El amor no tiene nada de bonito

         Yo estaba sentado en el sofá viendo la tele. Hacía demasiado calor para moverse. Me limitaba a vegetar y observar la absurda programación de la tarde. Sonó el teléfono. Lo cogí.

         - ¿Diga? -pregunté.

         - ¿Michel? Soy Tomás.

         Su voz sonaba lastimera. Creo que había estado llorando.

         - Ah, hola. Hacía tiempo que no llamabas.

         - ¿Sí? Bueno, eso no importa ahora. Alicia me ha dejado, tío -sollozó.

         - Sí, ya había escuchado algo. ¿Estás bien?

         - ¿Que si estoy bien? Estoy DESTROZADO. Se ha ido mi vida entera, Michel, ¿es que no lo comprendes? Ella me trajo la vida y ahora se la ha llevado.

         - Ya será menos.

         - ¡NO! Eres un gilipollas insensible. Tú no sabes lo que es amar o sentirse amado. ¿Qué voy a hacer ahora?

         - Olvídala, hombre. Hay miles de mujeres en el mundo. Sólo es cuestión de acertar con la adecuada. Seguro que encontrarás a alguien mejor.

         - ¿Alguien mejor? Imposible, Alicia es única. Es una princesa, una DIOSA. No lo entiendo, ¿por qué me habrá dejado? Hasta hace nada estábamos bien.

         - Puede que esto te duela, Tomás, pero seguro que ha encontrado a otro.

         - ¿QUÉ? ¿ELLA Y OTRO HOMBRE? ¡IMPOSIBLE! ELLA NUNCA ME HARÍA ALGO ASÍ, ¿ENTIENDES?

         Aparté el teléfono de la oreja. Aquel energúmeno quería dejarme sordo con sus gritos. Volví a acercarme el auricular.

         - ¿Pues qué otra cosa podría ser?

         - Oye, Michel, podrías hacerme un favor: llámala. Llámala y habla con ella. Pregúntale qué he hecho mal. Dile que puedo cambiar.

         - Joder, tío. ¿Por qué no la llamas tú? ¿Crees que soy el casamentero del pueblo o qué?

         - NO me coge las llamadas. Cuando escucha mi voz me cuelga. Por favor, Michel, hazme este favor de amigo. Nunca te volveré a pedir nada más.

         - Está bien, está bien. La llamaré -dije mientras me preguntaba por qué me tocaban siempre los trabajos más ingratos.

         - Eres un amigo.

         - Vale.

         Colgamos. Cogí mi agenda y busqué el teléfono de Alicia. En el televisor salía una mujer recomendándome que comprara el Vulkan 2000 para eliminar "esos kilitos de más que tanto afean su figura". Me miré en el espejo. ¿Qué sabría esa furcia? Marqué el número de Alicia. Esperé durante unos largos minutos hasta que lo cogió:

         - ¿Diga?

         - Hola, Alicia. Soy Michel.

         - ¡Hola, Michel! -su voz sonaba demasiado alegre, estaba claro que tenía un tío-. ¿Cómo estás?

         - Voy tirando... ¿Y tú?

         - Ah, yo estoy muy bien.

         - ¿De verdad? Acabo de hablar con Tomás y estaba realmente mal. ¿No acabáis de cortar?

         - Oh, eso -su voz se ensombreció-. Mira, Michel, ya no le aguantaba más. Tiene unas manías tan extrañas y es tan raro para todo...

         - Yo también soy raro. ¿Es eso un defecto grave?

         - No, tú eres raro pero eres divertido. Tomás es un pelmazo. Yo ya no le podía soportar más. Ahora estaba obsesionado con metérmela por el culo, ¿puedes creerlo? Decía "si no dejas que te dé por culo es que no me quieres". Está mal de la cabeza, Michel. ¡Yo no quiero que me rompan el culo!

         - No, claro. Estoy de acuerdo contigo.

         - Y entonces se negaba a acostarse conmigo. Se metía en el servicio y se hacía una paja. Y decía "mira, puta, mira lo que te pierdes". Yo no sabía qué decir, empezó a darme miedo.

         - ¿Te llamaba puta? -pregunté sorprendido.

         - Sí, y cosas peores. Ponía películas de porno duro y me decía "así, como esas guarras eres tú". Y cuando estábamos en la cama me gritaba en la cara cosas como "disfruta de mi verga, zorra" o "te gusta que te folle, ¿verdad, furcia?". Al acabar me sentía como una puta, Michel. Me sentía como si fuese basura.

         - Vaya, no sabía nada de eso.

         - Además, es muy malo en la cama. Y la tiene pequeña. Pero entonces conocí a este chico, ¿sabes, Michel?

         - ¿Qué chico?

         - Oh, le conocí en una exposición de arte. Tomás no quiso ir conmigo porque ya sabes cómo detesta a los artistas. Dice que son todos unos maricones. También lo ha dicho de ti un par de veces, piensa que eres marica porque nunca te ha visto con una mujer y porque escribes poesía.

         - Hostia, no soy homosexual.

         - Ya lo sé. Yo opino que eres un tipo muy sensible. Sabes cómo tratar a las mujeres.

         - Debe ser que las mujeres no saben tratarme a mí -dije yo sarcásticamente.

         - No lo sé. Bueno, deja que te siga contando, Michel. Es pintor y es ENCANTADOR, muy GUAPO, INTELIGENTE, ATENTO, SIMPÁTICO. Es PINTOR, Michel. Se llama Gabriel y me encandiló desde el primer momento. Fue amor a primera vista. Me llevó a su estudio para enseñarme sus cuadros y allí... hicimos el amor en el suelo, sobre unos plásticos. Fue muy delicado y atento.

         - Parece que sabe utilizar muy bien el pincel -dije con una carcajada.

         - ¿Cómo? ¿Qué dices?

         - No, nada. ¿Y es bueno?

         - Es EXTRAORDINARIO. Insaciable, usa su lengua con maestría, con una buena po...

         - Quiero decir como pintor -la interrumpí.

         - Ah -se rió nerviosamente-. No lo sé. Me dijo que había tirado todas sus obras porque se encontraba en plena crisis artística. Pero es MARAVILLOSO. He soñado toda mi vida con alguien como él. Creo que es el amor de mi vida.

         - ¿Y qué pasa con Tomás?

         - ¿Tomás? ¡Que le den por el culo!

         Empezó a reírse y colgó.

         Bueno, pensé, ahora tengo que llamar a este pobre diablo y contárselo. Me levanté del sofá, fui a la cocina y saqué un refresco para combatir el calor. Volví al sofá y me lo tomé tranquilamente. Conseguí relajarme bastante. En la tele ponían un talk-show. Una mujer gorda y de unos 50 años se quejaba de no saber lo que es un orgasmo. Por fin cogí el teléfono y llamé a Tomás. Lo cogió enseguida.

         - ¿Qué? ¿Qué te ha dicho? -me chilló con voz desesperada.

         - Que eres un mal amante, que la tienes pequeña, y que está saliendo con un pintor -resumí.

         - ¡¿QUÉ?! -empezó a llorar. Era algo bastante violento. Me sentí mal mientras escuchaba llorar a un hombre hecho y derecho.

         - ¡LOS MATO A LOS DOS! -aulló de repente.

         - ¿Qué dices, hombre? Si eres incapaz de matar una hormiga.

         - ¡Voy a matar a esa zorrita de coño prieto y a su amante bisexual!

         - ¿Cómo sabes que es bisexual?

         - ¿No me has dicho que es pintor?

         - Eh, vale, vale. Escucha, NO vas a matarles. Sabes perfectamente que te pones malo cuando ves sangre. No eres capaz, Tomás. Eres un picha floja.

         - NO SOY UN PICHA FLOJA. SOY UN PICHA BRAVA. LES MATARÉ, TE LO ASEGURO.

         Aquello empezaba a cansarme. Le dije exasperado:

         - Mira, en todo caso, mátala a ella. Él no tiene la culpa de nada, ¿vale? Ni siquiera te conoce.

         - Es cierto -murmuró-. Todo esto lo ha causado esa ninfómana de mierda. Gracias por el consejo, Michel.

         - ¿Qué consejo? -dije yo, pero ya había colgado.

         Espero que no haga una tontería, me dije. Bah, es un picha floja, no hará nada. En la pantalla del televisor estaba la gorda anorgásmica que lloraba desconsolada. Cambié de canal. Anuncios. Me daban ganas de tirar el televisor contra la pared. Pero eso requería demasiada actividad física.

         Al cabo de una hora volvió a sonar el teléfono. Lo cogí. Era Tomás de nuevo. Estaba llorando y parecía muy alterado.

         - Lo he hecho -decía jadeando-, lo he hecho, tío.

         - ¿Has hecho qué? -pregunté.

         - La he matado -y se le quebró la voz.

         - ¿QUÉ? -grité levantándome del sofá.

         - La he matado, Michel. No sé qué me pasó. No podía pensar con claridad. Pero no soy un picha floja.

         - ¿Cómo has podido hacerlo? -pregunté horrorizado.

         - Bueno, llegué a su casa y llamé al timbre. Tardó mucho en abrir la puerta... y eso hizo que me enfureciera aún más. Llevaba conmigo el rifle que tengo en casa y... Cuando abrió la puerta le metí el cañón en la boca y le grité "¿ES SUFICIENTEMENTE GRANDE PARA TI, PUTA?". Y apreté el gatillo.

         - Joder.

         - Sí, joder. Fue horrible, tío. Abrió mucho los ojos cuando le metí el rifle en la boca. Supongo que no se lo esperaba -dijo riendo histéricamente-. Todos los sesos desparramados por la alfombra de su madre. Aquello fue demasiado para mí. Me vomité encima. No sé por qué la maté, Michel. Yo la quería.

         - ¿Y qué más da? Acabas de matar a una persona. Vas a ir a la cárcel, Tomás.

         - No puedo ir a la cárcel. No quiero que me violen en las duchas. No podría soportarlo. Y tampoco puedo soportar la culpa. ¿Sabes una cosa, Michel? El amor no tiene nada de bonito.

         Y colgó.


© Michel Noguera Martín