El Libro que es Todos Los Libros

         La periodista alemana Karin Fischer, que hace años decidió enfrentarse -a ciegas según sus críticos- al mal gusto imperante, instaló una librería en la Calleja del Molino. En esta calle de una cuadra, en el sur de Colonia, están los centros de información más radicalmente alternativos.

      En enero de 1992, Karin Fischer me invitó a una lectura de textos en su Librería, que terminé con los siguientes versos:

Yo que miro tu foto en un espejo
Yo que busco, y creo en el Aleph
Yo que creí haberlo encontrado
Una tarde alemana escuchándote
Te pido una luna, un argumento.

         No cometeré el error de compadecerme de estas líneas que dije con alguna intención. El poema que he citado no me satisface. No soy masoquista, de manera que tampoco diré porqué, ni me tiraré tierra en la cara.

      La Librería, durante las dictaduras latinoamericanas fue un lugar bastante más frecuentado que ahora. Organizar una lectura de poemas hace cuatro o cinco años en La Librería era un acto democrático en defensa de la cultura, una provocación a las autoridades, aunque se leyesen poemas a los rábanos, a las sillas sin respaldo o a los zapatos sin cordones. Todo, literalmente todo, entonces tenía una doble lectura. Ahora, no.

      Arribo a la parte más incomoda de mi relato. Mi «recital» en La Librería resultó ser un encuentro para entendidos. «Público fiel y selecto» los llamó Karin Fischer. Todos poetas y todos cesantes.

      Más tarde me dijo: «La Librería agrupa a la intelectualidad más rabiosamente independiente, como te habrás podido dar cuenta». Había soberbia y amargura en su decir.

      «Famélicos urdidores de fantasías, que sólo cantan desdichas y no se dan cuenta que los tiempos han cambiado»: es la grave acusación que les hace un agregado cultural recientemente nombrado y que opina que, respecto de su país, «el pasado debe ser olvidado», y que él sólo apuesta a la felicidad y «a los textos graciosos».

      Ese fue mi público. Todos fueron muy buenos invitados, se pelaron las galletitas rancias y el vino con agua mineral que sirvió la anfitriona.

      Luego de mi lectura, los poetas opinaron respecto de mis textos. Atención que recibí con incomodidad y con agrado. Lo más terrible para cualquiera que muestre sus productos es cosechar indiferencia, pero a nadie le gusta que le descubran sus entramados y menos que se los critiquen. (Incluso a los pasteleros les gusta mantener cierto misterio en cuanto a la proporción del azúcar o del chocolate de sus tortas).

      Terminada esta parte, Karin me ofreció, «sin rituales ni faramallas masónicas», participar en «la más singular de las ceremonias literarias, más trascendental que el Premio Nobel y que el hecho de imaginar».

      Esta última observación fue remarcada por ella que sabe que para mí lo más importante es imaginar: más significativo que salvar vidas, más digno que ayudar a los ciegos, más esencial que todas las Ciencias. (Lo de «faramallas masónicas» se debe a una mala interpretación suya respecto de esas preocupaciones mías. No soy masón, pero he querido saber qué es la Masonería).

      El lugar es, para quien no frecuente estos centros de la intelectualidad, relativamente deprimente. Sucio, sin vuelta que darle. Los poetas, a veces, no alcanzan a llegar al jardincito que hay en la parte posterior del edificio y hacen sus necesidades en el obscuro pasillo. La acuciante orina o los malos tratos estomacales de alguna bebida latinoamericana dejan ahí sus pruebas.

      A pesar de todo, el lugar, para nosotros, tiene algo mítico. (Ahí funcionó el primer comité colonés «Libertad para Chile». Al comienzo fue una Torre de Babel, acusada por un influyente diario federal de «promiscuidad racial», esto en el año 1975. En verdad no se pueden negar las huellas de esos amores: yo no podría negar a mi hijo, por ejemplo. Pero los comunistas alemanes lograron que la Torre de Babel se convirtiera en la Torre Antifascista, en la cual al final se quedaron solos).

      Pasamos a una pieza que está detrás de La Librería, al «Salón de Lectura» como lo llaman ellos, que tiene sólo una pequeña mesa, un sillón y una lámpara en el centro. Sobre la mesa hay un libro grueso y ancho, imponente, con las tapas de color conchovino y ribetes de oro, en el formato de 28 x 43: el formato de los libros del Index, que todavía (1992) existe y que se actualiza rigurosamente todos los años.

      Detallo este detalle que me sorprendió y que después, con el apoyo y la complicidad de Rosa Río-Zugmann, investigué: El Vaticano hace imprimir por una sola vez, un solo ejemplar, en este formato, para su Biblioteca, todos los libros que ha estimado perniciosos.

      Karin Fischer, como maestra de ceremonias, entra primero, enciende la luz y luego nos invita. Una vez adentro, nos acomodamos, nos apoyamos en la pared (yo solamente imito al resto), un breve silencio protocolar y Karin dice:

      - Ante El Libro Que Es Todos Los Libros, los poetas se inclinan. -Todos hacen una venia, yo también.- Esta es una ceremonia, no es un ritual. Todos somos incrédulos. Una vez más ponemos a prueba lo que el Azar nos ha deparado.

      Silencio. Miro el libro y en sus tapas con letras de oro leo: El Libro. La lámpara que cuelga del techo es verde por fuera, por dentro es blanca simplemente. Sorpresivamente Karin me pregunta:

      - ¿Qué te gustaría leer?

      Antes de repetir lo que contesté, aclaro que tengo más de 40 años, hace 20 que soy escritor, y hace unos 12 ó 13 años que leo solamente diccionarios. De manera que mis conocimientos de la literatura actual son flacos. Y me pasa, como a todos, que compro libros «por costumbre»; no he leído todos los libros que he comprado ni menos todos los que me han regalado. Por eso dije, con cierto recato pero con la voz íntegra:

      - «El Llano en Llamas», de Juan Rulfo.

      Karin Fischer hizo una señal, y uno de los hombres de la Comunidad apagó la luz. Sentí un terror inmenso. Ya me parecía que el sabor raro del vino debía tener otras razones y no puramente las economías de La Librería. Recordé la primera vez que vi a Karin Fischer. Su boda con un mal guitarrero argentino, y sus emancipadas y comentadas infidelidades. La parte de culpa que yo tengo en ellas. Sus besos, la suavidad de sus manos tocando mis cicatrices. Luego su embarazo, lo fea que se puso y su manera atípica de comportarse mientras se paseaba con su delgadez y su vientre exageradamente abultado.

      Pasados unos segundos se encendió la luz y Karin Fischer me invitó a acercarme.

      Abrió El Libro y yo, preso de una extraña sensación, en su primera página pude leer: «El Llano en Llamas».

      - Quiero ver el comienzo del relato «Luvina» -dije de manera más o menos neutral. Karin miró en el índice, buscó la página indicada y yo leí: «De los cerros altos del sur, el de Luvina es el más alto y el más pedregoso...»

       Pedí siete libros en los que leí a mi entera satisfacción. Reconocí el nombre de Tai Chu-Luen, escrito en caracteres chinos, y recordé: «La lluvia moja el pino y refresca su sombra/ Se lleva el viento las sutiles flores/ Una cigüeña solitaria, enamorada del silencio/ Se detiene en el pino y no se va». Yo le había enseñado a Karin cómo se escribe Itaca en caracteres griegos; y ella tuvo la gentileza de mostrarme el poema; sabía que yo lo sé de memoria. Fueron muy gentiles cuando les expresé mi deseo de ver el texto en noruego de «Victoria», de Knut Hamsun. En «El jugador» de Dostoievsky busqué el nombre de Pratschkovia, Paulina; y por supuesto el nombre de Larisa Guishar, en «El Doctor Zhivago» de Boris Pasternak. Sentí miedo nuevamente al encontrarme con John Silver; pero placer de pronunciar, y de acordarme, del nombre mágico de Robert Louis Stevenson. Al parecer el tiempo pasaba. Karin hizo un gesto amable; no pedí nada, sólo dije su nombre «Roxana», guardé silencio y pude leer nuevamente a Daniel Defoe.

      Toqué El Libro Que Es Todos Los Libros; sus páginas eran de «papel Biblia»; sus tapas eran de cuero repujado, suave, muy suave, como de piel humana. Su contacto era repelente. Sentí, de inmediato, y con seguridad sin ninguna justificación, una aversión que me ha obligado a hacer estos apuntes.

      - El génesis de todo esto -dije, por decir algo-, está en El Aleph de Borges -y confieso que me dio cierta satisfacción percibir cómo crecía el silencio.

      Luego proseguí-: Sólo que Borges lo mencionó, con inigualable maestría, como un detalle, como algo al pasar. Me parece que dijo: «... de chico, yo me maravillaba de que las letras de un volumen cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche».

      Después de una pausa, más o menos táctica, agregué: pero en Borges fue sólo una fantasía. Lo que estoy viendo, una realidad. ¡Muchas gracias!

      Inmediatamente uno de los contertulios me contestó:

      - «Por increíble que parezca, yo creo que hay (o que hubo) otro Aleph, yo creo que el Aleph de la calle Garay era un falso Aleph». Eso también lo dijo Borges, y no lo dijo al pasar.

      Recurrí a otra cita. Luego otro de ellos me rebatió, también de manera audaz. Sentí un inmenso agrado al constatar que esos jóvenes, que hasta hace muy poco tiempo sólo leían los desfasados textos (en las todavía más desfasadas versiones españolas) de Lenín, Trotsky, Mao y Stalin, ahora también leían a Borges. Lo sentí como algo propio.

      He ordenado estos apuntes, para creer que es una fantasía (como el Aleph, que no existe). Sé que me olvidaré de El Libro Que Es Todos Los Libros, y me liberaré de su recuerdo que me afiebra. Me olvidaré de él; aunque con ello (me he advertido), me olvidé de Karin Fischer.



© C. Briones
Colonia, 12.04.1992