Pescados

          Siempre he creído que la infancia es ante todo unos inmensos ojos, bien abiertos, como para chuparlo todo. Una mirada limpia, ancha, que con el tiempo se va ensuciando, porque los golpes son demasiados. O porque uno no tuvo chance de poder embocar los ojos pa`otra parte. La infancia es una vela de muchos aromas que se quema muy rápido; creo que si uno se empeña, los olores se pegan a nuestro costado, uno va envejeciendo y olfatea, y ahí están ellos, avivaditos, alertas.

         La primera fue la de la infancia; la pesqué junto a mi viejo, siguiendo sus indicaciones. Cuando la merluza coleteaba junto a mí, estuve a punto de echarla al agua. Tenía seis años y sentí que aquellos ojos me miraban raro, y me imaginé que pedían la vida. Ya la iba a devolver cuando la mano callosa y llena de cicatrices del viejo me detuvo. Aún hoy me late esa conversación, como aún hoy olisqueo los aromas de aquella mañana; la mar estaba dócil y tibia, como una mujer que acaba de ser amada. Siento el olor de mi primer pescado, siento sus ojos atravesándome. Aquel fue el anzuelo que más me hirió.

         -Pablito, nosotros no hacemos deporte, trabajamos en la mar, pensalo -me dijo mi padre.

         -Me está mirando, pa, siento lástima -casi hablaba suplicando.

         -Si la echás, en la mesa de casa va a sentarse el hambre. Es así, Pablito, porque somos pobres, siempre vamos a tener que trabajar, y lo único que podemos hacer es esto, vivir de la mar, que es generoso; pensalo, hijo, tenés que aprender a guardar esos sentimientos. Tenelos, pero guardalos.

         -Pero...

         -Pero nada, Pablito, ¿vos crees que yo no las amo? Ellas son mi vida, hijo; ellas y vos y tus hermanos, y tu madre. Las merluzas también son mi familia.

         -¿Por qué las pescás?

         -Porque la pobreza tiende unas redes grandes, muy grandes, de aquí al cielo, aunque te extrañe, y la pobreza nos pescó primero; las merluzas lo saben, por eso me ayudan, cuando tiro las redes vienen a llenarlas, ¿no viste? Es un pescado noble, hay que respetarlo, y cuidarlo. Viste que pescamos desde que sale el sol hasta que se pone, es nuestra forma de cuidarlo. La noche es de ellas.

         -¿Por qué les dejás la noche?

         -Para que sueñen. Si no soñaran, no habría más pescado. ¿Acaso vos no soñás cuando dormís? Nosotros soñamos de noche. Estamos vivos.

         Volví a mirar a mi primera merluza, ya no se movía. Comprendí con tristeza que su muerte era para que nosotros viviéramos. Y aquella noche soñé con ella, y otras muchas noches.

         Una cifra incontable de pescados cruzaron a la muerte en los últimos 25 años a través de mis manos. Mi viejo está con ellos; su fresquero ya no existe, hace rato El Brío se pudrió de tanto laburo, yo tengo otro, lo bauticé La Mirada. Me han pasado 25 años, a veces, con un bravo oleaje que me ha permitido tratarme de vos a vos con la muerte; tengo un nuevo fresquero, montones de recuerdos y una ristra de olores pegados a mi piel cuarteada; tengo una mujer buena y fuerte, y cuatro hijos. Y ahora le enseño a Guillermo lo que aprendí del viejo.

         El pibe me acompaña en su debut de pesca. Sé que desde sus cinco años podría impresionarse con los ojos de su primera merluza. Desde que Guille nació, supe que hubiera querido enseñarle otras cosas, muchas otras menos pescar. Que la mar me perdone, porque por más lindo que sea ver esas chispas de luz en la mar y por más calma que ponga en nuestro corazón el sol al acostarse, es dura la vida de un pescador; por eso y también porque nunca he olvidado aquellos ojos. Pero la memoria de la pobreza es enorme, es un tiburón voraz que no anda ahorrando dentelladas.

         -Sabés, Guille, nosotros somos las merluzas de la miseria. Pensalo cuando mirés a tu primera merluza pescada. Podés sentir algo raro y pesado en tu pecho, no está mal que lo sientas.

         Nosotros nos diferenciamos porque pescamos con respeto, con cariño. Recordá, hijo, la pobreza no ama a nadie.

         Antes de lanzar el anzuelo, mi pibe dijo:

         -Papá, anoche soñé con la mar, pero no me acuerdo.

         La vista se le iba detrás de las olas, seducida por el bailoteo infinito que intentaba llegar al horizonte, como una promesa cierta. Tuve miedo. Un hombre tiene la edad de sus sueños. Lo sé y me voy sintiendo viejo. Miré la ansiedad de mi pibe marcándole unas pequeñas arrugas en el entrecejo; le acaricié el pelo enrulado, oscuro, y le pedí a Dios que mi Guillermo nunca tuviera la mirada de una merluza que ha dejado de soñar.

         Después, cuando el hilo comenzó a tironear, puse mi mano callosa sobre su hombro. Para ayudarlo a sostener aquella mirada que iba a sacar de la mar.

F I N


© Rosa Elvira Peláez
Buenos Aires / junio 1999