La Intervención

         Se detuvo y leyó el mensaje de nuevo. Dejó, por un instante, deslizar las diminutas gotas de sal sobre su tez rosada al tiempo que releía la nota detenidamente; pero, al rato, aderezó su nerviosismo con ese caminar inquieto, presuroso, de pasos cortos y ligeros. De sus labios resurgía el miedo a la palabra, el aprendizaje de los niños a modo de reiteración simple de un no severo, como sangrante. Promulgó el mismo discurso por la totalidad de la sala residencial. Una incertidumbre devastadora anegó de tensión el ambiente que, cada vez más, oprimía su espacio y tornábale enjuto. La claridad de los tres paneles, por esta vez, no ayudaron. La enorme pantalla -que ocupaba gran parte del cuarto panel, a la derecha de la puerta de ingreso- aguardaba con impaciencia. La maldita ranura donde se imprimió el mensaje, bajo la gran pantalla, aguardaba igualmente la impresión del segundo -aunque idéntico- mensaje. Y detrás de todo ello, alguien demoraba un sí, un no, una acción. Exigían actuar y él lo sabía, vamos si lo sabía. Era el máximo deber impuesto, la inefable y especial colaboración con la gran empresa. Decían que sólo se requería una vez en la vida. En algunos casos muy especiales se demandó una segunda Intervención, pero, como digo, debía de tratarse de algo muy casual, más bien secreto. En realidad, no sabía de ningún asociado que la hubiese ejecutado y, por consiguiente, nadie, nunca, le había comentado su experiencia al respecto. Y el caso es que ahora le había llegado su turno. Pero, ¿por qué ahora? ¿Por qué esto? ¿Qué beneficio podría sacar la Corporación de una Intervención como la que se requería?

         Su entereza dijo basta. Un estremecimiento perezoso, desconocido, fue emergiendo de entre sus entrañas. Se reclinó con las manos asidas junto al pecho. En ellas portaba la fina lámina impresa con el lacerante comunicado. El cráneo, semidesnudo, inició un batir lento, amargo, contra el vacío que permitían las continuas y constantes reverencias de su torso, de modo que ahogaba sus gemidos en cada tañido haciéndolos más y cada vez más indecorosos. Y las rodillas contra el suelo. Y la gran pantalla. Y la ranura. Luego restregó la lámina contra su rostro, pero la fibra de los comunicados impresos apenas prolongaban su existencia unos minutos y se fue desintegrando entre zarpazos y sollozo. La masa inerme desapareció llevándose consigo el fatídico dictamen y fundiéndolo en el aire. Su desconsuelo aumentó. La orden inundó el lugar. Ya era inapelable. Sus manos tornaron al pecho, ahora sin lámina. El llanto era desprecio contra sí mismo. Afloraron sensaciones nuevas, fortuitas e insidiosas que mancillaban y degradaban un curriculum magistral, virtuoso, de total dedicación hacia la Corporación -de la cual se sentía asociado honorario hasta ese momento-. Inéditas voces sacudían su tormento y le hacían sentir débil, inseguro e incapaz de realizar lo que se le pedía, en fin, de materializar su Intervención.

         De más joven, cuando simple individuo, cuando ya integrante, deseó, con ambicioso desvelo, ejecutar el temido mandato. Alentaba su esperanza y se mantuvo siempre alerta, dispuesto, en todo momento, a enfrentarse contra la gran prueba definitoria de lealtad que para él, por aquel entonces, no representaba tanto. Quería demostrar a todo el mundo cómo se integraba en la organización -que regía las vidas y autorizaba tu existencia- y ansiaba traspasar la línea de excelencia que muchos no podían, o desconocían, y que les mantenía relegados en el anonimato de la simple corrección. Pero él no tuvo suficiente con eso. Anheló un nombre propio. Buscó hacerse imprescindible en todo momento. La sola moral que regentó su proceder fue la cruda disciplina de la Corporación, un código deontológico siniestro, omnipresente, donde la unidad se asfixiaba ante la presencia del todo, ante el cometido global de una comunidad transformada en ente, proyecto, pero que, sin embargo, precisaba de grandes hombres para su pervivencia. Y él solo supo ver esa nimiedad -empero cierta-, esa pequeña pieza en el engranaje de un sistema perfecto que requería de componentes extraordinarios como él y su inteligencia, a todas luces superior. Y desde muy niño acató todas las órdenes, mandatos, incluso advertencias que se le fueron apareciendo en la gran pantalla: las colaboraciones. Llegaban sin avisar, a cualquier hora, por cualquier canal (por todos excepto uno). Se mostraban inequívocamente axiomáticas en la perfecta resolución de esa ventana de la verdad. Seguidamente, surgía la confirmación por entre la ranura. Y ya tan sólo restaba actuar. No se postergaba su ejecución, jamás; y si por ésas se daba el caso y se obviaba la orden, aparecía las sospecha, y entonces... En un principio marcaban tendencias personales, corregían vicios que, a posteriori, podrían derivar en una persona nula, un elemento insuficiente: una carga. Más adelante, una vez enraizada la caracterización personal, las órdenes se centraban básicamente en el cometido profesional. Obedeció y aceptó, sumisamente, multitud de destinos, proyectos, carencias y sinrazones, y se condujo siempre firme, con soberbia habilidad. Hizo que todas las colaboraciones demandadas, incluso las menos atractivas, incluso las confusas, incluso las temidas, resultaran logros inestimables para el conjunto de la Corporación; y, de esta guisa, fue forjando su prestigio entre sus semejantes y, sobre todo, ante el abstracto colectivo, de poderosas dependencias, que vigilaba estrechamente, y a todas horas, la rectitud de sus secciones, de los despreciables elementos, de los no-individuos, de los individuos, de los integrantes y hasta de sus asociados. Y fue viajando por toda la tierra y por los diferentes satélites activos en órbita. Habitó todos los rincones de ese único estado y ocupó cientos de salas residenciales -todas ellas análogas- colaborando y corrigiendo defectos, remplazando fracciones obsoletas y reorganizando miembros -pues de eso se trataba- mientras esperaba el gran momento, su reconocimiento y la consolidación de su persona, la máxima colaboración de entre todas las colaboraciones: la Intervención. Pero no llegaba. Aún así perseveró en su convicción, en su certeza. Y esperó. Esperó durante años -hasta que se cansó- la enigmática llamada por el canal Z375 de la gran pantalla, un canal oculto y categórico: el canal reservado exclusivamente para dichas notificaciones.

         El llanto cedió definitivamente en presencia del silencio, luego aumentó, más si cabe, el desasosiego, el sentirse solo, aislado, ahora más que nunca. Permaneció en el suelo por un tiempo. Mantuvo el semblante ensombrecido, alicaído en su inmovilidad. Era el día de por primera vez. Por primera vez, y posiblemente por última, recibía una notificación de Intervención, por primera vez se derrumbaba de esa manera, por primera vez lloraba y perdía los nervios y por primera vez en su vida advirtió que, quizá, puede que no del todo, pero sí un poco, sí, sí llegase a dudar, al fin y al cabo, de la Corporación.

         Requerían la eliminación de su hijo. Su propio hijo.

         Tras tantos años de servicio intachable exigían parte de su alma, de su existencia; exigían sesgar la vida de esa única querencia suya, siempre tímido desvío, siempre secreto, pues era vergüenza también de amar. Pretendían, quizá, saldar de una vez por todas esa difícil aceptación del miedo a dejar de ser y estar para estar y ser con otro; o pretendían, quizá, suprimir el sentimiento que apareció un día en su corazón -sin él desearlo-, una emoción sublime que se sustentó en la contemplación de una criatura, un hijo que no pidió, que no reclamó, pero que como el resto de las cosas, como el resto de las colaboraciones -pues ésta fue otra- toleró y tomó con transigencia, ya que era su deber colaborar, colaborar siempre mientras esperaba con riguroso deseo o pasión fría o inteligente desdén el gran momento, la gran Intervención. Y ésta llego. Y lo hizo en forma de muerte.

         La notificación no dejaba lugar a dudas. Debía ejecutar la eliminación sin demora del sujeto 125XIV5897963336. Su hijo. Método: Eliminación libre.

         Conocía la regla de sobra. En un día o dos o en una semana o en apenas quince minutos recibiría otro mensaje idéntico al primero. Llegado ese momento, en ningún caso, bajo ninguna circunstancia prescribiría la orden. Transcurridas tres horas de la recepción del segundo decreto por la gran pantalla, y de su impresión, se procedería, por parte del ejecutor y mediante el mismo canal Z375, al informe de los detalles de la actuación. El tiempo justo. Si fuera necesario desalojar alguna sala residencial para realizar el informe, el sujeto inquilino pertinente recibiría, inmediatamente, aviso por la gran pantalla del cambio residencial. La Unidad Local de Sector apropiada, localizaría, en breve, la estancia más cercana al espacio testigo de la Intervención. El informe en sí carecía de algún tipo de valor documental o acreditativo. La ejecución o no del mandato resultaría evidente en cualquier caso y se registraría, inexorablemente, en los infalibles detectores de las mentadas Unidades Locales. Su único ministerio, por así llamarlo, era subyugar, rápidamente, al sujeto ejecutor mediante el gris procedimiento corporativo, e introducirlo, de nuevo, en la rutina formal del trabajo. Con ello evitaban la aparición de remordimientos lesivos y el florecimiento de posibles elucubraciones perniciosas de carácter moral; o, dicho en otras palabras, tras semejante mandato se sometía al individuo o al integrante o, en este caso al asociado -tan sólo ellos podían ejecutar dicha acción-, una vez más, a la rutina de las simples colaboraciones. Tal es la Corporación.

         Finalmente, tras la reflexión, tras el sufrimiento, tras el convencimiento de su dolor y de su despecho -o sea, un infinito-, decidió hacer honor una vez más a la frivolidad y a la profesionalidad de su nombre, puesto que, y eso no podía olvidarlo, él era la Corporación. Y se recompuso.

         Era un asociado más entre otros muchos, pero esos muchos controlaban a otros tantos miles de millones de elementos, de no-individuos e individuos, de integrantes y también de asociados como él, al fin y al cabo responsables, en mayor o menor medida, de mantener el orden a cualquier precio y hacer prevalecer la institución, la organización ante la imperfección, ante la persona. Y así lo haría. Concluiría su labor a pesar de la certidumbre que sondeó su pensamiento en el momento de recibir aquella primera notificación de Intervención -cuyo amargo contenido inducía, entre otras cosas, al replanteamiento más íntimo de sus convicciones-, y correspondería devotamente, como siempre hizo, a la gran empresa, pese a que, contrariamente a lo sucedido anteriormente, una herida sangrante en el recuerdo permanecería, a partir de la ejecución, en algún rinconcito de su pasado, remotamente escondido entre gajos de alma o en alguna célula clandestina de su inteligencia, predispuesta, siempre, a resucitar la pregunta que no debiera, la duda, el interrogante, la sospecha.

         Aun así, ejecutará el mandato.

         Alzó primero la mirada, luego el rostro, después el tronco y, por último, se deshizo de esa sensación servil que le hostigaba tanto y generaba la humedad del llanto -y cuántas veces lo había advertido en sus inferiores, en alguna de sus rígidas correcciones, purgando incluso hasta la muerte-, y se dispuso a preparar la Intervención requerida, mientras esperaba la recepción del segundo y fatal mensaje. Sólo cabía esperar, si bien, todo debía estar preparado llegado el momento.

         Se dirigió hacia el panel posterior de la sala, a unos veinte metros de la puerta de ingreso; se plantó ante el dispensador, manteniendo el porte rígido -repuso también aquella expresión firme y temerosa-, e introdujo verbalmente la clave de abertura con la que accedería al menú de peticiones visible desde la gran pantalla. Deseaba, antes que nada, aplacar esa sed mezquina que había aparecido con la angustia de la indecisión y que le hacía sentir nulo, como vulnerado y violado por el anhelo, como si de un vulgar elemento se tratase. Remontó la mirada levemente, hacia la gran pantalla, en el panel contiguo, a su izquierda, como si ésta no pudiera entender sus palabras desde donde se encontraba, y formuló la solicitud. En escasos segundos recibió las cápsulas refrescantes. Se tomó toda la ración de golpe. No tuvo suficiente. Se lo pensó y pidió una ración de H2O. Ésta llegó en un bote de 1/4, en poco más de un minuto. No era sencillo conseguirla y tan sólo algunos asociados podían acceder libremente a ella, aunque, y era consciente de ello, una Unidad Local de Sector iniciaría, de seguido, un exhaustivo control sobre sus próximas peticiones.

         El dispensador cerró la compuerta. Volteó totalmente el cuerpo y, con una cuidada determinación, se situó nuevamente frente a la gran pantalla. Ahora pronunció una clave nueva. Apareció otro menú de interface disímil. Requería distinto tipo de clave, esta vez debía ser manual. Introdujo, uno a uno, entre pausas constantes de tiempo, los dígitos de la nueva consigna. Al momento de concluir la autorización cifrada, la gran ventana se tornó difusa y mostró una apariencia nebulosa, voluble como el mercurio e incierta como la identidad de los niveles humanos más deficientes. Poco a poco, la imagen se fue concretando y, al final, apareció sobre un fondo negro un rostro desconocido, inerte, de expresión distante. Era un asociado.

         Se retrasó unos pasos y emitió la petición oralmente. El rostro sobre el fondo negro articuló unos sonidos graves, concisos -que en nada se parecían al lenguaje corporativo-, e hizo un ademán inexpresivo como de esperar una contestación, un gesto, que él, impertérrito y simplificando lo innecesario, zanjó con una sola voz: «INTERVENCIÓN». En media hora gustaría del encargo.

         Inmediatamente después, surgió lo relegado. Otro golpe de aire helado en el alma. Aquella luz en la pantalla. El canal Z375. El segundo mensaje. La confirmación por la ranura. Lo que ya sabía.

          Se retrasó unos pasos y se acomodó, como pudo, sobre el diván situado junto al electrodoméstico expendedor.

         Una certitud. Un minuto. Tan sólo un minuto y su corazón dejaría de latir. En el preciso instante en que reciba la dosis necesaria de Tehorcitk-27, tomará la ruta SE89 y navegará hacia la sala residencial que hospeda a su hijo. Ingresará en la estancia y se saludarán como de costumbre. Luego, tal vez, le pregunte algo sobre... Pero no. No podía actuar de esa manera. Era demasiado arriesgado. No se podía permitir, ni tan sólo, iniciar la conversación. Una vez ingrese en la sala, una vez se plante delante suyo no incumbirá en la rutina para doblegarse ante la dilación. Deberá ser breve en su presentación e introducir el virus en el cuello antes que nada o antes de que aparezca el sentimiento y la ternura, peor aún el recuerdo. Tiene que llorar después y no primero; y así, más tarde, ya libre de miedo, podrá disponer de ese minuto completo, aun adverso -cuando menos una concesión-, para amar al condenado y ensombrecerse entre la mirada tenue de un porqué traicionado, y aprovechar la apremiante finitud de la urgencia, aquel minuto, para justificar un adiós baldío, desamparado y solitario.

         Otro sonido de aviso de la gran pantalla le despojó del semiletargo al que se había abocado. Alertaba sobre el ingreso de algún asociado, con acceso libre, a la sala residencial. Sorprendido, dirigió la mirada hacia la gran pantalla, que hacía de cámara, y vislumbró al presunto asociado: ¡su hijo! ¡Ya lo había conseguido! Ya era asociado, luego... Comprendió rápidamente la difícil situación en la que se podía ver envuelto: todo asociado recién investido era enviado al exterior de forma urgente.

         Aun descolocado por el desconcierto, buscó la concentración y, raudo, lanzó la mirada contra la tristeza del dispensador. Nada. Comprobó el tiempo transcurrido desde la solicitud del narcótico letal: ¡cuarenta y siete minutos! Habían transcurrido más de tres cuartos de hora y todavía no había recibido el material requerido. Diecisiete minutos de retraso eran muchos, demasiados. Algo fallaba en la entrega. Pero eso ya no importaba. Él ya estaba aquí y, aun recibiendo la pócima ahora, aun teniendo la porción precisa en sus manos, no disponía de tiempo suficiente como para prepararse y hacer uso de ella; no sin mostrar sus intenciones.

         Se deshizo del diván bruscamente y se encaramó frente a la puerta de ingreso a la espera de su hijo. En décimas de segundo, una lluvia de resoluciones inalcanzables rebotaron indeterminadamente sobre su conciencia a modo de especulación, pero en todas ellas había algo que fallaba, algún pequeño detalle que inhabilitaba e impediría su correcta ejecución. Sin embargo, debía proceder ya.

         El acceso quedó libre. Se mantuvo erguido, inamovible al frente, a unos cuatro metros. Se oyeron unos pasos acercarse con firmeza, aceleradamente. La figura de su hijo y el sonido de las botas confluyeron por fin en una vigorosa sonrisa bajo el marco de entrada. Su rostro era la representación de la satisfacción y en su mirada se podía adivinar el brillo especial que apenas adquieren unos cuantos y que surge tras una preciada y efímera coincidencia de juventud y experiencia. Su expresión era triunfo, gozo y agradecimiento.

         Le correspondió con una frágil sonrisa. Pero no se movió. Observó desde su puesto toda la alegría que siempre le había deseado. Y abrió los brazos. Inesperadamente la sonrisa tomó fuerza en su semblante, parecía sincera. Algo le vino a la cabeza: una idea, una salida, tal vez la solución. Dejó que su hijo se acercara hasta donde se encontraba él, todavía con los brazos abiertos.

         Tras un fuerte abrazo y un par de golpes en el espinazo sus pechos se distanciaron un tanto, no mucho, puesto que los rostros de cada uno se mantenían aún sostenidos por las manos del otro. Se contemplaron fijamente. El uno advertía el orgullo y el otro la complacencia.

         Súbitamente, sus manos se relajaron sobremanera y dejaron de presionar el cuello. La mirada fue perdiendo intensidad. Un leve temblor en las piernas le hicieron tambalearse y perder la noción del equilibrio hasta que, al fin, su cuerpo se desvaneció y se desplomó sobre la superficie de la sala. Quedó quieto, de espaldas al suelo. La respiración comenzó a disminuir y sintió como el corazón perdía el ritmo. Ya paralizado, con los músculos totalmente inutilizados y una sensación acuciante de frío, pudo divisar, desde el suelo, cómo desaparecía el brillo de aquellos ojos amados; también el gozo, el triunfo y la satisfacción. Ahora la expresión de su hijo era más bien oculta y sólo varió el gesto para emitir un lo siento forzado, como indiferente.

         Otra certitud. Un minuto. Apenas un minuto para comprender que su hijo -ahora asociado- lo había conseguido. Había logrado superar su Intervención.



© Vicente Rosales Cuny