabían que mis brazos son inútiles, me enyesaron el brazo derecho que me había quebrado, lo mismo que la pierna izquierda, y me entablillaron la cabeza que la tenía con algunas fracturas. Sufrí durante mucho tiempo. Durante mucho tiempo vi sólo a la monja, a varios médicos y a unos hombres que se vestían todos de la misma manera, grotesca y singular. El Ciego me había dicho que el Ser Humano en sí es ridículo, pero en uniforme es el colmo. La monja los traicionaba y me explicaba quiénes eran. Durante mucho tiempo no supieron quién era yo realmente, hasta cuando comenzaron los interrogatorios. La monja hasta entonces ya me había preparado. No se acostumbraban los nombres. Para mí no era nada nuevo, pues yo odio los nombres.
      Primero fue una visita al día; luego dos, después el día entero -a medida de mis fuerzas-, y después día y noche, se turnaban: salía uno y entraba otro, hasta que perdía el conocimiento. Entonces me dejaban. Luego descubrí que la monja me ayudaba, me ponía algo en la leche o en el agua y a las pocas horas ya estaba durmiendo, débil, agotado. Aunque me forzaran, era imposible.
      Conté de varias maneras lo que sabía de Rosaio. También me golpearon y me torturaron hasta que me olvidé quién era.
      La monja me había dicho dónde estábamos, y con la ayuda de uno de los médicos, comenzó a darme cierta medicina, cuyos efectos, durante un tiempo determinado, producen ciertos trastornos. Pero con un tratamiento que él conocía, se volvía a la normalidad. Los hombres que me torturaban querían saber lo mismo que los hombres que le habían quemado los pechos a Misnia. Buscaban algo de lo que yo no sabía.
      La monja me ayudó hasta que uno de los uniformados se dio cuenta. Desde entonces no vi nunca más a la monja.
      Me sacaron de ese lugar y me llevaron a un sanatorio. De esta parte no me acuerdo. Hay un vacío en mi memoria, que no me atrevo a recuperar.
      Los principales síntomas de recuperación los comencé a notar cuando un médico joven me hizo repetir ciertas palabras ante las que comencé a reaccionar: transmitir - fácil - ocurre - experiencia - vivencias - años - existencia - horas - vicio - adolezco - comunicación - situaciones - disculparme - sé - sí - lenguaje - prudentemente - debí - haber - todo - hecho - está...
      El total: 38 palabras que durante el tratamiento me las aprendí de memoria.
      Para la recuperación, el Joven me hacía contarle una historia, y cuando aparecía una palabra me decía Stop. Entonces yo la repetía; en algunos casos la palabra no me gustaba; entonces la dejábamos... Tuve muchos problemas para memorizar las palabras: ocurre - adolezco y prudentemente.
      Cuando ya podía repetir de memoria las 38 palabras, en cualquier orden, comenzamos a formar frases con cada una de ellas. Yo formaba frases hasta que el Joven me decía Stop, y después las repetía. Elegíamos una frase posible y yo la memorizaba nuevamente. Formamos un grupo "A" y un grupo "B". Repetía el grupo "A" o el grupo "B" y luego combinábamos, hasta que surgía un texto coherente. Posteriormente nos imaginábamos una situación para ese texto.
      Estaba solo cuando me acordé del texto "Q", pero mientras lo repetía se me ocurrió denominarlo "historia". Esta palabra tenía un sabor especial para mí. La sentía en la lengua, tenía gusto. Repetí la palabra "historia" con una locura extraña, con la locura de los cuerdos, pero no sabía por qué me gustaba esa palabra. Cuando vino el Joven, se lo conté. El también se alegró. Seguimos con nuestro juego.
      Seguimos reconstruyendo textos, historias, mezclando frases, palabras. A veces al gusto mío, a veces al gusto de él. Después, este ejercicio fue solamente para mis momentos de soledad. Cuando el Joven venía conversábamos solamente, hasta que en algún momento me dijo: "Cuéntame algo". Entonces sentí una inmensa presión en el estómago y una sensación de vértigo. Me dio angustia y me puse a llorar. El Joven me dejó llorar. Después me empezó a hablar como se le habla a un normal. Me sentí normal. Y sentí terror. Sentí que era normal. En agradecimiento le repetí lo que había pensado cuando sentí esa sensación de vértigo: Cuentahistorias, Cuentahistorias, le dije.
      Después de recuperar mi nombre, seguimos con el tratamiento. Comenzamos a elegir las palabras esenciales y a coordinarlas. Así pasó mucho tiempo. El Joven me recomendó que fuera muy cuidadoso, que no mostrara con alegría mis avances, pero que tampoco los ocultara. Me dijo que la influencia de la religión en la vieja escuela de psiquiatría había convertido la alegría en un mal síntoma, en una expresión diabólica.
      El texto que logré reconstruir solo es éste:
"No es fácil, finalmente, transmitir, y hacerlo bien, la experiencia, las sensaciones y vivencias de 38 años de existencia, en pocas horas... ocurre que el único vicio del cual adolezco, el de la comunicación, me suele exponer a situaciones de las que pronto debo disculparme... ¿Me entiendes?... Yo sé que me entiendes... Mi lenguaje es menos hermético que el tuyo. Es solo el gran temor de haber herido, de haber entregado más de mí en esa conversación que lo que prudentemente a lo mejor debí haber entregado... En todo caso, lo hecho, hecho está..."
      El haber reconstruido este texto, el haberlo recuperado de mi memoria, me ha significado muchas cosas, pero una en particular: la razón.

VII
      Comencé a recuperar mi ser anterior, mi memoria, mi pasado. Sé que el texto sin método no me habría servido de nada, pero le tengo cierta devota lealtad a ese texto. ¿De dónde proviene? ¿Qué imaginación llena de renuncia lo escribió? No lo sé, no lo sabré nunca. ¿Será de un amante a otro amante? ¿Será de alguien que tuvo miedo? ¿Será de alguien que fue capaz de renunciar, o habrá sido sólo un ejercicio? No lo sé, pero yo siento que alguien vivió ese texto. El Joven me dijo: "Si a mí me hubiesen escrito algo así, me habría muerto de pena, de dolor, o tal vez de alegría y tristeza. Es como que te digan: te clavo este puñal para que me recuerdes..."
      ¿Existió realmente esa conversación donde se cree haber entregado mucho, o fue sólo una fantasía, un encantamiento? El lenguaje de la persona que escribe, según ella misma, es menos hermético que el de su interlocutor. El Joven me dice que hay cosas que se pueden decir de una sola manera; y me cuenta la historia de un desdichado, también paciente suyo, que terminó sus días de manera trágica y desesperado tratando de entenderlo. ¿Le había llegado este texto o lo había imaginado él? No lo sé. No me atrevo a especular.
      -Bueno, Cuentahistorias: ahora te llamas "Santiago de la Costa"...
      -¡¿...?!
      -En un documento oficial no se puede escribir que te llamas "Cuentahistorias", tu pasado en Rosaio, aquí, para las autoridades, no es válido. En verdad no tiene mucha importancia...
      -¡¿...?!
      -Cuando salgas, ¿qué te gustaría hacer?
      -Encontrar a la mujer que se ve en un papel e ir al lugar donde acaba la tierra.
      El Joven se ríe; cree que no lo digo en serio.
      -¿No te gustaría volver a Rosaio?
      -Mira, Joven, salí de Rosaio por una casualidad que casi me costó la vida, pero yo quería salir de Rosaio, y salí para ver a la mujer que se ve en un papel. Ella está donde acaba la tierra. Quiero llegar a ese lugar como me dijo ese forastero. Y todavía no he llegado. En estos diez años, como dices tú, me han pasado muchas cosas, algunas buenas y otras muy malas; no odio a nadie, no quiero hablar con nadie en privado, pero no puedo volver sin haber cumplido esos dos deseos...
      -¡¿..?!
      -No hablo como antes, no vivo como antes. Ahora sé cómo se vive aquí, ahora sé cómo vives tú. Ahora sé cómo vive la gente que nunca ha estado en Rosaio, cómo vive la gente que aparece en estos papeles que me traes. Y si puedo, me gustaría ver nuevamente a la mujer que me puso por primera vez en una Revista, a Misnia y a la gente de la Aldea de la Costa. Ya no soy el mismo, pero tampoco soy otro, soy varias personas. He aprendido a ser varias personas. Hay varios yoes en mí. He leído los libros que tú has leído, he aprendido a ver en los libros. Joven, a mí me cambia un libro. ¿A ti no te cambia un libro que has leído?
      -A veces sí, a veces no.
      -Me he acordado de las caras y de los gestos de los hombres que me raptaron del hospital. De mis primeros torturadores. Si los viera inmediatamente me acordaría de ellos; los reconocería; yo sé cómo eran. Ahora sé que el libro se llama Biblia; sólo ahí he encontrado nombres como los que el cura repartía en Rosaio. ¿Te aburre que te cuente estas cosas, Joven?
      -No, no me aburre, pero a mí me gustaría contarte, antes que te vayas, otras cosas que han pasado fuera de los muros de este Sanatorio, durante muchos años. Hace diez años yo era un buen estudiante de medicina...

      Las cosas que me contó el Joven son terribles, y todas pasaron fuera de los muros de donde yo estaba. Cuando salí, recorrí las calles buscando huellas de lo que me había contado el Joven, pero no encontré nada. Este mundo sigue siendo extraño para mí. Extraño a pesar de conocerlo. Nadie se acuerda de nada. A nadie le pasó nada. Nadie sintió miedo.

VIII
      Contar historias no es una profesión: es un quehacer que está más cerca de la locura que de los que piensan bien. Mis manos son inútiles, fueron siempre inútiles, en Rosaio no me hacían falta, ahora sí. Las historias sobre Rosaio ya no le interesan a nadie. La imaginación aquí no es algo que tenga mucho valor; pero yo tenía ganas de salir. Entonces el Joven me dijo que todavía no estaba sano, que no iba a estar nunca sano. Otros jóvenes me dijeron que sufro de trastornos pasivos. Se dice que tengo cerca de treinta años. No sé para qué me sirve saber que tengo treinta años, y saber que soy parcialmente inválido, de "trato agradable e inofensivo", como dice un papel que debo llevar siempre conmigo.
      Cuando salí a la calle, solo, sentí una antigua fuerza que nacía en mí.
      La mejor gente que he conocido, la he conocido en los botaderos de basura y en las cárceles donde he estado. Pero fuera de la cárcel esa gente se envilece. Los seres humanos son buenos cuando pueden sentir lástima por los demás y por sí mismos.
      Al salir de una cárcel otro cuentahistorias me dijo:
      -Venga, hermano, hermano Albatros, vamos a la última cena. Yo conozco al cura y siempre se le ablanda el corazón. Tú le vas a gustar.
      -¿Sí? ¿Y por qué?
      -Porque a pesar de ser cura ama la poesía, le gusta la imaginación. Es su castigo, por ser culto.
      -¿También ponenombres y enterrador?
      -No, Albataros, aquí los curas son otra cosa, y... hacen otras cosas.
      Fuimos a ver al cura que le gustaba la poesía. No estaba. Otro cura viejo nos echó. Nos fuimos a la casa de otro cuentahistorias. Nos demoramos un día y una noche en llegar.
      La calle era ancha. Yo me preguntaba cómo se puede vivir en una calle tan ancha. La tarde estaba obscura; Ireneo presagió una tormenta. El aire estaba tibio. Ireneo rengueaba más que de costumbre. Con las manos metidas en los bolsillos caminaba medio de lado, hablando siempre de la poesía, de la cultura, de las carreras de caballos, de las mujeres que él había amado, de las mujeres no lo habían amado. De su mala suerte. Una tarde, cuando niño, lo había pateado una yegua mientras le manoseaba las verijas. Su padre le había quebrado dos veces la nariz, y las dos veces de un fierrazo, hasta que se había ido de la casa. Se había casado una vez, había vivido con otras mujeres sin casarse. Tenía tres hijos.
      -Desde los once años vivo en la calle, Cuentahistorias. La calle es mi hogar, los parques, el campo, la soledad, la libertad, el aire, el viento, este mismo viento hijodeputa, la desprotección, y la gente... Es contradictorio ¿no? Pero yo no puedo mirar las mismas caras todos los días. Los quiero a todos, pero no puedo vivir enrejado. Soy como el viento, como los pájaros, como las nubes, como los insectos, soy inútil. No sirvo para nada... Para nada que me impongan. Soy absolutamente normal. Como todos: he nacido para morir.
      Cruzamos un parque. Nos sentamos, pegados al tronco de un árbol. Ireneo dejó vagar su imaginación.
      Ireneo tenía una voz potente, dura, a nadie había escuchado hablar así. El Ciego, en Rosaio, lo hacía de otra manera. El viento que corría esa noche en el parque era tan potente como la voz de Ireneo. Era un viento muy potente; seguimos caminando para que no nos golpeara en la cara. Llovía, y el agua que caía era pesada, nos golpeaba, nos daba latigazos en la cara.
      Yo me sentía bien. Raramente me sentía bien. Estaba casi congelado pero me sentía bien. En Rosaio no llovía, sólo caía una neblina intensamente húmeda. Digo caía, porque se sentía su peso, la ropa se ponía más pesada. Comenzaba al atardecer, y al amanecer no había diferencia entre la noche y la neblina. Me acordaba de Rosaio pero sin nostalgia. Pensaba en el lobo Férir, en sus quijadas asimétricas, en su fetidez irreproducible; en sus arrastrados quejidos, en sus amenazas; en su piel corrompida, en sus vísceras envenenadas; en su mirada cobarde; en sus aullidos, indignos de su especie y degenerados. El lobo Férir no era un error de Dios, era un engendro de su negación. El recuerdo de Rosaio era como un viento tibio que me presionaba la imaginación.

IX
      Después de mucho, otro cuentahistorias me preguntó si quería hacer algo. No necesitaría mis manos: sólo los ojos y la memoria; trabajaría en un edificio, mirando a la gente que entraba y salía. Podría sentarme, estar de pie o pasearme. Primero fue sólo eso; luego, con la práctica, se agregaron otras tareas. Con dos argollas imantadas camino casi siempre con las manos atrás. Más adelante, con dos platinas de metal, una a cada lado en mi pecho, me he acostumbrado a mantenerme cruzado de brazos.
      Además me dieron un aparato con el cual me puedo comunicar con la Oficina Central del edificio. Es una tarea que al comienzo me apasionó; pero después, como todo, me aburrió; y estuve haciéndola mucho tiempo, porque un día vi entrar a una mujer que me pareció conocida. Se me grabó su figura, su manera de caminar, su porte, su manera de mover la cabeza, las manos, sus gestos, y su fragancia (porque me acerqué a ella), sus bellos ojos, sus párpados altos, su nariz y su boca (porque me sonrío). Yo la miré como se mira en Rosaio, y ella me mantuvo la mirada, como en Rosaio. Ella después tomó el vehículo elevador. (Pienso en Rosaio y comienzo a hablar como se habla en Rosaio.)
      Pasó mucho tiempo y la mujer no venía. Ya me había hecho diestro en el trato con los orientales. Había prestado varias veces mis servicios con eficiencia y precisión hasta que supe qué se hacía en ese edificio. Un día, por una de las cámaras transportadoras de la imagen que había en la Oficina Central, la vi entrar, deprisa, agitada. La seguí por las distintas cámaras. Estaba observándola cuando el jefe me preguntó:
      -¿Qué pasa, Ojo de Aguila?
      -Estoy siguiendo a esa mujer -y se la mostré en la pantalla-. Ha entrado apresurada, nerviosa -le dije.
      El jefe la ubicó y me dijo:
      -No te preocupes, me viene a ver a mí.
      -Muy bien -contesté y me concentré en otra cosa. El jefe me observó, y luego se fue a su oficina. Me di cuenta de ese detalle, y me lo reservé.

      A la salida, casualmente, después de una guardia de horas, me topé con la mujer; la saludé con respeto, ella me devolvió el saludo con indiferencia. Sonreí y le pregunté cómo estaba. Ella también sonrió, pero al bajar por la escalera mecánica, tropezó (se había puesto nerviosa). Corrí a su lado, le ofrecí ayuda. Ella me respondió mirando mis brazos:
      -¡Usted! No señor, usted, no. -Dio media vuelta y salió.

      Volvió a los pocos días. Me dijo que quería disculparse, le contesté que con sólo la intención bastaba, que no había tenido necesidad de venir. Me dijo que no, que ella quería hacerlo. Le di la razón. La volví a mirar a los ojos. Me gustaba mirarla a los ojos. Me sentía muy bien, pero cometí el error que me tiene aquí: le miré los labios. Es el más grave error que he cometido en mi vida, no hay nada más hermoso que el dibujo de su boca. Ella se destacaba determinados rasgos con una pintura roja ardiente, y sonreía para mí. Sabía que me impresionaba; sabía que me gustaban sus labios. Me di cuenta que lo hacía por hábito y no sólo por provocar, pero había algo maligno en el conjunto. Hablamos del tiempo, de la vida, de algunos hombres famosos, de alguien que ella no conocía y que yo solamente podía llamar como el Ciego. Me pidió detalles. Le pregunté si la podía ver en otra parte.
      -Sí, en mi casa -me dijo con soltura y me dictó su dirección, luego se dio cuenta del error, y se ofreció a anotármela, le dije que no, pues ya me la había aprendido de memoria, y de la mejor manera que pude le agregué:
      -Usted no pretende ofender, o poner en duda, la principal de mis cualidades.
      Sonrió, y hasta ahí llegamos. Con una sonrisa se puede poner punto final a un diálogo, de la forma más elegante. De todas maneras, algo quedó en el aire, algo inconcluso y superfluo.

      Quince días después, en el mes de septiembre de hace algunos años, llegué a su casa. No estaba, me recibió una de sus sirvientes. Mientras la esperaba, jugué con uno de sus hijos, el menor; entonces tenía cuatro años. Por el niño me impuse de muchas cosas más verdaderas que las que ella me contaría después.
      Hablamos de Dios y de nosotros mismos, de nuestras vidas. Me hizo creer, o me contó simplemente, que desde la muerte de su esposo no había tenido relación con hombre alguno. No sé por qué lo dijo. Se habían amado con un amor intenso, que la había dejado saturada. La comprendí; o mejor dicho, acepté lo que ella decía. Pues el amor y la conquista a mí nunca me han interesado; o el amor como conquista, ese amor de los conquistadores a mí no me interesa. A mí me interesaba, pero entonces no lo sabía, la relación mágica con ella, la relación oculta, lo que yo quería hacer, era cruzar el puente oculto. Me interesaba esa relación que comienza y no termina, que no se sabe cuándo comienza, y que no termina jamás, que se cubre, que se encubre, que se aborrece, que uno se arrepiente, que uno para uno mismo la niega, pero que está y es: esa relación me interesaba a mí.
      Hablando con ella me di cuenta que la conocía y que penetraba (que ella me permitía que penetrara, que no se podía oponer a que yo penetrara) más allá. Es igual lo que ese más allá significase. No importa que ella después se arrepintiera, aquí no hay cabida para el arrepentimiento. Años de reflexión me acompañó su recuerdo. No la niego, no puedo negarla. No puedo negar esos años de placer y de euforia al reconstruir su recuerdo. Ya no es como era, ni será como es. Años de dolor y de angustia, ciega, secreta, pero viva, ardiente como las entrañas geológicas que darán vida al volcán. Hombres que ya no existen dijeron la frase: el lugar donde acaba la tierra. Hombres cuyos descendientes viven en la miseria y el olvido y el desamparo más cruel, en la humillación más indigna, castigados y ofendidos por el atraso más infame.
      Ahora ella está ahí, ante mí. No sabe lo que pasa, y quiere saberlo. Yo sé lo que pasa, pero no sé explicarlo. C
      ree en Dios, me dice. En Dios, en ese concepto que tantos niegan y tantos afirman, y ante el cual mi ignorancia y mi incapacidad para determinar o inclinarme por alguno de los dos imposibles, la hace dudar.
      Ella escucha con atención e incredulidad mi relato sobre Rosaio, se traiciona en algunos momentos, en la incredulidad del relato del forastero y en ese episodio que duró de una noche a otra noche. Le digo que trato de no generar antipatías; le digo que sólo creo en mis sueños, en lo que es capaz de producir mi imaginación, y que a eso soy leal, que a eso no puedo ser sino sólo leal.
      Soportó, me soportó, y se lo agradezco. Después no la vi nunca más, y está bien que así sea.
      Mis manos no la tocaron, no tocaron su piel, y ahora no la veo en un papel. Ella no me besó, y para ella soy sólo un recuerdo bochornoso. Quiero volver a Rosaio y ser ese forastero. Para recordarla, ahora que nadie puede darme lo que quiero.
      Ella me pareció una piedra preciosa; me pareció un trozo de hielo transparente y azulino contra el sol; me pareció una fiera dulce; me pareció un juego de azar, una hembra de colibrí, una noche llena de relámpagos, un desierto incendiado, un atardecer rojo a la orilla del océano. Me pareció la vibración del filo que comunican los puñales; me pareció una mujer que tengo en la imaginación; sus manos me parecieron capaces de tener todos los puñales que hay en la Roca de los Puñales; me pareció un salto de agua contra el sol; me pareció un pedazo de pan en la boca de los hambrientos que recorren las calles del país; me pareció una mujer con los mismos reprimidos apetitos sexuales; me pareció una mujer en un poema; me pareció la mujer estilizada de un retrato inalcanzado por un pintor entrando en la ceguera; me pareció la musa de un poeta desesperado; me pareció las muchas frases que se me han ocurrido y que ya he olvidado, me pareció un sonido, una melodía y todas las melodías que se pueden imaginar en el mundo aparte de la música, aparte del mundo; me pareció toda la música y me pareció el silencio.
      Me pareció que a su lado el tiempo no transcurría; me pareció la eternidad; me pareció la portadora de la felicidad y de la fatalidad al mismo tiempo; me pareció una yegua blanca encerrada en un cañón cordillerano con una manada de potros en celo; me pareció que volaba, excitada hasta la locura, y me pareció que no volaba.
      Desde esa vez no pensé en ninguna otra mujer y no pensé en ninguna otra cosa, no tuve erecciones, me pareció estar muy cerca de la ataraxia, pero después que le escribí y pensé el primer poema escrito para ella, me derramé solo, imaginándomela, solo, sin tocarme, sólo pensando en ella. Después me he magreado en los lugares más inverosímiles, cuatro, cinco veces al día. La he visto en un pedazo de pan, la he visto en una ensalada, y me la he comido, la he visto en una copa de vino obscuro, y me la he bebido, y he visto su cara en el cuerpo de estos glaciares del lugar donde acaba la tierra. La he visto en este lugar donde creo que voy a morir mirándola. La he tocado en estos hielos, y ella ha entrado hasta mí. Creo que ya estoy muriendo.
      Después del dolor, después del congelamiento, entra la paz del hielo, con placidez. No me resisto. Los que se resisten, sufren; la vida se va alejando, se va arrinconando en mi cerebro, ya sólo puedo pensar; no siento mis pies, ni mis brazos; los músculos faciales luego de la tensión del endurecimiento, luego de la rigidez, están en descanso. Ese descanso me llegará al cerebro; esto puede durar un tiempo que ya no puedo calcular. Mis vísceras se han congelado. Mis entrañas ya no las siento; las supongo rígidas, congeladas. Ya no veo los hielos eternos del lugar donde acaba la tierra: una mancha los ha reemplazado, y desde esa mancha aparece ella. Sé que ya no veo a la mujer que se ve en un papel.


© C.Briones
Colonia, 1983
Santiago,1993