Las Nubes

         -¿Cómo te llamas? -me pregunta la amazona desde el otro lado de la cerca del California. Me da vergüenza. La bestia caracolea; es mañosa y está inquieta; y es peligroso donde está: está al borde del socavón que dinamitaron para poner los rieles del tren que alguna vez va a llegar a la costa. Las amazonas montan de lado. Es hermoso ver una amazona. Se recoge el corazón verla galopar. Su pelo es rubio y la agitación colorea sus mejillas-. ¿Cómo te llamas? -repite-. ¡Tú! El del pulóver rojo. ¿Por qué me espías? Juanita se ríe; le hace una seña: se pone un dedo en la boca y después dibuja una negación en el aire. La amazona no capta el mensaje. Juanita exagera los gestos de su mensaje.
         -¿Por qué me espías? -quiere saber la amazona-. ¿Te gusta cómo cabalgo? ¿Cómo te llamas? ¿O es que sabes sólo medio sonreír?
         -¡Es que no habla! -le grita Juanita molesta, mientras nos balanceamos por una de las barandas del Puente San Antonio-. ¡No habla! -le grita Juanita de nuevo y repite el mensaje con una negación en el aire. Yo sonrío y simulo que salto al vacío.
         -¡No hagas eso! ¡Ehhh! ¡Tú! El del pulóver rojo. ¡No hagas eso! ¿Me entiendes?
         Ella grita y la bestia caracolea; es una hermosa yegua tordilla, casi azul; nosotros le decimos "Centella"; nosotros le hemos puesto nombre a casi todos los animales del fundo California. Yo me balanceo y simulo que salto al vacío; por la baranda del puente camino con las manos, hasta que a lo lejos siento que la llaman:
         -¡Señorita Rosariooo! ¡Señorita Rosaaario!
         Señorita Rosario le dicen, y es apenas una niña. Hace años la vi caerse al barro y llorar; llorar como una cría mal enseñada. "Mamita, el barro sucio" decía y lloraba. Es cierto: cuanto más crece, más bonita se pone, menos la traen, y más me gusta.
         -¡Eh, tú! -me grita; siempre me grita a mí solamente; a los otros no les presta atención-. ¡Ehhh! ¡Tú! ¡No hagas eso! ¡Me da miedo! -grita molesta y sale al galope. Yo sonrío, respiro profundo y sonrío. Eso me gusta.
          Me gusta que le pase algo con lo que yo hago.
         Juanita se baja de la baranda del puente y se va; la sigo; el Coño y el Resorte siguen jugando a la payaya, montados en la otra baranda del puente; el Bandido, como siempre, fuma y mira; cuando todos nos alteramos, él solo arruga la frente.
         Camino detrás de Juanita, por el callejón Lo Arrázuriz, en dirección al bosque de eucaliptos. Golpeo las manos para llamar su atención; pero me ignora; apuro el paso; se da cuenta y comienza a correr; dudo en seguirla; Juanita deja que el viento le levante el vestido y me deja ver sus lindos muslos. Corro tras ella. A mí nadie me gana. Yo soy el único que ha pillado un conejo; yo soy el único que lo ha alcanzado en carrera; un conejo que murió de viejo el año pasado. Los animales que se mueren de viejo no se comen. Juanita subió la cuesta y entró en el bosque de eucaliptos. Nos tienen prohibido entrar en el bosque. Rosa, la hermana mayor de Juanita, tuvo un hijo por entrar al bosque. Juanita está en una acequia tratando de sacarse una espina.
         -¿Muá? -le pregunto. Muá significa qué. No me responde. Está sudando; está enojada y sudando. Intenta sacarse una espina que se ha clavado en la planta del pie derecho. Miro la alpargata y está ensangrentada, me doy cuenta que tuvo que quebrar la espina para sacarse la alpargata. Intento ayudarla. No me deja-. ¿Muá? -insisto; pero no me presta atención. Con las dos manos se estira la planta del pie; cuando no sale sangre, se ve la espina; por el grosor se ve que es una espina vieja-. ¿Muá?
         -¿Eso te gusta? -dice sin desconcentrarse de la planta del pie.
         -¿Muá? -le pregunto nuevamente. Para mí es todo muy extraño: su molestia, su comportamiento; yo también me siento muy extraño.
         -¡Suave! -me ordena y me corrige como otras veces.
         -¿Muá? -repito, en el tono que ella quiere.
         -¿Eso te gusta? Me pregunta nuevamente metiendo el pie en el agua, para relajarlo.
         -¿Muá? -pregunto con deseos de tomarle el pie.
         -Asustar a la amazona -me dice mirándome. Le tomo el pie; y ella me deja que se lo tome-. Asustar a la amazona. ¿Eso te gusta? -Solamente le miro el pie, ha dejado de sangrar, sé cómo sacarle la espina. Quiero sacarle la espina, para poder pensar; la espina en su pie no me deja pensar.
         En el bosque de eucaliptos no hay espinos; me alejo un poco, hacia el bajo, busco un espino más o menos viejo; saco varias ramas, con espinas viejas y firmes; regreso. Juanita me observa y me pregunta:
         -¿Muá?
         No le respondo. He encontrado una espina vieja y firme, corta, la desgancho de la rama y me siento enfrente de Juanita. Le tomo el pie y comienzo a tratar de ensartar la espina que tiene en su pie. Me cuesta. Varias veces le clavo la planta del pie, Juanita no se queja, tampoco retira el pie; soporta; sabe que es peligroso.
         Me cuesta mucho sacársela, la carne aprisiona la punta de la espina; sé que es una reacción normal. Juanita se mira la planta del pie y aprueba lo que estoy haciendo. Yo miro hacia otro lado para no mirarle los muslos; pero le he visto los muslos sudados y el calzón; lleva un calzón de gitana, amarillo; las gitanas llevan calzones de colores.
          Logro sacarle la espina, le hago sangrar la herida: le chupo la sangre para que no se le infecte, le paso el pedazo de espina, marrón, indicación de que se trata de una espina vieja, vieja y dolorosa. Juanita descansa; se tiende de espaldas y mira el pedazo de espina, mientras yo le succiono la herida; ya casi no le sangra; se la muerdo; le muerdo la planta del pie para que sangre; Juanita tiembla, junta las piernas y soporta, se pone una parte del vestido entre las piernas y soporta; con las manos apretadas entre las piernas soporta. Dejo de morderla; ya no sangra, hago que baje el pie y que toque la superficie del agua; Juanita se queja, con una mano se tapa la boca, le lavo el pie y después, por la herida, le paso la lengua; le paso la lengua varias veces, le paso la lengua así como los perros se curan las heridas; Juanita se queja suavemente, parece que le gusta.
         Y si a ella le gusta, a mí también me gusta; Juanita mira el cielo y cuando se estremece, cierra los ojos, entonces yo la miro y me gusta, le paso la lengua por la herida y por todo el pie; le meto la lengua entre los dedos, le chupo los dedos, le chupo sus dedos pequeñitos y le abro la herida para que le sangre. La herida no le sangra, Juanita se queja, pero no me pide que no lo haga. Le beso la herida; Juanita reacciona y me pregunta qué hago:
         -¿Muá? ¿Muá? ¿Muá? La miro sorprendido. Percibo de inmediato que no debí besarle la planta del pie.
         -Yo no soy la amazona -me dice Juanita molesta, muy molesta, y me retira el pie. Me avergüenzo; agacho la cabeza y miro el agua que corre, un pedazo de cielo se mete por entre las copas de los eucaliptos y se refleja en el agua, por ese pedazo de cielo en el agua pasa un desfile de nubes.
         -¿Muá? -pregunto ensimismado, consternado, viendo cómo las nubes pasan por el agua.
         -El beso -dice Juanita, poniéndose de pie-, es el símbolo del amor.
         No me interesa. Me acomodo en la orilla de la acequia para no perderme ese conmovedor espectáculo de las nubes pasando por el agua.
         -El beso -me explica Juanita-, es el símbolo del amor. Uno da un beso, y promete amor.
         Me cuesta bastante esfuerzo darme vuelta para mirarla; pero debo hacerlo; Juanita es buena conmigo; y sé que debo hacerlo. Percibo algo enigmático en su rostro: es la muchacha más hermosa que he visto, con una enorme capacidad para expresar distintos sentimientos con precisión y firmeza; pero no entiendo qué quiere decirme ahora. Su sonrisa mezclada de enojo, me confunde. La miro hacia arriba; el brillo de su mirada y un pedazo de cielo con nubes avanzando, me hacen volver al agua. De nuevo: el cielo, las nubes avanzando, y de pronto el rostro de Juanita.
         -¿Eso te gusta? -me pregunta; y se monta sobre mi espalda. Mirando las nubes que corren por el agua, siento su aliento en mi oído. Me doy vuelta. Juanita me besa y se va.
         Las nubes pasan por el agua, pasan y pasan, y yo no me canso de verlas pasar.

         Más tarde, el guardabosque, de regreso a su cabaña, me pregunta:
         -¿Qué miras niño?
         Le muestro las nubes en el agua; el viejo baja la pala del hombro; se inclina; un rato ve las nubes pasar; y al irse comenta:
         -Las nubes son como la vida que se va.
         Me quedo pensando en lo que ha dicho el viejo. Desde lejos me grita:
         -¡Más vale no verlas pasar!
         -¿Muá? -le grito-. ¿Muá?
         El viejo se ríe; se detiene un poco, apenas se da vuelta y me grita:
         -¡Son sólo agua que se va!



© C.Briones
Lo Franco, Chile 1995-1999