Primer Movimiento

« Omne animal post coitum triste »
S. Freud, Manuscrito F, Epicrisis.

         Era una tenue luz naranja que permitía a los objetos cambiar de lugar. Venia del foco de la calle, atravesaba el vidrio inglés de la claraboya que solo dejaba pasar un fino polvillo, se repetía inútilmente en la luna del espejo, y finalmente se echaba sobre el cuarto cerrando un acuario donde todo existía lentamente.

         En una pareja la palabra debe ser el último recurso, pensó envuelto en el polvillo dorado mientras balanceaba con desgano la pelvis repitiendo el antiguo y dulce movimiento de la lanzadera de las hilanderas. El pistoneo ya era imagen del movimiento perpetuo, de manera que podía desatenderlo y dedicarse a pensar en sus cosas que es lo que más le gustaba y mejor le salía en esos momentos. Al verla así, arrodillada sobre el edredón, con la cabeza de perfil aplastada contra la sabana, hizo el calculo mental necesario para concluir que, dentro de pocos años, se parecería irremediable y dolorosamente a su madre, un ser giboso, tembleque, blancuzco y babeante, como un sándwich de miga. La imagen era demasiado fuerte y, por experiencias anteriores, sabía que corría el riesgo de perder el ritmo del pistoneo, lo que le hubiera valido un gesto de desaprobación de aquel cuerpo que, desde el escorzo violento en que lo observaba con el único ojo disponible, no dejaba ninguna duda sobre lo que esperaba de él. Para recobrar el control, tomo las riendas del problema cogiéndola fuertemente de las muñecas; eran tan pequeñas que no pudo reprimir a tiempo un sentimiento de ternura, que inmediatamente ahuyentó para evitar distraerse.

         Desde su posición, arrodillado atrás  de ella, y tironeando rítmicamente de aquellos brazos que se le ocurrían riendas, fue inevitable la asociación con un carro que él debía guiar hacia un lugar que todavía ignoraba. Era un carro distinto, tal vez el de Platón, pensó, y no esos que por las noches juntan la basura que las ciudades mastican, trituran, degluten y digieren durante el día, y vomitan por la noche. Claro que con el de Platón existía el problema de los dos caballos. Anoto in mente: probar algún día a la manera del griego.

         Pero ahora el suyo era un carro con una yegua morena y brillosa, los músculos a flor de la piel húmeda, tensos como cuerdas de violín. Lo guiaba por un camino de tierra negra, enmarcado por dos sólidas paredes verdes que vertiginosamente se iban abriendo delante de la yegua y desaparecían, igual y misteriosamente, detrás de él. Al fondo se alcanzaba a ver una superficie argentada, debe ser el río de Heráclito, pensó. Retornó a la mujer, y mirándola desde el pescante, con los ojos que había dejado en el cuarto en previsión de cualquier acto descontrolado, vio que el cuerpo en picada, envuelto en la luz dorada, daba la imagen perfecta de un Stradivarius. Pero en este punto, fatalmente, reapareció el fantasma del ser blancuzco y babeante, y aquel instrumento de madera musical sobre el que deslizaba su arco buscando la última nota, se le empezó a derretir, ablandar y chorrear, mostrando con toda crudeza la forma de un contrabajo maltrecho y magullado, pellizcado por un músico viejo y desilusionado, que sueña con la filarmónica en el tabladillo de un cafetín. No habría, una vez más, el acorde que derrumba las murallas.

         Fue demasiado, dio un golpe seco que lo llevo brutalmente de las riendas a los brazos; el leve crujido de los huesos y tendones, al reacomodarse, atravesó los hombros de la mujer, dejó suaves ondas en el polvo del acuario que ya amanecía, no se reflejó en la luna inútil, intentó en vano salir de la habitación y volvió al centro de su cabeza donde dio dos brazadas hasta que pudo fijarlo al entender que era una pequeña porción de placer que se sumaba al otro mayor, como cuando te sacás las mentiras tirando de los dedos, quiso decirle; pero acabó sin fuerzas cayendo de costado en una de las dos realidades por las que se deslizaba su existencia. Con la nariz hundida en la sabana aspiró el dulce olor de la alfalfa.

¤ ¤ ¤



© Carlos Arigós
Concordia, Entre Ríos, Argentina.