Marchó en un carro


   Lo despertó el gallo de la posada, pero aún estuvo un rato desperezándose bajo el sucio cobertor de lana, usado ya por demasiados viajeros. Cuando por fin acertó a levantarse notó un hueco en el vientre, fruto del forzado ayuno que practicaba hacía ya dos días. Se acabó de vestir (si vestirse es colgarse un harapo), se calzó sus sandalias ya algo pasadas y bajó.

   La taberna de la posada tenía un aroma añejo a madera húmeda, litros de vino derramado y humo escapado de la garganta de la chimenea.

   -¡Posadero, una escudilla de gachas, que temprano ha amanecido y Dios no quiera privarnos! -dijo.

   -Con gran gusto os daré lo que apetezcáis, pero es ley de la casa no servir sin recoger los dineros antes, y vuestra merced debe aún media servidumbre de cama, que dejó ayer a deber a la partida.

   -Gran ofensa me haces, tabernero, si dudas que pago mis cuentas, que soy hombre de bien.

   -Perdón pido si os ofendo, pero no es este mi espíritu. No más ocurre que en estos tiempos tan malos que Dios nos manda no podemos fiarnos ni del mismo arcángel, aunque nos viniera hasta con las alas. Pero si vos sois en todo honrado no tendréis problema en dejar ahora la cuenta saldada y así podéis hartaros de gachas o de jamón asado o cualquier manjar que vos quisierais.

   -Sabes, tabernero, que soy de oficio desatascador de chimeneas, recogedor de las cuadras y pocilgas, y de otros menesteres de los hogares del señor, y que no es por falta de dineros que me ofrezco, solo que he visto que tienes buena chimenea y ganado sano y rollizo, y pienso que será buen cambio mi servicio por mi estancia.

   -¡Vaya, por fin ha salido el caballero ofendido!. ¡Si ya sabía yo que en esos harapos nada bueno iba a llevar! Pero en fin si sabes hacer lo que has dicho empieza pronto, peor es quedarse sin nada, y hace falta un buen repaso en la finca. Pero has de acabar en no más de dos días, y por la noche dormirás en el pajar.¡Y de gachas nada; los mendrugos de ayer!.

   Leo tragó un duro mendrugo de pan ya mordido, y se fue andando hacia las pocilgas. Habría unos diez guarros, y hacía tiempo que no se recogía el estiércol. Tuvo trabajo hasta bien entrada la tarde, y al acabar empezó con los corrales, cuyos menesteres lo entretuvieron hasta la noche.

   Ya cuando el astro lamía las cumbres llegaron a la posada una muy alta doncella, guardada por su matrona y cuatro guardianes armados. Por lo que Leo supo entender, se dirigían a los funerales del padre de la doncella, que estaba guardada en un convento de por Toledo. Su destino parecía ser alguna ciudad del sur de Extremadura, o del norte de los olivares jiennenses. La doncella era una esbelta gacela con mirada distraída, aunque solo se dejó ver al entrar, quedándole dispensado el mejor cuarto. El posadero no dejaba de deshacerse en elogios hacia los recién llegados, sobre la alta dama que sería la doncella, de cuán fina y elegante y de la elevada estirpe a que debía pertenecer.

   A Leo le llamó la atención la noble estampa que presentaba el conjunto de la comitiva, y la belleza de la doncella, una belleza solo comparable a las cumbres nevadas o a los cristalinos riachuelos en la primavera. Quedó prendado de la sencillez con que se movía, dando al mismo tiempo la sensación de una orgullosa reina dirigiéndose al trono con majestuosidad, y la de una sencilla y pura pastorcilla que sonriente corre descalza sobre la hierba húmeda del rocío al encuentro del rebaño. En ese momento se dio cuenta de que estaba locamente enamorado, y que debía poseerla, de que nunca jamás podría volver a tener paz si no lograba tenerla para sí.

   No se puede decir que fuera la primera vez que tenía este sentimiento profundo y puro, lo había experimentado en multitud de ocasiones, y casi todas ellas había conseguido su objetivo. Siempre lo había conseguido, excepto una sola vez. Tan solo una vez había estado locamente enamorado y no había podido recoger su premio. En el último momento ella había montado en un carro y había marchado lejos, muy lejos. Él la había amado con pasión, pero ella se marchó en el último momento. Se marchó en un carro. Se marchó en un carro. Se marchó en un carro hacia lo desconocido, hacia la lontananza del camino, en el último momento.

   Leo no podía recordarlo sin sentir una rabia inmensa, un odio superlativo hacia aquel triste día en que la vida se le escurrió de entre los dedos. Pero Leo intentó retirar esos pensamientos de su mente y empezó a recrearse con el recuerdo de la belleza de su nuevo amor. Además era la primera entre sus delicias que pertenecía a la nobleza. Esto era una barrera importante, aunque así le daría más interés al cortejo de la dama. Estaba decidido, no pararía hasta lograrla, hasta amarla y ser amado por ella. Dejaría la vida en el camino sin dudarlo, si fuera aconsejable. Pero la tendría, seguro. Esta vez ella no se iría en un carro. No se iría en un carro. No se iría en un carro hacia lo desconocido, hacia la lontananza del camino.

   Entre estas reflexiones terminó su cena, unos trozos de carnero asado que más que ser carne con huesos eran huesos con carne. Marchó al pajar a descansar tras el duro esfuerzo realizado durante todo el día; aunque su anhelo no era otro que el de recordar a su amada y aclarar ideas, pensar un plan para llegar hasta ella. Había sabido que la comitiva partiría al alba hacia el sur. Decidió partir dos horas antes del gallo en la misma dirección, y llegar antes a la posada en que deberían parar a almorzarse la doncella y compañía. Allí quizás podría acercarse a su amada en un lapso de la matrona.

   Así lo hizo, y cuando el resplandor confirmó su dominio sobre la oscuridad, Leo se encontraba ya lejos de la posada, buscando la próxima. Llegó a esta cuando el sol había empezado a bajar en su recorrido, y un buen rato después llegó la joya de sus deseos, esa dulce Galatea a la que no podía apartar de sus pensamientos ni un instante, que a veces le hacía olvidar el primario instinto de la respiración, y casi el del latir del corazón.

   Entraron al comedor y uno de los guardianes pidió media pierna de venado. Empezaron a comer en un rincón, apartados de la canalla que infectaba aquella madriguera, más lúgubre si cabe que la posada de la noche anterior. Todos en aquel agujero parecían satisfechos, salvo un delgado y harapiento personaje que engullía un mendrugo en una esquina apartada. Leo estaba desesperado por que en todo el almuerzo la matrona no se había separado de ella ni un solo segundo. Así no podría acercarse jamás a su amada, no podría comunicarle su infinito amor, no podría ser amado por ella. Se iría en el último momento. Se iría en un carro. Se iría en un carro. Se iría en un carro hacia lo desconocido, hacia la lontananza del camino. No podía permitirlo. Había que impedirlo como fuera.

   Decidió cambiar de táctica. Había fallado esta vez pero no había que desesperarse. Esta vez iría detrás de ellos, aguardando el momento de poder estar con su perla, con su ídolo de marfil tallado. Salieron hacia las cuatro en camino, y Leo partió detrás de ellos vigilando como si en ello le fuera la vida; pero empezaba a desesperar, ya que nunca bajaba de su carruaje, y si lo hacía, su matrona estaba con ella en cada segundo. Así pasó el día entero y aún el siguiente día.

   Pero cuando Leo estaba ya a punto de enloquecer sucedió lo que tanto había anhelado. La noble joven bajó del carro, y cuando su matrona iba a seguirla, ella le reclamó.

   -Doña Gracia, que no soy ya niña, soy capaz de ir sola.

   -¡Pero mi deber es acompañaos en todo momento!- protestó.

   -Para mi es casi un insulto que tengan que acompañarme hasta en mis necesidades. Y no se hable más. Solo tardaré unos minutos.

   Y salió del camino internándose en el bosquecillo. Leo no podía creer que por fin hubiera llegado el momento de comunicarle su pasión, y rápidamente entró entre la maleza y corrió en la dirección que ella había seguido. Al poco tiempo la vio; cerca, clara y bella, andando entre el bello bosque como haciéndole la competencia a la naturaleza. Se acercó por detrás y habló.

   -Señora, mi mas alto tributo a su belleza. He de decirle que vengo varios días loco por su magnificencia y apasionadamente enamorado de usted.

   -¡Santo Dios!. Me habéis asustado. Pero ¿quien sois vos? ¿Que son todas esas cosas que decís?. -Mi amada princesa, no puedo seguir viviendo así. La amo extremadamente, es algo que no puedo expresar con palabras. Solo puedo demostraroslo.

   Leo la cogió del vestido y le tapó rápidamente la boca, ahogando un chillido de pánico que empezaba a emitir. Con la templanza que le había dado su larga experiencia en amores, sacó un largo cuchillo de carnicero que llevaba consigo desde su niñez, y, abrazando fuertemente a su amada por la espalda, hundió la hoja en el cuello. Inmediatamente empezó a sentir correr por su mano aquel torrente cálido que le hacía sentirse en el paraíso, que era la prueba del amor que ella profesaba hacia él. Su dama se debatía como un animal salvaje bajo el brazo delgado pero fortísimo de Leo, que aprisionaba su boca. Leo, al ver el amor tan sincero que ella le estaba demostrando, se alegró. Una sonrisa de felicidad cruzó su rostro, lo había conseguido, pero aun no había acabado este dulce encuentro. Sacó el cuchillo de la garganta y lo hizo desaparecer en el vientre, retorciéndolo y abriendo el mismo, de forma que pudiera disfrutar del cariño que ella le ofrecía. Clavó el cuchillo en un árbol y con su mano recorrió el interior de su amada, sintiendo el calor que esta le ofrecía desde lo más profundo. Era consciente de que más puro amor no podía existir, al menos entre los mortales. Ella empezaba a dejar de debatirse entre sus brazos, y él notó que el momento culmen estaba a punto de llegar. Para sentirlo en grado sumo recogió el cuchillo y lo clavó en las mejillas de su doncella, abriendo sitio en la boca para poder introducir su rostro en ella y notar los últimos espasmos, los coletazos finales del amor en su máxima expresión. Por fin llegaron, y Leo se dio cuenta de cuanto la había amado, y de cuanto lo había amado ella hasta el último segundo.

   La soltó, la recostó sobre un árbol rápidamente, pues los guardianes podrían llegar en cualquier momento. Pero quien apareció no fue sino la matrona, que había venido a buscar a la doncella. Cuando vio el panorama y a Leo, se lanzó sobre él y comenzó a chillar, pero esto no duró ni medio instante. Leo tapó fuertemente la boca de la mujer y elevó el cuchillo para segar su vida; lo intentó pero no pudo, no podía matarla, no era un criminal. La soltó, y se dispuso a huir, mientras la matrona, entre amargos llantos, le pidió por favor que la matara a ella también antes de marcharse, que de todos modos la iban a ahorcar y así se ahorraría la vergüenza y el escándalo. Leo no lo hizo, no podía, no la amaba.

    


© César de Castro.

   «Los abogados de un criminal raras veces son lo bastante artistas como para volver en favor del reo lo que de hermosamente horrible hay en su acto»

Friedrich Nietzsche.