En el amor y en la guerra

   Llegó aturdida a su casa, sin reparar en la pintada acusadora que ensangrentaba el portalón, un casco de hierro le oprimía las sienes y era incapaz de expresar la angustia porque no sabía llorar. Al entrar en el patio escuchó aterrada ruido de tambores y sintió que toda la sangre escapaba de su cuerpo. Ángela de Capdesaso recobró el conocimiento rodeada de vecinas que trataban de tranquilizarla sobre algo escrito en la puerta, se incorporó y rogó que la dejaran sola para encerrarse, como siempre que necesitaba pensar, en la sala vieja. Tras horas de mordisquear su dedo corazón, decidió actuar, a pesar del riesgo que suponía.

   Desde que se iniciara la guerra civil, hacía ya cuatro semanas, Ángela confirmó que el mundo se había vuelto loco y que no había límites para el horror. Cualquiera hubiera creído que ella, tan monárquica, sería la más dichosa cuando los nacionales tomaron Valdesarrón; pero se estremeció con cada fusilamiento y la tarde que incendiaron la Casa del Pueblo no reconoció a sus vecinos que, como poseídos por un extraño demonio, corrían cada cual con su botín: sacos de grano, libros y banderas hechas jirones. Tampoco reconoció a su hijo a quien daría la primera bofetada por llegar orgulloso de haberles robado a los rojos tres fichas de dominó. Le obligó a devolverlas, pero el pequeño Octavio apenas se atrevió a arrojar su botín a la inmensa llamarada que consumía el edificio.

   Cuando creía que ya no quedaba nadie por fusilar, el párroco la citó en la sacristía y sus confidencias fueron para ella la causa de tanto desasosiego.

   .- Tengo noticias hija mía, -susurró mientras vertía vino en dos vasos- ha llegado la hora de los blasfemos, de quienes intentaron destruir la religuión, y alguien debe advertirte de que dejes de llevarle libros al maestro, sé que está en la lista, aunque eso no reparará nuestro error de haberle confiado a los chiquillos de este pueblo.

   Fue incapaz de contestar, ni de creer aquella pesadilla. Si le parecían innecesarias las muertes de los comprometidos, la de don Carlos le resultaba absurda e inútil. El maestro no contaba con más delito que el de negarse a ocupar su sitio en la tertulia del casino con el médico y el boticario, porque siempre acaba en discusión con ellos. Es cierto que contaba con dos vicios imperdonables para el nuevo orden: el de leer y el de pensar, conocía mejor que los del sindicato la obra de Marx, pero los trabajadores del pueblo le consideraban un burgués demasiado relativista.

   .- Don Carlos - pensaba Ángela en la sala vieja - si por no tener, no tiene ni bando. He de avisarle para que huya a Francia, o a donde sea.

   Repuesta del desmayo, atravesó Valdesarrón por las calles más escondidas a las cuatro de una tarde abrasadora, se aseguró de que nadie la veía al entrar en casa de Rosenda, donde se hospedaba el maestro, a quien interrumpió su lectura en la cocina.

   .- Don Carlos, sé que quieren matarle y no me pregunte cómo me he enterado, tendrá que salir del pueblo ahora mismo.

   Pero las palabras de Ángela sólo consiguieron dibujar en él una sonrisa triste, levantó la mirada sin quitar el dedo de entre las páginas del libro hasta que le fue arrebatado.

   .- He oído -prosiguió nerviosa- que Dimas el pastor ha sacado gente fuera del país, quizá él pueda ayudarle.

   Se escucharon los pasos de Rosenda y calló, sabía que su antigua cocinera le guardaba un profundo rencor. El maestro la empujó hasta la puerta, sin poder evitar que escuchase los improperios lanzados desde la escalera.

   .- ¿No has tenido suficiente con que maten a mi hijo? ¡Meapilas! ¡Delatora! ¡Vete a decirles que el maestro no se ha escapado y que vengan a por mí también, porque en vuestro mundo ya no quiero vivir!

   Don Carlos llevó asida a Ángela hasta la calle y se esforzó en adoptar un tono de censura:

   .- No debió usted venir, ya conocía la noticia, pero puede estar segura de que los de la Unión no van a arriesgarse por mí. Si quiere ayudarme, no hable del tema mientras dure esto.

   .- Habla como si fuera una revuelta de dos días, pero debe hacerme caso y esconderse.

   .- No hay donde ocultarse, ni aquí, ni en ninguna parte, están ávidos de venganza y huelen debajo de la tierra. La única salida es irse al frente... si aún creyera que puedo hacer un mundo mejor con el fusil.

   .- Algún lugar habrá, déjeme pensar.

   El maestro la obligó a despedirse, mientras vigilaba nervioso a ambos extremos de la calle. Ángela lo vio más solo que nunca y se marchó en un esfuerzo de ordenar su cabeza, que por primera vez estaba confundida. Era una sensación extraña para alguien acostumbrada a vivir sin dudas.





   Conservadora en todo, más que nadie se resistía a los cambios, sin embargo, guiada de su intuición, se acomodó de cara a unos tiempos que aún no alcanzaba a vislumbrar. Desde el mismo día en que murió su padre y tomó las riendas de su vida comenzó a ser ella; la mudanza fue rápida y la forma de estructurar su cerebro hubiera sido digna de estudio. Bastaría ver la metamorfosis que propició en la vivienda para comprenderlo, aunque nadie entendió entonces los cambios que llevó a cabo en la antigua casona de los Capdesaso, arruinada por su padre y convertida en casa de labranza cuando Ángela se casó con Octavio Berroy, el mulero de su familia, porque sabía que una mujer no pintaba nada sola en aquel mundo rural del recién comenzado siglo; - para Octavio ella seguía siendo "la señorita" y no permitiría que el matrimonio acabara con esos vestigios de respeto que aún ejercía sobre él-. El caserón de salones lúgubres con rancios retratos de rostros de pergamino pasó a ser una vital vivienda de labradores. La ruina hacía impensable mantener el brillo de otro tiempo; así que en tres habitaciones introdujo los muebles y los óleos que parecían más dignos; colocó en las vitrinas sus recuerdos: porcelanas, miniaturas y abanicos de encaje, en la pieza del fondo ocultó las pocas joyas salvadas y guardó el título nobiliario que, en lo sucesivo, iba a resultar chocante para la mujer de un labrador. Echó la llave a cada estancia, sin dar la espalda a un pasado al que retornaría cuando necesitara recluirse en la sala vieja porque se encontraba perdida en un mundo que no acertaba a comprender. Delimitado el espacio que reservaba al recuerdo, lo que había sido la historia del edificio, se concentraba ahora en una pequeña porción de sí mismo, como una zona profunda de la mente que conserva los atavismos de otros estadios.

   Abrieron una puerta para los carromatos, el desván se dedicó a granero y en verano recibía los sacos de cereal en un alboroto de sogas, poleas y gritos. El centro de la vida social pasó a discurrir en la inmensa cocina, donde la mesa que había servido de abismo para la familia, congregaba ahora a parientes y trabajadores quienes, en la noche, rodeaban la chimenea para escuchar las instrucciones de Octavio sobre las tareas del día siguiente. Ángela hacía un esfuerzo por no intervenir en esa conversación de hombres y esperaba a que derivara hacia temas más banales para acercar su sillón de mimbre y acceder a contar alguna historia. Daba igual que recitara romances, que narrara una novela o un cuento popular, nadie como ella era capaz de añadir tanta intriga y recorrer con palabras los extraños laberintos de la emoción; todos sus peones la escuchaban en un silencio casi religioso, sólo interrumpido por el chisporroteo de la lumbre.

   No había pasado un año de todas estas reformas cuando habilitó una sala para desconectarse con su último entretenimiento - la radio -; también instaló un teléfono que, junto con el del Ayuntamiento, eran las únicas líneas de la centralita. La última empresa fue construir una galería acristalada en la parte trasera, donde ordenaría sus viejos libros y los volúmenes que adquiría en la ciudad. En la soleada biblioteca pasaba las tardes, intrigada en una novela, emocionada en un poema... por eso, cuando nació su hijo, hubiera jurado que no habían transcurrido nueve meses de gestación.

   Al nacer el pequeño conoció las emociones más intensas; ella que siempre se había guiado por el cálculo, desconocía la experiencia de una gran pasión. Ignoró los libros, la radio y cualquier noticia que se produjera fuera de su propio universo. Proyectaba en él un hombre noble, sin contar con que el mundo nunca había sido así, inconsciente de que mientras revolucionaba su hogar, el planeta experimentaba las más fuertes convulsiones, ajena a que cuando narraba ingenuas historias a sus jornaleros, los trabajadores en todo el país morían en barricadas, que mientras traía una vida, estallaba una crisis tan fuerte que ni la dictadura de Primo de Rivera había sido capaz contener. Cuando salió al mundo, lo habían cambiado tanto que no pudo reconocerlo.

   En Valdesarrón los socialistas eran cada vez más numerosos, manifestaban su orgullo proletario y se vanagloriaban de un desprecio a la iglesia tan irracional como lo era la fe de la propia Ángela. El divorcio entre la religión y las ideas revolucionarias quedó consumado el año en que las urnas derrocaron al rey; cuando tras una tormenta de granizo que arrasó la cosecha, los mozos arrojaron al Ebro el Cristo que los Capdesaso habían donado a la iglesia. Ángela lo rescató del río y lo instaló en una capilla que hizo levantar en el zaguán de su casa, añadiendo con ello una curiosidad más a su exótica morada.

   Durante el lustro republicano, sus únicas salidas eran el paseo a la iglesia y las visitas a la escuela para charlar con don Carlos. Había entablado amistad con el maestro desde que empezó a seguir de cerca los estudios de su hijo y estrecharon un verdadero vínculo al descubrirse idéntica pasión por la lectura; intercambiaban libros y establecían sobre ellos discusiones sin fin. El maestro no pisaba la iglesia, pero Ángela vió en él más sensibilidad que en sus compañeros de procesión, quienes la recriminaban por esa amistad. Quizá fuera más revolucionario que los sindicalistas -pensaba Ángela- pero eso no es motivo para quitar de enmedio a nadie. Ella misma estaba acostumbrada a ser catalogada de fascista porque su marido estaba en el frente, pero nadie le había preguntado por su postura; se sentía identificada con don Carlos, como él, no hallaba su sitio en aquel mundo a punto de romperse.

   En esos años, mientras crecía su hijo, Ángela tomó la misión de ser la guardiana del catolicismo, porque el cura estaba paralizado. Engalanaba los balcones el día del Corpus Christi, organizaba el Vía Crucis de Viernes Santo con quienes se atrevían a secundarla. En una ocasión, la comitiva se topó de frente con la Joven Guardia Obrera que les cerró el paso y Ángela gritó desde el fondo:

   .- ¿Quién se atreve a parar a Cristo?

   .- ¡Ese Cristo tuyo es un pedazo madera colgado de un leño! - increpó Juanico, el hijo de Rosenda, que capitaneaba la cuadrilla con un viejo fusil y logró hacerle perder los estribos a Ángela -.

   -¡Pero Juanico! ¡Que te criaste en mi casa! ¡Que te limpié el culo mil veces! ¡Aparta, si no quieres que te deslome a palos!

   Juan miró a sus correligionarios -tan asustados como él- sin encontrar más respuesta que disparar al aire, con lo que produjo el revuelo a uno y otro lado. Ángela le propinó una bofetada que sonó con más estruendo que el disparo y sin apartar la mirada, le empujó.

   .- Corre a tu casa, y que tu madre te restriegue esa lengua de blasfemo.

   A partir de ese día las amenazas de muerte pintadas en la fachada se convirtieron en costumbre, por eso no reparó en la última el día que conoció la sentencia del maestro. Por su parte, no dejaría de ir a la iglesia, ni de escuchar la radio en silencio, junto a su marido y los trabajadores, para seguir los avatares del nuevo régimen. Escuchaba y otorgaba la razón a casi todo, pero creía que esos intelectuales de oratoria académica eran difíciles de entender para un pueblo tan pasional como el suyo.

   Su particular cruzada había consistido también en visitas a los nuevos ateos para que un moribundo recibiera la extremaunción o para que una pareja consintiera el matrimonio. La última batalla la libró con su primo Bruno que acababa de ser padre de mellizos -en esos días quien se consideraba de izquierdas, rechazaba todo sacramento y los niños recibían nombres lo más alejados posible del santoral, como Wladimir, Libertad o Solidario-. Bruno, frecuentador de las narraciones de Ángela, quería llamarlos Hansel y Gretel y de nada sirvieron las explicaciones sobre lo impropio de buscar un nombre en los cuentos de brujas. Tras horas de discusión, Ángela pidió un vaso de agua y sin acercarlo a su boca, lo derramó sobre las cabezas de los pequeños, a la vez que iniciaba una ceremonia improvisada:

   .- Carmen y Juan, yo os bautizo, en el nombre del...

   Terminó la fórmula mientras rodaba por las escaleras y se marchó llena de magulladuras, con la alegría de que sus sobrinos estaban cristianados. Al llegar a casa, la Guerra Civil había estallado en la sala de la radio, los hombres discutían sobre un ruido de marchas militares. Hasta ese momento nadie se había tomado en serio la posibilidad de un alzamiento y los trabajadores no podían creer la alegría de Octavio cuando comunicaron que los nacionales controlaban Zaragoza. El golpe duró más de lo previsto, pero no se habló de guerra hasta que Octavio se marchó al frente.

   En Valdesarrón madrugaron para la venganza, ejecutaron al alcalde y a todo aquel que hubiera manifestado convicciones republicanas, mataron a las mujeres que insultaban a los verdugos, a Leonor Bailo que estaba encinta y cuyo feto bajó por el río con otros cadáveres. El día que llegó el ejército, Ángela lloraba la muerte de aquel niño al que tantas veces había cambiado de pañales, sin perdonarse el haberle abofeteado el último Viernes Santo.





   Habían pasado dos días desde su desmayo, cuando tres golpes en la puerta le hicieron bajar las escaleras a saltos para encontrarse con dos hombres uniformados.

   .- Doña Ángela, - le besó la mano el de bigote -, soy el capitán Lumbreras, estoy al mando de un destacamento en Valdesarrón y me han asegurado que encontraría en usted a una gran aliada.

   .- Suban ustedes - acertó a decir, mientras trataba de respirar despacio-.

   Les preparó café y les invitó a sentarse, por costumbre, frente a la chimenea apagada.

   .- Dicen que tiene usted teléfono - Lumbreras fué directo al asunto- y esos aparatos valen más que un ejército, me gustaría...

   .- Es suyo para cuanto quiera, igual que esta casa.

   .- Gracias, es eso lo que quería pedirle, su casa por una noche, mañana viene un batallón con dirección al frente, el ayuntamiento y la escuela no dan de sí, y hemos pensado en su granero.

   .-¿El granero? ni soñarlo, dormirán en las habitaciones, hay jergones de sobra.

   .- No podría consentir que una mujer sola, en fin...

   .- Escuche, mi marido está en el frente, quiero pensar que en otra casa le tratarán como a una persona.

   Ángela hubiera querido preguntar si habría mas fusilamientos, pero sólo se atrevió a ofrecerles otro café.

   .- Gracias - contestó el ayudante- pero tenemos mucho que hacer.

   .- Ya lo creo, ¡menudo trabajo! claro que ya no quedan rojos en el pueblo.

   .- Quedan, quedan, algunos se han escapado pero otros se esconden en los campos, incluso en las casas. Sabemos que Manuel Charca está en el monte y seguramente el maestro ese.

   .- ¿Don Carlos? si es inofensivo - Ángela creyó que su corazón se escuchaba en toda la casa.

   .- No hay rojo inofensivo. Y ahora si que nos marchamos. ¡Ah! por cierto, he visto la pintada, hoy enviaré a alguien para que la limpie. Beso su mano señora. Ángela la vio cuando despidió a Lumbreras. “Aquí vive la chivata de los fascistas” -rezaba el mensaje de la puerta-, pero no le preocupó si la tapaban o no; echó el cerrojo y subió las escaleras a toda prisa, al llegar al granero caminó de puntillas hasta el parapeto de sacos y susurró:

   .- ¡Carlos! ¡Carlos! ¡despierte! El maestro apareció entre los sacos de trigo, despeinado.

   .- Escuche, mañana tiene que estar quieto día y noche, tendremos a las tropas aquí debajo. ¡Chisss! Querían alojarse en el granero, pero he podido evitarlo. Carlos estalló en una carcajada nerviosa sin final, hasta que Ángela le tapó la boca.

   .- Perdone, es la primera vez que me río desde que comenzó todo.

   .- Y quién sabe cuándo volveremos a hacerlo.

   Ángela pegó la frente a la ventana cerrada y dejó caer los párpados, permaneció así un rato, sumida en una meditación o en un sueño. Carlos se atrevió a tocar su nuca y ella se incorporó con un respingo eléctrico, pero los brazos del maestro la rodeaban, ahora sin timidez.

   .- ¿Se ha vuelto loco usted también? ¡Suélteme!

   .- Si grita me descubrirán y mañana nos fusilarán a los dos.

   .- Ni se le ocurra aprovecharse de una situación así.

   .- En la guerra todo vale - y la besó antes de que pudiera impedirlo-

   Ella pensó que era mejor no decir ni una palabra que no pudiera ser dicha con convicción, se rindió a un cuerpo tan lleno de miedo como el suyo, a un hombre tan falto de amor como ella. Encima del trigo se amaron con la misma violencia que otros morían en el campo de batalla y Ángela pudo al fin llorar, abrazada al hombre que quería sin saberlo.


© Santiago Gascón. En el amor
y
en la guerra.