El Fogonero

          I

      Lo que más me impresionaba de mi padre era su palidez. Lo que más me gustaba era su costumbre de llegar cargado de paquetes con regalos. Siempre de traje azulmarino, camisa blanca, corbata de seda, más un prendedor de oro con la flecha de Cupido, con una dedicatoria que decía: "Eternamente: Ana". Sus ojos azules, sus hermosos ojos de actor de cine, para mí no eran nada especial, siempre me parecieron del color del cielo al mediodía, pero encapsulados en sus anteojos de fogonero, con la cara llena de tizne, me parecían los ojos de una pantera. Para mí no había nada más fascinante que ver a mi padre echando paladas de carbón a la caldera.

      Cuando tenía siete años me llevó de Santiago a San Fernando. Primero pasaban las casas y las sombras de las casas, los árboles y las sombras de los árboles en sentido contrario. Todo corría ante mis ojos; hasta que salíamos a campo abierto y comenzábamos a cruzar extensos páramos. Yo iba con una emoción contenida.

      Don Rufino era el maquinista, y los fogoneros eran mi padre y el joven Alberto. Todos eran muy amables conmigo; me daban de sus comidas y a cada tanto me alzaban para que pudiese alcanzar la correa que hacía pitar la locomotora.

      En San Fernando, a unos 140 kilómetros de Santiago, me dejaron en el restaurante de la estación. Ahí me cuidó una señora que tenía un niño que se llamaba Rafael igual que yo.

      A los trece años mi padre me llevó hasta Chillán. Me aburrí. Las cosas que vi en esos 400 kilómetros no me gustaron. El Mundial de Fútbol de 1962 me interesaba mucho más que el paisaje del sur. Estuve una semana en Chillán. Me alojé en la casa de la directora del Liceo Gabriela Mistral. Esta señora tenía una casa grande y bonita. Su hija, un año mayor que yo, pero un poco más baja y de aspecto menudo, tenía una radio exclusivamente para escuchar conciertos. Sólo una vez, en contra de su voluntad, con el terror de la cocinera, y la complicidad del jardinero, escuchamos un partido de fútbol. Se llamaba Genoveva; era morena, tenía el pelo negro como su madre y los ojos azules como mi padre. Todos decían que era muy bonita. Aunque parecía enclenque, tenía unos huesos duros como piedra y músculos por todas partes. Iba cuatro veces por semana a clases de ballet. Ese domingo por la noche, estaban en la estación esperándonos con flores.

      -¡Salude a su primo, hija! -le dijo su madre mientras ella saludaba a mi padre. La niña hizo como que me besaba. Cenamos en su casa, bastante bien. La primera vez que yo usaba tenedor y cuchillo; en el Internado, donde había pasado los últimos cinco años, solamente usábamos cuchara. Después de la cena, me quedé dormido mientras Genoveva tocaba el piano.

      Lunes y martes, Genoveva se comportó como una idiota completa. Su madre, por el contrario, me mimaba; me colmó de regalos y trataba de que la niña fuese amable conmigo. Le decía que yo era muy inteligente, y le repetía que a mi regreso a Santiago yo iba a entrar en el Seminario; y la niña me miraba como si estuviese mirando una botella de aceite de bacalao.

      El miércoles por la tarde fuimos a la piscina y por culpa de la muy estúpida casi me ahogo. Yo no sabía nadar y donde estaba la parte honda, me dijo que era la baja. Además me provocó:

      -¡Dicen que los hombres saltan primero!

      Salté por supuesto. El susto y la rabia me pusieron furioso. Salí, como pude, y le dije que la iba a matar. Le dio miedo y se fue a vestir. Volvimos a casa sin hablar. No le pegué; le tuve la mano encima, pero no se la dejé caer. Cada vez me pedía perdón, pero formalmente, sin sentimiento. En la cena, volvió a ser la niña altanera, y contó lo que había pasado.

      -¿Sabes, mamá? Rafaelito dijo que sabía nadar y casi se ahoga.

      Su madre se ruborizó y pidió detalles. Se los di yo, sin mencionar las amenazas de muerte, y pasamos a otro tema. Terminamos de cenar y salimos para la estación, que quedaba a dos cuadras, pero salir de noche era una aventura.

      El tren estaba por pasar. Caminando rápido, llegamos un poco antes. Caramelos, helados, manzanas confitadas: la madre de Genoveva se volvía loca cada vez que salía con nosotros.

      Genoveva decía siempre que no; yo decía siempre que sí. Después me dijo que eran modales de buena educación decir siempre que no: "aunque en tu Internado te hayan enseñado a decir siempre que sí como a los monos enjaulados". La maldita decía que yo no sabía "discernir". Yo no sabía lo que era discernir. "Esperemos que cuando te enjaulen en el Seminario, te lo enseñen, Rafaelito". Pronunciaba "Rafaelito" como si dijera una mala palabra. Su sonido no me entraba por los oídos, yo lo respiraba, me lo tragaba, y me descomponía.

      Cuando sentimos el tren se armó un alboroto. De pronto divisamos la locomotora entrando en la estación. Pasó lentamente delante de nosotros. Empezamos a caminar a su lado; desde la ventanilla mi padre nos hacía señas.

      Finalmente el tren se detuvo, y mi padre bajó de entre el humo y el vapor con su uniforme negro, enteramente lleno de hollín, blancos tenía solamente la parte de los anteojos protectores y la parte de la boca que le marcaba la mascarilla. Se sacó los guantes, le tomó las manos a la madre de Genoveva y se las besó. Después a Genoveva y a mí nos dio un beso en la frente.

      Recibimos los paquetes. El más grande era para Genoveva: un vestido; los otros eran para su madre: "encargos": libros, diarios que le llegaban de Europa a Santiago, jabones y perfumes; y para mí: ropa limpia que me mandaba mi madre.

      En Chillán el tren se detenía diez minutos que los aprovecharon para intercambiar novedades. Mi comportamiento fue alabado en varias oportunidades; hasta que Genoveva contó que estábamos un poco cansados porque habíamos ido a la piscina.

      En ese momento la madre de Genoveva le preguntó a mi padre si tenía sed y nos mandaron a comprar refrescos.

      -Te voy a tirar debajo de la locomotora -le dije a Genoveva cuando estuvimos solos. Me miró sonriente y no dijo nada.

      Cuando volvimos, mi padre y la madre de Genoveva se estaban besando en la boca. No sé por qué, traté de evitar que Genoveva viera eso. Me puse por delante y le dije:

      -¡Volvamos! Se me ha olvidado el vuelto.

      Pero no me hizo caso, se apartó y me dijo con sarcasmo:

      -Lo llevas en la mano, ¡Rafaelito! -Nos acercamos con las bebidas y la mujer separándose de mi padre dijo:

      -¡Pero cómo han tardado! Ya nos estábamos despidiendo.

      -Rafaelito no ha querido importunar -dijo Genoveva tomándome de un brazo, con esos aires de persona mayor que yo odiaba y envidiaba.

      Algo raro sentí en ese momento. Me retuvo, y yo me dejé retener. Mi padre se despidió, subió a la máquina, y por la ventanilla nos dijo que nos retirásemos. La máquina comenzó a moverse, pitó dos o tres veces, y partió.

      Nos quedamos mirando el tren hasta que se perdió de vista, haciendo señas y diciendo "adioses" que ya nadie escuchaba.

      En casa, la madre de Genoveva nos pidió un poco de atención para leernos una noticia que se refería a un pianista chileno que había dado un concierto en Europa. Prometido y amenazado quedó que al día siguiente iríamos a la "casa natal" de ese chileno tan insigne; como de costumbre yo no tenía la menor idea quién era. Para corregir tamaña falta, la madre de Genoveva le dio cuerda a la victrola y nos sentamos a escuchar la sonata "Claro de luna" de Beethoven interpretada por Claudio Arrau.

      Me gustó, pero me quede dormido.

      Cuando desperté, lo primero que vi fue el pelo de Genoveva, suelto, sobre su camisón celeste. Luego escuché los sonidos del piano. Genoveva era otra y yo la veía distinta.

      Seguí haciéndome el dormido. Genoveva repetía y repetía... Cuando terminó, se calzó las pantuflas y se acercó al sofá. La violenta luz de la mañana le daba de espaldas y el camisón era transparente. Me estuvo observando.

      Yo respiraba como si estuviese durmiendo, pero tenía los ojos entrecerrados. Se acercó y me rozó la cara con su pelo, pero yo no despertaba. Se irguió y me dijo:

      -Hace rato que estás despierto -y se fue.

      Desde entonces fue amable y encantadora, pero dura. Ella dictaba y yo obedecía: "Siéntate a mi lado. Pon tu cara al lado de la mía, más cerca, quiero sentirla". "Abrázame", me dijo una vez frente a la ventana: "Tómame, así, por detrás"...

      -Rafael, quiero que me quieras. Quiero que cuando grande, también seas fogonero.

      Me sorprendió, pero me sentí muy bien; yo también quería ser fogonero como mi padre. (Mi padre decía que no, él quería que yo fuese ingeniero, y no le gustaba cuando yo decía que quería ser futbolista profesional.)

      -Quiero que sepas que, si no vuelves, te buscaré. Te buscaré para matarte.

      Ya me había dado cuenta que Genoveva era medio rara, pero había empezado a gustarme.

      -Ahora quiero que me toques, como se tocan los amantes.

      -¿Cómo se tocan los amantes? -le pregunté.

      -Eso tienes que saberlo tú. Los fogoneros lo saben. Ven, ahora quiero que seas un fogonero hambriento. ¡Ven! ¡Vamos!

      Fuimos a la cocina y me hizo comer pequeñas porciones de frutas, mermeladas y verduras hasta que me sentí mal. Después me llevó a su pieza y comenzó a desnudarme mientras me decía:

      -Rafael, lo que más me maravilla de ti son tus brazos. Me gusta todo tu cuerpo, tu pecho, tus piernas, tus ojos... Pero ¡tus brazos! Estréchame, son duros como los barrotes de una cárcel, y yo estoy prisionera entre ellos. Sé que no puede ser. Sé que en pocas horas tienes que partir, pero nada me importa. Vivo para estos instantes. Si mi vida fuese una suma de estos instantes no sería tan bella como lo es cuando el sueño se convierte en realidad. Tu fuerza tiene algo férreo. Hueles a metal. Metal dulce y mío. ¡Tócame! ¡Márcame! ¡Lléname! Entra en mi vida, entra hasta en lo más profundo de mi ser. Te espero. Soy una estación esperando el amor. Soy la estación por donde pasa el amor. ¡Lléname de fuego, fogonero! Como una máquina me trago todo lo que me das y siempre me falta. Ardo como una caldera; pero si te tuviera tanto como quiero, sé que explotaría. ¡Lléname de metal ardiendo!

      -¡¿...?!

      -Rafael... ¿Te gusta lo que te digo?

      -¡Déjame verte! -le dije y comencé a desabrocharle la blusa, pero en ese momento sentimos que venía la cocinera.

      Genoveva no la dejó entrar hasta que yo estuve vestido y sentado al lado de la cama con unos libros esparcidos por el suelo. La cocinera preguntó qué estábamos haciendo y Genoveva contestó con su voz propia que estábamos mirando unas reproducciones de pintura italiana. La cocinera miró y se fue.

      Salimos, nos fuimos a caminar por el campo. Nos sentamos a la orilla de un río, entonces me preguntó con dulzura:

      -¿Qué quieres hacer ahora?

      -Estar contigo nada más; estar contigo donde solamente estés tú -le dije, sin saber lo que decía.



      II

      Volví cinco años después. Su madre había muerto hacía poco en un accidente aéreo. Mi padre ya era maquinista, pero lo habían destinado a un ramal que une Santiago con el puerto de San Antonio.

      El viaje lo hice solo, tenso, y desesperado, en un vagón de primera clase. Llegué a Chillán convertido en un idiota.

      No había nadie esperándome. En el Hotel de la Estación me atendieron bien, pero nadie me reconoció. Tomé una pieza, como me lo había ordenado mi padre; me refresqué un poco, saqué los regalos y partí. En el antejardín, esperándome, estaba la mujer más hermosa que yo he visto, más hermosa que en mis sueños incluso. Una mujer bella y misteriosa.

      No era resignación o abatimiento lo que Genoveva irradiaba, sino misterio. Tenía los mismos ojos de mi padre y estaba casi tan alta como él. No era una muchacha de 19 años, sino una mujer, de cuerpo y de carácter imposibles de definir. Era singular. Nos abrazamos y nos besamos en las mejillas.

      Me había imaginado repetidas veces cómo le mordería los labios, cómo la estrujaría entre mis brazos; pero nada fue así. Su cuerpo había cambiado. Se había convertido en una atleta. Estúpidamente toqué el tema:

      -Varias veces he querido saber cómo van tus clases de ballet, pero veo que ninguno de los temas que yo he tocado son de tu interés -dije más o menos formalmente, poniendo expreso cuidado en no resaltar la palabra ninguno que para mí abarcaba los verdaderos temas del diferente interés que surgía de nuestra correspondencia.

      -Hace dos años que no hago ballet -me dijo sin darle importancia al tema.- Pasa, por favor, debes venir agotado.

      -Eso es cierto; pero antes quiero saberlo todo.

      -Yo también -intercaló ella con picardía y elegancia; mientras me indicaba el lugar donde debía sentarme; el mismo puesto de hacía cinco años: el primero, a la izquierda de la cabecera.

      -Estoy a tus órdenes -le dije-. Pregunta ¡lo que quieras!

      -Bueno. Veamos: ¿Cómo están por tu casa?

      -Todos bien, sin novedad, ¡gracias! -contesté con soltura y tomé asiento.

      -¿Cómo está mi papá? -preguntó sin dramatismo ni entonación, y tomó asiento, como hacía cinco años: en el primer puesto de la derecha.

      -¡¿Mi papá?!... ¡Está bien! Ya sabes, te lo conté en una de mis cartas, ahora es maquinista. Está muy contento...

      -¡Qué bien! -aprobó con cortesía mientras le recibía una bandeja con dos tazas de té y galletas a una cocinera que yo no conocía, ante la cual me presenté ofreciéndole mi mano y diciéndole mi nombre. La pobre mujer no supo qué hacer, miró a Genoveva que estaba expresamente distraída, se escondió las manos en el delantal, y retrocedió diciendo:

      -¡Discúlpeme, señor! ¡Con su permiso!

      Este incidente me permitió cambiar de tema, inquirir nuevos detalles sobre la muerte de su madre, transmitirle las enigmáticas condolencias de mi padre, mientras en mí seguía resonando su pregunta: "¿Cómo está mi papá?"

      Hablamos de todo, pero menos de lo que había pasado hacía cinco años. Salimos a caminar; y al caer la tarde volvimos al lugar maravilloso que yo tanto recordaba.

      Genoveva, de pie, mirando la ciudad, dijo:

      -Debemos olvidar el pasado. No se puede vivir recordando. Quiero que me olvides. Quiero que me lo prometas.

      Hablaba como hacía cinco años, con el mismo tono dulce e imperativo. Le habían crecido los pechos; y ahora le costaba respirar.

      -Rafael, ¿me lo prometes?

      Yo seguía sin hablar. Era tan hermosa. Temía balbucear. A mí me gustaba pensar; no me gustaba hablar; no sabía hablar. Me había preparado para expresarle con frases hermosas y bien hechas lo que sentía; las locuras que me había imaginado, pero me había olvidado de todo lo que quería decirle. Sólo me acordé de un verso de Harold Maine que yo había plagiado: "Entre tus piernas cantan las eternidades", le dije.

      -Genoveva: entre tus piernas cantan las eternidades.

      Se molestó; y me dijo cosas muy duras, injustas, absurdas. Cosmogonías, imaginaciones horrendas, teologías insostenibles, llenas de negación y muerte. Me di cuenta que ella, lamentablemente, creía en esas cosas. Esas cosmogonías que, contra la voluntad de mis padres, yo había dejado de estudiar, esas creencias que la inteligencia me había obligado a cuestionar: ella, ahora, las aceptaba. Retrocedía. La infelicidad se había metido en su mente y la torturaba. Las falsedades, cuyo descubrimiento me habían abierto las puertas del ignominioso encierro seminarista, me la arrebataban ahora. Tenía que luchar.

      Regresé esa misma noche, recordando. Me di cuenta que no había sido capaz de decirle: "Así que somos medio hermanos". Sentí de nuevo el peso de la soledad, más que el peso del silencio; sentí el peso de la sinrazón. Me imaginé el oro blanco, transparente, que se desfogaba de su gruta. En ella yo rezaba, y le repetía: "Entre tus piernas cantan las eternidades. Te toco y siento que toco la completitud del ser".

      El tren cruzaba los campos del sur de Chile; y yo hablaba y escribía; le decía lo que no había sido capaz de articular: "Un hombre feliz, eso es lo que quiero ser. Quiero que sepas que hace cinco años desperté. Genoveva, después que el hombre despierta, las vigilias del placer y del ser, de la completitud, lo disparan como una flecha, cuyo blanco será siempre la mujer que desea. Nada puede reemplazar esa fuerza, esa felicidad. Nada. Genoveva Araya: ¿Dónde estás, mi amor? Genoveva, el celibato es abyecto; Dios no quiere célibes, Él quiere hombres felices; no hombres llenos de odio que defienden fantasías, letra muerta, misas, rituales absurdos, fanfarria en platillos de oro. Esos seres que no saben lo que es el amor: se queman y niegan el fuego". Me sorprendí, en repetidas oportunidades, mirando la noche y diciéndome: "¿Y qué si somos medio hermanos?"

      Rezaba y escribía. El amor me daba fuerzas; el odio me las consumía.

      "Todas las religiones mienten, todas amenazan. Yo quiero ser un sacerdote del amor, quiero ser Lawrence. Él es el apóstol de nuestro tiempo. "El amante de Lady Chatterley", nuestra biblia. Ningún infeliz célibe, lleno de odio, nos impedirá ser felices. Ningún incienso, ninguna droga, ningún infeliz con sotana o con uniforme podrá cerrarnos las puertas del amor".

      Llegué a Santiago; en la Estación Central tuve un momento de arrebato e inspiración. Horas más tarde tomé el mismo tren de regreso a Chillán. Me aprendí de memoria lo que quería decirle: lo pensé, lo escribí, y me lo aprendí de memoria.

       "Las costumbres de nuestro tiempo no deben ser enmugradas con viejas imaginaciones hebreas sometidas a Platón y Aristóteles. Los que se niegan al amor y defienden la polución, los que se niegan al impulso natural y orgánico de sus propios cuerpos en nombre de especulaciones enfermizas, los que anteponen el sentimiento absurdo del pecado al del amor completo, del amor que sólo se realiza si hay sexo, sólo si hay orgasmo y eyaculación, sólo si hay deseo de recibir y de entregar: no podrán abatirnos".

      Dormitaba, recuperaba fuerzas, y seguía elaborando mi defensa del amor. Temía hablar como Lutero; lo odiaba. Me habían enseñado a odiarlo primero; no lo había leído y ya lo odiaba.

      "Ningún viejo elegido por ancianos infaustos, ninguna elección viciada, ningún falso representante, ningún negador de la naturaleza: podrá negarnos la felicidad. Nada hay más hermoso que entregarse a la mujer que uno ama. Ser feliz, ésa es la meta de la vida. Para eso viven los hombres dignos; los equivocados viven para negarlo".

      Escribía y leía en voz alta lo que iba a decirle. Ya había decidido que se lo diría, para que ella lo supiese.

      "He pasado cinco años pensando en ti todos los días; masturbándome todos los días: hace bien, es la mejor manera de relajarse, así uno es más humano. No hay que buscar la divinidad castrándose; hay que buscar ser cada vez más humano. Podemos ser felices sin tener la aprobación de los que niegan el amor. Podemos ser felices, Genoveva. Cuando nos entregamos, y nos olvidamos de todo: duplicamos la vida. Esa es la meta: vida más vida. Aunque te niegues, cuando te recuerde, estarás en mi imaginación, entonces seré tuyo. Te mostraré todo lo que soy capaz de dar. Después descansaré. Recuperaré fuerzas para seguir siendo lo que quiero ser".

      Voy al baño y mientras orino, pienso:

      "Ningún maldito antijudío lleno de odio me podrá negar este placer. En este instante, ella es mía. No quiero sus campos, no quiero sus jardines, su inmensa casa: sólo quiero que se agote en mis brazos. Yo me agoto en los suyos y respiro como nunca he respirado; después sigo golpeando tambores, cortando cabezas, abriendo cadáveres, enterrando semillas, fundiendo metales, firmando documentos, asaltando bancos, mirando la noche. Pero por un instante, cada vez, soy feliz".

      Llegué a Chillán después de medianoche. Camino a su casa pensaba lo que le diría: "Como una catedral, de par en par, se abrirán las puertas del amor. ¡Malditos sean los malditos que quieren negarnos que seamos felices! Es más hermoso el rito en mi soledad, en las profundidades de mi mente adorándote que las sotanas polucionadas y la fastuosidad de los patéticos rituales de los castrados y castradores".

      La cocinera, sin abrir la puerta, me dijo que la señorita había partido a Santiago. No le creí. Esperé tres días en el Hotel de la Estación. Genoveva no regresaba. Investigué que había ido a hacer unos trámites notariales; y que estaba de novia; de novia con un cadete.

      De noche entré en la casa, la recorrí; la cocinera dormía; nadie me sintió; revisé la pieza de Genoveva y olí su ropa; me tendí en su cama y me quedé dormido. Le agradecí que no me lo hubiese dicho. Recé con fervor:
"Si una mujer comparte mi amor
mi verso rozará la décima esfera de los cielos concéntricos;
si una mujer desdeña mi amor
haré de mi tristeza una música,
un alto río que siga resonando en el tiempo".
  1


      Al día siguiente me despertaron la cocinera y el jardinero armados de un palo y de unas tijeras para cortar pasto.

      Regresé a Santiago y me fui de la casa. Viví 12 años felices en el norte de Chile: recordándola y olvidándola. He estado 14 años fuera del país: me expulsaron en 1974. En 1988 murió mi padre y a su funeral llegó un señor que ya no vive.



      III

      -Usted es Rafaelito, ¿verdad? -me preguntó con esa voz quejumbrosa de algunos ancianos. Me limité a mirarlo. El anciano no esperaba mi respuesta. Dos individuos lo escoltaban, y de acuerdo a sus indicaciones dejaban de sostenerlo-. Yo estoy en deuda con su padre, estamos unidos; acordamos algo atroz, que no vale la pena recordar. Estoy en deuda, y si algo puedo hacer por usted, dígamelo ahora, dentro de poco ya no podrá.

      Dijo un nombre de esos que todavía en Chile impresionan; pero después de 14 años en Europa a mí no me dijo nada.

      -¿Qué puedo hacer por usted? -le pregunté con cortesía que sonó a arrogancia. El anciano sonrío, y dobló la cabeza desconsolado. Me impresionó; le hice otra pregunta-: ¿Quién es usted señor?

      Hizo un gesto con su mano derecha. No supe interpretarlo; uno de los escoltas me indicó qué quería el anciano. Acerqué mi oído a su boca.

      -Soy el padre de Genoveva. -Lo dijo apenas, como si la confesión le pesara más que el hecho. Me retiré un poco y lo miré: no se parecía a mi padre; pero también tenía los ojos azules.

      -¡¿Usted?! -le dije.

       -Sí -me dijo-; somos hijos de la misma madre, y durante muchos años hemos amado a la misma mujer. Decidimos que Gabino -se refirió a mi padre por su, voluntariamente olvidado, primer nombre-, asumiera la responsabilidad de ser legalmente el padre; queríamos herir, no ofender, a nuestra madre.

      -¿Lo sabe Genoveva? -le pregunté con apremio-. ¿Se lo puedo contar a Genoveva?

      El viejo movió la cabeza negativamente una vez y después le reapareció el gesto de desconsuelo.

      -¿Dónde está Genoveva? -quise saber con alguna insistencia, pero el viejo hizo un intento de levantar los hombros.


      Al día siguiente hablé con mi madre, que se sintió ofendida por lo que le conté, pero me sugirió algo:

      -Por el cadete -me dijo.

      Dos semanas más tarde tocaba el timbre de la mansión donde vivía el viejo. Tenía un plan simple; con una petición simple: que me financiara la búsqueda de Genoveva. Aceptó; con la condición de que jamás mencionaría su nombre, a nadie.

      He trabajado tres años. A los seis meses de investigar tenía un catálogo de numerosas pistas. Al año, me quedaban sólo algunas y muchas incertidumbres. Me distrajeron colaboraciones voluntariosas e ineficaces. Después de casi dos años, me centré en cinco casos posibles. Durante toda la investigación me ha acompañado una persistente sensación de rondar en círculo, acrecentada por el terror de los últimos veinte años. Hace ocho meses que trabajo en sólo tres. El horror y la muerte circundan el objeto de mi investigación; el crimen y la tortura, que pretenden silenciar víctimas y victimarios, me han salido al paso y me han confundido con el vengador que no soy: los cultivadores del miedo han caído en su propia trampa. Hace una semana que me queda sólo un caso. Ese, creo, lo resolveré mañana.

      Estoy casi seguro. Creo que la voy a encontrar. No sé qué le voy a decir ni cómo. Sólo sé que quiero encontrarla.

      Mi mujer me pregunta si quiero desayunar con ella. Le digo que no, le agrego que quiero seguir. Me pregunta si puedo llevar los niños al colegio; le digo que no, que no puedo, y le agrego que debo seguir. Me pregunta si voy a entrar inmediatamente al baño, le digo que sí. Me pregunta si nuestra hija mayor puede entrar antes que yo; le digo que sí, y le agrego que voy saliendo.

      Estoy tranquilo; ya no puedo estar nervioso; estoy demasiado cansado para estar nervioso. El amanecer gris, la niebla casi azul, la solemnidad del acto, la tranquilidad del cementerio, el enorme bosque que lo rodea, la guardia militar, que la vi antes de ayer en un ensayo del homenaje, la presencia de hermosas mujeres discretamente acicaladas, el rigor de la ceremonia, las gracias de un perro vago que circula libremente entre los presentes, los periodistas agrupados detrás de un pequeño podio, y más atrás un grupo de jardineros que fuman y esperan la ceremonia: todo, absolutamente todo, me resulta indiferente; incluso la identificación de la hermosa y joven viuda de un general muerto aparatosamente hace un par de años. La mujer que camina tranquila, al centro de un pequeño grupo de personas, acompañada de hombres de uniforme y de civil, trae, como otras dos o tres, un velo negro que le cubre el rostro. Me pierdo el momento culminante cuando se alza el velo, besa una flor, y la coloca sobre una lápida, los fogonazos de las cámaras fotográficas le dan aún más realce al momento. Individuos de parcos gestos, de presencia evidente, vestidos de manera cinematográfica, luciendo vistosos y ocultos revólveres le agregan indignidad a la muerte y al indigno muerto; individuo ejecutado por sus iguales subalternos, "para limpiar su imagen" dicen. Me dirijo hacia la salida; enciendo un cigarrillo; atrás, me parece que alguien ha empezado a decir algo. Me impresionaron las piernas gordas de la mujer del velo; me impresionaron a pesar del color negro de las medias transparentes. Hay algo raro e indigno en el ser humano; no juzgo la aventura amorosa de mi padre; condeno la voluntad y el deseo de silenciar la verdad, por atroz e indignante que ésta sea. Abomino de tangos y boleros, rancheras matonescas, que cultivan la venganza y se refugian en la religión hipócrita del culto a la muerte, de celebraciones estúpidas. Mi soledad no es la soledad del solitario, sino la del espía; mi desadaptación no es la del individuo que cambia de lugar y de costumbres, sino la del desamparado que a orillas de la quebrada ve cómo en el lugar donde estaba su casa ahora hay un montón de escombros, basura, barro e indiferencia. El aluvión infame de una sociedad que se infama a sí misma, que se niega a reconocer su degradación: no me sorprende, me produce vómitos. Pienso que nunca debí volver; he recuperado el pasado, sólo para constatar que el presente es abyecto y que ningún futuro, ningún bienestar lo justifica; el presente de estos días será un pasado repudiable; a lo lejos se escucha una marcha militar. Genoveva, en un rincón del tiempo, estás tú, mi recuerdo y lo que fuimos.



1 Browning resuelve ser poeta, de J.L.Borges

© C. Briones
Lo Franco, Chile
1994-1998