No todos los días es Navidad

         Todas esas parejas cogiéndose de la mano, abrazándose, actuando con tanta naturalidad, hablando con soltura. Todo era natural y civilizado. Yo estaba sentado en un banco (de color verde enfermizo) ahogándome en mi soledad y pensaba, ¿dónde han aprendido a actuar así? ¿Hay cursos de espontaneidad? ¿Son quizá muy caros? ¿Cómo es posible que sepan qué hacer en el momento adecuado? Nunca he entendido a los seres humanos. Por ejemplo, cuando estaba con Alba y ella comía algo, siempre me ofrecía compartir su manduca conmigo. Bueno, me verá cara de muerto de hambre, pensaba yo.

         Lo que debía hacer era ir al psiquiatra. Presentarme en la consulta y decir:

         - Doctor, me ponen enfermo las camisetas de tonos claros, me despierto todas las mañanas bañado en mi propio vómito y disfruto viendo cómo atropellan a las ancianitas en una cálida tarde otoñal. ¿Es grave?

         El comecocos me observaría parapetado tras sus redondas gafas de freakie de universidad y diría:

         - Siéntese en el diván, señor Noguera.

         - ¿Eso me curará?

         - Eso ayudará a su curación, señor Noguera.

         Me tendería en el puto diván para torturas mentales y le contaría al comecocos mi infancia. Una infancia feliz. Él iría tomando notas en un bloc negro con una pluma preciosa. Yo reprimiría mis evidente deseos de arrancarle la pluma de las manos para clavársela en un ojo.

         Finalmente (¿felizmente?) el fiel seguidor de FREUD diría que mi problema radica en un trauma infantil, o en un deseo sin sublimar de mantener una relación homosexual con mi profesor de Sociales cuyo hijo padecía de incontinencia urinaria, o en un fuerte complejo de Electra, o Edipo, o Helms-Burton, etc, etc. Luego me recetaría unos potentes antidepresivos -¡qué bien, gracias, doctor!- y me citaría para la semana próxima, a la misma hora.

         - ¿Le viene bien, señor Noguera?

         - ¿Le viene bien a usted?

         - Sí, si a usted le viene bien.

         - Sí, si a usted le viene bien.

         - ¿Se está haciendo el gracioso conmigo, señor Noguera?

         - No mucho.

         - De acuerdo entonces. Hasta la semana que viene.

         - Adiós, doctorcito.

         Me despediría cordialmente del Hombre Ciencia y volvería a sumergirme de lleno en mi infierno emocional hasta la semana siguiente en la que proseguiríamos con nuestro juego paciente-loquero.

         Debería probar la terapia de grupo, pensé.

         Las calles negras, las papeleras esperando a que tropiece para caer sobre mí y devorar mi alma pseudo-inmortal, el frío azotando todos mis sentidos (los que me quedan), yo sonriendo como un demente a todos con los que me cruzo y besando en la boca a cada anciana que veo. Una de ellas me arrea un bolsazo en plena entrepierna, dejándome tirado en la calle, con el rostro contra el gélido suelo mientras intento mantener una actitud de dignidad. Con los testículos palpitando de dolor, me levanto y observo a mi concurrida audiencia. Expresiones de asco, repulsión, sorpresa, todo girando en un torbellino multicolor mientras me seco la sangre que ha comenzado a brotar de mi nariz.

         ¡¡HAKUNA MATATA!! - exclamo sonriendo amistosamente.

         Pero se alejan. Se alejan y les dicen a los niños que no me miren. ¡Dejad que los niños se acerquen a mí!, grito. Una piedra me golpea en mitad de la frente y caigo sobre el asfalto. Las tinieblas se abalanzan sobre mi indefensa persona (¿persona?) y pierdo el conocimiento. Mañana no quedará de mí nada más que un cadáver sin ojos.

         Supongo que no todos los días es Navidad.



© Michel Noguera Martín