Isolda Despierta Maravillada

La muerte y la vida se unen 
en la belleza, y también
en la verdad.

María Fernanda Uribe



   La niña sueña por un instante que entre el follaje y los musgos de un bosque ya muerto, de un bosque sin pinos, ni flores, ni pájaros, va perdiendo a su padre. Pero un momento después la niña se revuelca un poco y se despierta. Se acomoda entonces de nuevo y se decide otra vez a cancelar sus cansadas pupilas y a enterrar sus sueñitos de espanto. Estira sus brazos y se ajusta la frazada que, por cubrirla del frío hasta la barbilla - no más arriba por lo del asma -, le deja frías las punticas de sus pies al descubierto.

   Él, Tristán, entre tanto, presintiendo desde la soledad de su alcoba el regresar de sus sueños, de los eternos sueños de Isolda, vuelve y se agita en su cama, se enrolla en su manta, se retuerce, entreteje desvaríos con remordimientos y, no pudiendo más, se levanta, prende un nuevo cigarrillo, calienta el café de la estufa y va a exiliarse de nuevo en la mesa de trabajo de su biblioteca. Entonces, fustigado por la memoria y el ansia, torna de nuevo a la máquina y a las hojas en blanco.

   Al cabo de un tiempo, de un tiempo ya largo y tedioso, Tristán reacciona optimista pensando que la niña al darle otra vez la vuelta al rondó de sus sueños, reflexionará tranquila y recordará precisa que él se lo había dicho, que no había por qué estar tristes cuando se sabe que el mundo no es inequívoca y eternamente de acíbar o de miel, que si uno se pone triste es por culpa de su propio amor que comienza a enfermarse, que en fin, si queremos que todo lo que nos rodea sea hermoso y amable, debemos mantener la fe cerrada y el alma limpia.

   A veces como que no lo atino... mi padre, sueña en voz alta la niña, que se rebela, con todo, ante tanta injusticia. Su estancia está fría e inmóvil. Las cortinas, de grandes mariposas alegres y juguetonas golondrinas estampadas, se descuelgan calladas y quietas. En el bosque muerto de Isolda tampoco hay sol, ni nubes, ni viento. Las lilas no huelen... Y de pronto ocurre el milagro. Las tiernas amantes miradas de Tristán e Isolda se cruzan en el sueño de la niña, fijas y blancas para que duren siempre, y así, de tanto mirarse y comprenderse, pacientemente ellas mismas solas, las miradas tiernas y amantes, descorren el absurdo velo de las incomprensiones. Entonces, sorpresivamente, la niña se agita de nuevo en su sueño, tira la frazada al suelo y se duele de los grandes amores, de los amores que le estampan bellas frases a su alma inocente y después se van y la dejan. Isolda sufre por ello, se da otra vuelta pero esta vez recoge del suelo la frazada, se envuelve y repite medio adormilada: Si queremos que todo lo que nos rodea sea hermoso y amable, debemos mantener la fe cerrada y el alma limpia.
- Léeme, por fa - le dice en su sueño a su padre - léeme algo de ese libro que estás escribiendo, ¿ sí ?, te lo ruego.

   El padre, ahora sí, tiesa la mirada y advertido el sentimiento, le lee a sus sueños. Se cala los lentes, devuelve las ajadas cuartillas, y señalando con su dedo índice el primer párrafo de lo que está escribiendo, recita: Que la tristeza no roce tu nombre ni tu alma sufra las ampollas que causan su roce. Sólo el amor libera al hombre de su soledad... Pero el padre repentinamente se detiene y la piensa muy profundo de nuevo a la niña hasta sumergirse en su adentro inocente.

   La niña en el sueño se alegra. Se levanta y pone un disco. Reclina su cabecita sobre el tibio césped de sus pantalones. Y luego, mientras le toma las manos, le dice:
- Escucha, papito, es Pimpinela...

   Y es entonces cuando Tristán, desde la soledad de su estancia, allá en su sueño desvelado y sin frazada, recuerda como Isolda le recibió en la puerta de su casa con la nerviosidad de sus ojitos acompasada por los cándidos tics de sus párpados y la sonrisa eterna de sus agradecimientos.

   - ¿ Te figuras la dicha que me da verte ? - le decía la niña en aquel otro sueño - Mírame, ¿ cómo me veo?

   - Adorable, mi amor, adorable - le responde el padre mientras la contempla desde los zapaticos negros de charol hasta la florida coronita de su cabeza, pasando por su vestidito de organza blanco de su primera comunión ( que no pudo verle si no fuera por la generosidad de ese sueño ), arrepentido de no haberle dado como respuesta y por todo y para siempre un abrazo sin fin y uno de aquellos apretados besos sin retorno.

   Isolda, inquieta de nuevo, repasa la figura de su padre. Se muerde las uñas, echa hacia atrás su cuerpecito y alcanza la perspectiva que necesita para mejor verlo y decirle:
- Todo esto me parece mentira, papito. Ni porque estuviera soñando

   Por último, la niña, recogida en ovillo, está allí, dormida en un sueño soñando a su padre bajo el arrullo de la música de Pimpinela que brota del disco que ella misma dejara puesto antes de abandonarse en el sueño. La niña, ese alado caracol menudo y rosado de ojitos nerviosos y tics en los párpados, con la puntica de sus pies helados y su cabecita cubierta a medias por lo del asma, está sin embargo, rígidamente adentro de los pensamientos desesperados de un trágico sueño.

   Al otro día Isolda despierta asombrada. Ve cómo el sol y las nubes y el viento se agitan contentos y observa incrédula el retozar de las mariposas, el silbar de los pájaros y el perfumar incesante de las lilas. Y es entonces cuando, en ese mismo instante, Isolda maravillada, ahora sí despierta, susurra feliz y radiante:

   - Que la tristeza no roce tu nombre ni tu alma sufra las ampollas que causan su roce. Sólo el amor libera al hombre de su soledad. Papito, te entiendo.


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Bogotá, 1983
© Germán Uribe.