El Silencio es mi Prisión

          Noche. Día. Frío. Calor. Alegría. Tristeza. Todo me parece igual, las cosas han llegado a un punto en el que sólo pueden ir a peor. Nada me hace seguir adelante, nada me impulsa a continuar un día más. Afuera está oscuro y silencioso. Es algo bello. Ojalá tuviera a alguien a quien contar todo esto. Pero estoy solo. Completamente solo. El silencio es mi prisión. No puedo expresar mis sentimientos. ¿Quién lo escucharía, de todos modos? No queda nada por hacer salvo acabar con mi miserable vida. Quizá alguien pueda ocupar mi lugar de forma más satisfactoria. Quizá.

         Veo a aquellas personas que me concedieron su inestimable apoyo en los momentos difíciles. Los veo animándome. ¿Dónde están ahora? ¿Han muerto? Se han desvanecido, se han esfumado como si una fuerza misteriosa les hubiera alejado de mi lado. Echo de menos la sensación de sentirme protegido. Echo de menos la sensación de estar vivo. Cuando paseo por la calle observo a la gente. Son todos unos desconocidos. Me asusta mirarles a la cara. Me producen pavor... pero, de una forma enfermiza, quisiera ser como ellos. Me gustaría tener lo que ellos tienen. FELICIDAD. Ellos lo saben todo. Saben de dónde vienen. Saben adónde van. Saben con quién van. Sus sonrisas seguras y satisfechas me provocan un insoportable dolor. Tengo que mirar hacia el suelo porque les odio. Yo no sé lo que ellos saben. Son mejores que yo. En todos los aspectos. Y si no lo son, al menos lo aparentan. Y eso es lo único que realmente importa, lo demás es intrascendente. No me gustan sus conversaciones. Sus palabras suenan muertas. Falsas. ¿Cuál es su secreto? ¿Qué les hace tan fuertes? ¿Qué es lo que les hace invulnerables? Les envidio. Envidio sus rostros relajados, su exuberancia natural.

         Sentarme en un parque es muy duro. Contemplo los alegres juegos de los niños, escucho sus risas despreocupadas. Cada carcajada se me clava como un dardo envenenado. Esas risas me son totalmente ajenas. Yo era antes así, pienso. ¿Qué es lo que me ha pasado? ¿Dónde ha ido a parar toda esa inocencia que albergaba mi corazón? Y entonces miro dentro de las papeleras, con la extraña esperanza de encontrar en una mi inocencia que algún hombre debió encontrar en su paseo y, ante la imposibilidad de encontrarle alguna utilidad práctica, tiró sin pensar que podía pertenecerle a alguien. ¡Quiero recuperar aquellas sensaciones! ¿Cómo puede ser alguien tan inconsciente para tirar la inocencia de un hombre a la papelera? Podía haberse acercado a mí y haberme dicho cortésmente:

         - Perdone, he encontrado esta inocencia en el suelo. ¿Por casualidad es suya?

         - Sí, muchas gracias, señor. Es reconfortante comprobar que aún quedan almas caritativas en este mundo frío y despiadado.

         - Bah, cualquiera habría hecho lo mismo. Bueno, que tenga un buen día.

         - Igualmente.

         ¿Por qué no pueden ser así de sencillas las cosas? ¿Por qué han de ser tan tremendamente complicadas? Sólo los sabios pueden vivir con un mínimo de garantías. Ansío vivir con facilidad. Algunas personas son como arañas. Arañas que tejen redes de mezquindad. Otras son como mariposas: hermosas de lejos, pero de cerca parecen cucarachas con unas alas bonitas.

         Todo hombre es un poeta. Creo en la violencia; la veo todos los días. El amor me parece algo tan insustancial... que pienso que fue inventado para entretener a unos pocos afortunados.

         Algunas preguntas se hicieron para no ser contestadas. Algunas respuestas se hicieron para no ser entendidas.

         Me aferraré a lo poco que me queda de humanidad. Porque, ¿acaso no mueren también los cisnes?


© Michel Noguera Martín