El Deseo

          Había decidido dejar de soñar. No era una decisión impensada, todo lo contrario: tardó años en reconocerla como la vía más expeditiva y segura para conseguir su propósito. Necesitaba triunfar y perfiló con fruición artesanal el sentido de su victoria.

         Después de tanto tiempo, que le parecía Todo El Tiempo, estaba cansado y quería prescindir de todos sus sentidos, simplemente desaparecer. Por eso se impuso dejar de soñar; su soledad hacía mucho que estaba garantizada. Sin titubeos, escogió el domingo para cumplir su decisión, disponía de toda la semana para prepararse.

         Organizó meticulosamente cada una de sus rutinas, hasta las idas al baño. Bastó una hora para pertrecharse de provisiones y redujo la dieta alimentaria a lo básico. No tenía deudas de ningún tipo y se ahorró salidas disipantes. Por teléfono, canceló compromisos, citas, suscripciones, y con especial cuidado repasó la agenda telefónica tratando de no marginar a ningún conocido para un saludo que no debía ser tomado como una despedida. Fueron conversaciones cortas, pero no olvidó a nadie, ni siquiera a su primera novia, a quien hacía años no le hablaba; le pidió perdón por las locuras de juventud y aquel deseo extraviado.

         Quería depurarse de tensiones para dedicarse exclusivamente a convertir en realidad su propósito de dejar de soñar. Abandonó la lectura; para ser drástico con su decisión, quemó todos los libros, y auxiliado por unos tapones se obligó a la sordera para evitar la tentación de su música favorita.

         Consciente de que antes tenía que transitar, ineludiblemente, por la memoria, asumió el recorrido con entereza. Era un paso previo, esencial, y a eso se dedicó minuciosamente. Los recuerdos de todo tipo llovieron sobre él durante la semana. Ni la infancia ni la juventud le ofrecieron resistencia, pese a que se divirtió bastante con el recuento. Ni los amores, que habían sido tan numerosos como poco creíbles. Ni los amigos usuales o circunstanciales, con su universo de traiciones, pasiones, confianza y respeto. Nada le dolió particularmente ni lo alegró con contundencia. Y pensó por primera vez si él mismo no habría sido culpable del vacío de su vida. El empeño sólo lo cansaba, quedaba extenuado al término del día. Pero hubo momentos en que pensó no iba a resistir el fragor del embate, sucedió al recordar a sus viejos y sobre todo la muerte de su madre y la mirada ajena de aquel niño que jugaba al fútbol y al que nunca pudo llamar hijo como secretamente sospechaba.

         Finalmente llegó a la fecha escogida sin sucumbir. Se había depurado y estaba listo. Era un hermoso domingo. Desde el lunes no se había asomado a la calle. Se levantó más temprano que lo usual, dio un corto paseo por el jardín y se dejó deslumbrar por el radiante sol que auguraba una amable primavera. Por suerte, no abundaron los vecinos mañaneros y solamente debió devolver un saludo.

         Al entrar a la casa, se sentía tan tonificado por el aire y el sol y tan lleno de los colores del jardín, que un ramalazo de abandono estuvo a punto de traicionar su propósito. Pero había avanzado lo suficiente como para saborear la victoria prometida. Se acomodó en el viejo sillón, el más querido, frente al ancho espejo heredado de los abuelos, que tenía un marco muy trabajado, con flores profusas y de intrigantes contornos no avalados por la botánica, pero que sugerían un paisaje balsámico que hubiera deseado conocer. Siempre le había fascinado prender la mirada en el espejo y recorrer la flora de su marco imaginando que él podría ser, en algún pliegue del tiempo y el espacio, un hombre feliz. A un lado, en la mesita de patas flojas, donde solía colocar los libros que estaba leyendo, reposaban los marcadores cesanteados en la última semana y no pudo evitar que su mano, con cariño, los acariciara. El espejo lo estaba poniendo sentimental y decidió que era el momento de llegar a la meta.

         Sonriente, comenzó a destejer los sueños. Sus sueños. Pensó que sería farragoso, sobre todo al inicio, y se equivocó. Lo más duro estuvo al final. Cruzar esa delgada línea final requirió un supremo esfuerzo de voluntad. Percibía que el mismo espejo que lo reflejaba, lo rechazaba. Eran sensaciones indefinidas, espesas, cada vez más espesas, pero siguió adelante. La sonrisa se le había trocado en angustiosa mueca y un imperceptible temblor habitaba su piel. No podía moverse ni cerrar los ojos. Se le ocurrió gritar y no pudo.

         El espejo iba testimoniando la fuga de los sueños. A cada segundo, algo del hombre se tornaba borroso un instante antes de ceder definitivamente contornos y contenido, colores y fechas, texturas, llanto y risas, suspiros y abrazos. Cuando la resistente delgada línea final -última puntada de los sueños- fue escalada, vencida, el espejo quedó huérfano de imágenes. El marco resplandecía como si hubiera acabado de nacer de manos del desconocido orfebre que lo urdió.

         Un sollozo venido de la nada patinó el ambiente.

         En aquel instante, otro hombre, en algún lugar con cualquier nombre, admiraba un hermoso espejo con extrañas flores en una tienda de antigüedades. Pensaba que era lo justo para engalanar un rincón en su biblioteca. Sí, era perfecto; quedaría muy bien frente al viejo sillón donde gustaba acomodarse para leer, y junto al cual varios libros aguardaban turno en una mesita de precario equilibrio. A su mujer le encantaría, era un espejo fascinante.

          Sólo habría que cuidar que el hijo no lo rompiera con su pelota de fútbol.

F I N


© Rosa Elvira Peláez
Buenos Aires / julio 1998